La efervescente editorial Barrett recupera Canijo, novela de culto que permite a un servidor introducirse en la obra de Fernando Mansilla, polifacético artista y extraordinario cronista del underground sevillano, del que fue figura destacada. Una mirada cruda a la par que humana, y con mucho de autobiográfico, a la década de los ochenta en la capital hispalense —diría que extensible a buena parte de las urbes del país— a través del submundo de la droga, sus barrios y algunos de sus personajes más memorables… o temibles.     

Nacido en Barcelona en 1956 y fallecido en 2019, Mansilla fue dramaturgo, músico, poeta, activista cultural y, claro está, escritor. Instalado en Sevilla desde 1981 —atraído por la calidad del hachís y la música de Smash—, pronto se unió al grupo teatral La Pupa —luego La Imperdible— donde tocaba el clarinete. A partir de aquí, su multidisciplinariedad le precede. Destacado y celebrado en el teatro, con varios premios y nominaciones a los Premios Max. Tres poemarios publicados, y muy ligada a la poesía, tres discos con Mansilla y los Espías: Literatura de baile (2011), Dejad que los colgados se acerquen a mí (2018) y el póstumo Lucy (2020). Y literariamente, la novela Canijo (2013), Relatos faunescos (2017) y, nuevamente tras su deceso, Matar cabrones (2019) y la compilación de inéditos Mansilla Street View (2021). 

Canijo es un relato imperdible de «lo yonqui». Una brutal historia de drogas que nos habla de guerras de clanes, venganzas, rateros y criminales. Mucha miseria y unos cuantos miserables. También es una historia de amores y desamores, en ardua connivencia con la desesperada búsqueda del chute diario. Pero, sobre todo, es la cronología de un desastre llamado heroína: los años de su llegada, eclosión y devastadoras consecuencias, con el sida acechando. Mansilla disecciona esa era como nadie, combinando honestidad descarnada e inesperada ternura. Un afecto y profundo entendimiento de la sinrazón del adicto que solo se explica desde la propia vivencia. Un conocimiento que se extiende a unas coordenadas muy definidas. 

Porque Canijo es, sin duda, un libro de barrio. O barrios. San Julián, Feria, San Lorenzo, La Macarena… con la alargada, omnipresente sombra de una barriada harto conocida, las Tres Mil Viviendas Fernando Mansilla no solo nos pasea por esos enclaves —tan lejos, y tan cerca, de la Sevilla de postal turística—, fundamentales en la novela. Les da vida, los transforma en personaje central, como esa plaza del Pumarejo que, en su degradación, adquiere cuasi proporciones mitológicas. El tablero de juego en los que sitúa y se cruzan los caminos de sus drogatas, quinquis, gitanos, pasma y demás vecinos. La «sal de la tierra». Como si Sherwood Anderson hubiera trasladado su Winesburg, Ohio a orillas del Guadalquivir. 

Si el entorno de esas «malas calles» es esencial, no le anda a la zaga la magnífica galería de personajes «al uso» que puebla Canijo. Muy a grosso modo, podría dividirse entre yonquis y traficantes —aunque la abrumadora mayoría vive enganchada—. Hay un protagonista-narrador, claro trasunto del propio autor. Pero Mansilla nos gana por la variedad de figuras, cada uno con sus trapicheos, personalidades, voces —andaluz y caló conviven con registros más neutros— e historias a cuestas. Creíbles en su irracionalidad y fragilidad. La realidad extrema convertida en cotidiana. Para un servidor, la familia Molina, en especial Eduardo y su madre, junto a Rafaé Narváez «El Gamba», son creaciones gigantescas, absolutamente inolvidables. 

Quien escribe ha leído —y lo que le queda— suficientes relatos marginales para dejarse atrapar fácilmente. No obstante, Canijo lo logra, irremisiblemente. Quizás sean sus seres profundamente perdidos, incapaces de lidiar con nada más —incluyendo amores, amistades, sueños y futuro— que poner remedio a «el tembleque». Dispuestos a todo para conseguir las mil pelas que garantizan el siguiente, efímeramente salvador, pinchazo. Sus virulentos matones y dueños del cotarro, tan atormentados como sus clientes. O sus indelebles escenas, como esa tremenda batalla en las Tres Mil, o la persecución policial a Eduardo Molina. Pero hay algo en esta historia de picaresca hiperrealista, de los tiempos de Naranjito hasta poco antes de llegar a Curro —locura embutida entre dos astracanadas—, que resulta completamente absorbente. 

Podría ahondar en el desarrollo de Canijo, pero me resultaría cruel destripar la trama —mejor dicho, tramas y subtramas— a los afortunados que decidáis recorrer estas peligrosas e hiperadictivas páginas. Estáis a punto de adentraros en un prodigio narrativo, de una viveza inusitada. Realismo más que sucio, mugriento. Vida y conciencia proletaria, cuando no lumpen, escritos con una pulsión y autenticidad inimpostables. Lo tierno, lo estrafalario, lo amenazador, lo patético y lo trágico. En definitiva, lo humano. Solo hay un problema. Me temo que no va a ser suficiente con una única dosis de Mansilla