6 Oct 2026 15.028 artículos desde 2008
Libros

Cantante muerto, Michael Moorcock (Aristas Martínez, 2024)

Cantante-muerto-Indienauta

La editorial Aristas Martínez nos trae Cantante muerto, de Michael Moorcock. Una brevísima, sugerente y fantasmagórica rareza… rockera. O una road movie literaria con los más extraños compañeros de viaje por una Inglaterra setentera, sin nada parecido a un rumbo demasiado definido. Un roadie, «pipa» de bandas como Hawkind o Deep Fix. Junto a nada menos que Jimi Hendrix. Mejor dicho, su reencarnación entre los vivos. 

We’re on a road to nowhere/ Come on inside/ Takin’ that ride to nowhere/ We’ll take that ride
Talking Heads, «Road to nowhere»

Semejante planteamiento surreal —o, directamente, enajenado— se convierte en algo menos excéntrico conociendo al autor que firma la obra. Porque Michael John Moorcock, nacido en Londres en 1939, es uno de los referentes de la ciencia ficción y la fantasía anglosajona de los 60 y 70. Muy prolífico, principalmente conocido por su saga de novelas protagonizadas por Elric de Melniboné, además de por su papel como impulsor del ciberpunk desde la seminal revista New Worlds, de la que fue editor durante dos períodos. Además, Moorcock también es periodista, crítico y, aún más molón, miembro de la banda de rock progresivo Deep Fix, así como compositor-estrecho colaborador de Hawkwind y, posteriormente, Lemmy. 

Cantante muerto data de 1974, en pleno apogeo de la llamada «Nueva Ola» de la ciencia ficción, y cuatro años después de la trágica-patética muerte de Hendrix. Fechas relevantes para entender la singular odisea de Shakey Mo Collier, «chico para todo» de los mencionados grupos —secundario de las novelas de Moorcock lideradas por Jerry Cornelius—, que se topa con el ¿fantasma?, ¿espíritu?, ¿resurrección? del genio de Seattle. Podría decirse, de forma difusa, que deben atravesar el norte de Inglaterra en dirección a Escocia. Pero muy pronto el lector se da cuenta que el destino de la autocaravana tiene poco de geográfico y mucho de psicodélico. De mal, «terrible viaje». Muy atentos a los paralelismos, al bucle, de su desenlace.

Porque Moorcock se sirve de tan inesperado dueto para hablar, con una pizca de sorna y bastante más de amargura, del deplorable estado del rock de la época. En ese sentido, Cantante muerto es el reverso «malrollista» y «bajonero» tras el hippismo, fin de un tiempo utópico del que parece no quedar nada. Ambos albergan nulas esperanzas en el futuro. Hendrix muestra su profunda decepción frente a una realidad que le repulsa. De hecho, le hace replantearse si no hubiera sido mejor quedarse tranquilito y glorificado en la tumba.  

Siendo un texto tan corto —ni siquiera supera las noventa páginas— prefiero no destripar mucho más. Tan solo señalar que entre drogas, confusión y carreteras perdidas, Moorcock pergeña no pocas situaciones y diálogos rocambolescos —reflejados por la traducción de Javier Calvo, quien también firma el didáctico prólogo—, ciertamente emparentada con la literatura beat en su versión más taciturna. Y que, bajo su disfraz de divertimento curioso, Cantante muerto depara una funesta, y más profunda de lo esperable, mirada sobre la política, la cultura y la música —pobres Simon y Garfunkel— de una era en donde vivos y muertos se parecen demasiado…