“Canciones de amor a quemarropa”, Nickolas Butler (Libros del Asteroide, 2014)

En Indienauta no íbamos a dejar pasar una de las novelas de este otoño que parece resistirse a llegar en cuanto a temperatura se refiere. Hablamos de Canciones de amor a quemarropa, que gracias al habitual buen ojo de Libros del Asteroide se ha convertido en una de las lecturas obligatorias del 2014. Como suele pasar con esta editorial, por méritos propios, no gracias a coyunturas explotadas burdamente o viles aparatos publicitarios. Simplemente, por la calidad del libro.

Y eso que la primera impresión de estas Canciones de amor no sea para tirar cohetes. A bote pronto huele un poco a naftalina. A mala película hollywoodiense con un guión ramplón que, grosso modo, se resumiría así: personaje de éxito y fama regresa a su lugar de origen, un pueblecito apacible, y se da cuenta que su vida llena de posesiones y falsas relaciones está vacía… ¿Horroroso, verdad? Sólo faltaría Renée Zellweger o Jennifer Aniston para rematar la faena. Tranquilos, afortunadamente los tiros no van por aquí.

Al contrario, rápidamente vemos que su autor, Nickolas Butler, efectivamente quiere hablar del hogar, de la familia, de echar raíces, de la vida apacible en Little Wing, pueblecito de Wisconsin con nombre de canción… Pero no para invocar el manido “cualquier tiempo pasado era mejor”. Sino para contraponer el “aquí no pasa gran cosa, que tranquilidad” con un quíntuple “que jodidos estamos”. Uno por cada uno de sus personajes protagonistas. Siguiendo con la cinefilia, si la novela se parece a alguna película —y algo de eso hay— es a la inolvidable Beautiful Girls. Mucho mejor.

Es el regreso de Lee, el hijo pródigo del pueblo, Lee, la estrella del rock, la que desencadena los acontecimientos. Su personaje, más que un ocurrente trasunto de Justin Vernon, Bon Iver —genial el capítulo de la cabaña, puro For Emma, Forever Ago—, está fantásticamente perfilado por Butler, y su tremenda desazón y confusión es absolutamente creíble. Little Wing no es exactamente su hogar. Es un lugar donde esconderse y un clavo ardiendo al que agarrarse. El problema es que el tiempo y, sobre todo, la vida, también ha pasado para su grupo de amigos.

Canciones de amor a quemarropa tiene dos virtudes incontestables. La primera de ellas es la voz, o mejor dicho, las voces mediante las cuáles se desarrolla la novela. Las novelas corales son un arma de doble filo. Mal llevadas confunden al lector, incapaz de sentir empatía con sus personajes o historia. Pero cuando funcionan, éste se implica en la historia de forma especial, porque la obra logra superar las afinidades o tirrias personales que cada uno podemos tener con los personajes para ofrecer algo mayor que la suma de las partes. Aquí hay cinco narradores, los cinco amigos protagonistas, que se reparten los capítulos y logran confluir en un todo que se devora con una inusitada sencillez mientras va dejando poso.

Directamente ligada a la anterior, la segunda virtud de la novela son los personajes. Además del ya mencionado Lee, Henry, Kip, Ronny y Beth parecen “de carne y hueso”. Sus encrucijadas y aparentes callejones sin salida no necesitan de melodramas —a excepción del músico, claro, pero eso va con el oficio ¿no?—. Y sus amores, miedos, deseos, decepciones y heridas son reconocibles. Muy reconocibles. De lo que pudo haber sido a lo que realmente es siempre hay un trecho. Y normalmente duele.

No estamos ante el equivalente literario de un hype de temporada aupado por los medios hipsters tipo Pitchfork. No, como un buen disco folk —personalmente yo no metería ahí a Bon Iver, pero sobre gustos…—, Canciones de Amor a Quemarropa, atrapa sin artificios, engancha sin aditivos, contando historias íntimas pero universales. Con intensidad y verdad como únicas armas. Y vence con una interpretación llena de emoción. A leer tocan.