El arte y el terror (social)

Dice Quentin Tarantino en el podcast de la revista Empire (EP 684, febrero 2021) que tras estrenar Hellraiser (1987), Clive Barker era ‘el hombre’. Apadrinado por Stephen King como el futuro del terror literario, Barker se proponía como un director de cine visionario con esa película -que enseguida contó con varias secuelas de calidad descendente- y con la malograda Razas de noche (1990), interesantísima monster movie que, a pesar del montaje de los productores que intentaba convertirla en un slasher, se convirtió instantáneamente en una película de culto.

Poco después se estrenaba otra película basada en otro relato de Barker, Candyman (1992) dirigida por Bernard Rose y protagonizada por Virginia Madsen y Tony Todd. La cinta fue promocionada como una suerte de variación de Freddy Krueger: un asesino con un gancho en la mano, capaz de aparecer en cualquier lugar, aterroriza a sus víctimas tras ser invocado pronunciando su nombre 5 veces delante del espejo -un detalle que no estaba en el texto original de Barker-.

Pero el film era en realidad algo muy diferente desde la primera imagen, un plano aéreo sobre las calles de Chicago, contemplada como si fuera un hormiguero, revelaba una óptica casi de entomólogo, una sensación bien apoyada por la estupenda banda sonora de Phillip Glass. Candyman (Tony Todd) lejos de ser un psycho killer que se dedica a matar jovencitos, era la pesadilla de la protagonista, Helen, una privilegiada estudiante universitaria que se mueve en ambientes bohemios e intelectuales, encarnada por una guapísima Madsen, que decide internarse en los ambientes desfavorecidos de las viviendas sociales -el complejo Cabrini-Green fue construido en 1942 y demolido en 2011- buscando el origen de una leyenda urbana, para cuestionarla.

Esta trama daba pie a temas como la desigualdad social, la discriminación de los afroamericanos, la planificación urbana y la especulación inmobiliaria. Todo esto, mezclado con las leyendas urbanas y los mitos, y además con la imaginería de Barker sobre el amor y sobre el dolor, sobre la muerte como puertas hacia un conocimiento superior de la existencia. Todos estos ingredientes convertían una película de terror, con sus momentos sangrientos, en una propuesta tan extraña como estimulante, que tuvo una secuela inmediata, la inferior, pero también interesante, Candyman 2 (1995), dirigida nada menos que por Bill Condon -que enseguida firmaría su mejor película, Dioses y monstruos (1998)-.

29 años después, uno de los nombres más importantes del terror actual, Jordan PeeleDéjame salir (2017) y Nosotros (2019)-, siempre interesado en dotar a sus historias de un trasfondo social, firma el guión y produce Candyman, un remake que es también una secuela en toda regla, recogiendo los hechos de las dos primeras películas -en una estupenda secuencia con sombras chinescas que recupera la música de Phillip Glass-. El texto de Peele -firmado junto a Win Rosenfeld– intenta dar coherencia a todos los elementos propuestos en la película original -la temática social, las leyendas urbanas y los mitos como expresión de la psique colectiva de los desfavorecidos- agregando una nueva óptica -creo que cercana a la visión original de Barker- al hacer de su protagonista un aspirante a artista. Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen II) es un pintor que intenta expresarse a través de su arte, pero que no consigue plasmar una obra honesta en sus lienzos porque realmente no sabe quién es. Así, Anthony tendrá que comenzar una investigación artística y personal que le llevará a toparse con la leyenda de Candyman. Esto permite a Peele hacer una crítica social del mundillo del arte contemporáneo, de su falsedad, frivolidad y asumida superioridad intelectual en contraposición a los ambientes de los desfavorecidos, esos que vivían en aquel edificio ‘colmena’ de Cabrini-Green. Una crítica que trasciende el mundo del arte para hablarnos de cómo los privilegiados de raza blanca promocionan y se aprovechan del talento de los afroamericanos utilizando una coartada progresista y, de paso, limpiando su mala conciencia, temas muy presentes en la obra previa de Peele.

Así, el nuevo Candyman vuelve convertido en una especia de Golem, el monstruoso vengador de los judíos, y como un producto de las injusticias sufridas por los afroamericanos, una figura tan temible como, en cierto modo, justiciera. Y Peele nos dice que el arte -la pintura, las películas o la narración oral- es la mejor forma de invocar a este ‘hombre del saco’.

La película, dirigida por Nia DaCosta -creadora de la serie de misterio Ghost Tape– tiene una planteamiento visual y estético estupendo -mencionemos también la música de Robert Aiki Aubrey Lowe-.

Me parece que DaCosta no maneja demasiado bien la tensión: quizás le falta a esta película un momento verdaderamente terrorífico, pero también es cierto que planifica unos asesinatos muy originales e interesantes que juegan con el fuera de campo y con la capacidad de Candyman para moverse a través de los espejos y las superficies reflectantes.

Creo que el gran defecto de este film es que se resiente por la gran cantidad de temas que tienen cabida en su argumento, ya mencionados. Como resultado, Candyman no es una historia sencilla, que no muestra sus cartas hasta el final, cuando verdaderamente se atan todos los cabos que nos permiten entender verdaderamente lo que nos quieren contar.