Car Seat Headrest, “Making a Door Less Open” (Matador, 2020)

Rock al servicio de la electrónica

Lo de que el rock se fije en la electrónica no es nada nuevo. A lo largo de las últimas décadas, una buena cantidad de artistas se han visto seducidos por el mundo sintético, y algunos han conseguido resultados más que interesantes, pero la mayoría se ha quedado a medias. Porque una cosa está clara: o te lanzas a la piscina, o te quedas donde estas. Will Toledo, líder de Car Seat Headrest, ha optado por fusionar, literalmente, su faceta rock de siempre, con otra más electrónica. Algo que, de todas formas, no es algo nuevo para él, porque ya contaba con un proyecto llamado 1Trait Danger, en el que exploraba estos sonidos. Pero sí es cierto que es la primera vez que lo hace con su banda principal. 

Para crear “Making a Door Less Open”, el de Virginia ha hecho una cosa de lo más curiosa: ha grabado el disco dos veces. Sí, una con guitarra, bajo y batería, y otra con un MIDI y unos sintetizadores. Luego ha picado un poco de por allí, otro poco de por allá, y ha mezclado los dos trabajos como ha creído conveniente. Quizá, por eso, se haya visto desbordado, y algunas canciones sean como un collage un tanto extraño que solo funcionan por momentos. Es el caso de ‘Weightlifters’, una orgía de cajas de ritmos, en la que una guitarra distorsionada se va colando de vez en cuando. O de ese remix de ‘Hymn’, que no es más que pura experimentación electrónica. Incluso ‘Can’t Cool Me Down’, que sirvió de primer single, es un corte que no suena nada mal, pero le falta pegada y le sobran minutos.

Por suerte, hay momentos en los que está más centrado. Es el caso de las dos ‘Deadlines’. La primera (‘Hostile’), refleja su lado más rock. De hecho, es de las pocas canciones del álbum en la que las baterías reales han sobrevivido a la criba. Y la verdad es que, al no andarse por las ramas, consigue dar con un buen estribillo y con una canción que sí resulta apasionante a la primera escucha. Algo que también pasa con la segunda (‘Thoughtful’), donde prefiere irse al lado más electrónico, pero de una forma un tanto más directa e, incluso, bailable. Eso sí, en una discoteca un poco dark. Pero lo mejor llega en ‘Martin’, todo un himno pop, en el que no tiene ningún problema en rebajar el nivel de distorsión y sacarse de la manga el tema más cálido del disco. Aunque bueno, la emocionante ‘Life Worth Missing’, en la que tira un poco más de épica de lo normal, también es de lo mejor que podemos escuchar en estos 47 minutos de música. 

Estamos ante un trabajo con tantas capas, que es difícil dejarse llevar y meterse de lleno en él. Las canciones las tiene, pero, por poner un ejemplo, entre ‘Hollywood’, que es un corte sucio y guitarrero, y ‘There Must Me More Than Blood’, que casi es una balada synth-pop, hay un mundo. Y pasar de una a otra, a veces cuesta. 

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