Calypso, David Sedaris (Blackie Books, 2020)

Calypso-Indienaut

No todo van a ser fascistas en coches, en barrios pijos, en el congreso o en Twitter. Cuando la realidad muestra una cara de lo más desagradable, vale la pena contraatacar con el sentido del humor —algo de lo que lo energúmenos adolecen—. Y para conseguirlo, traigo a uno de los grandes: el escritor y humorista David Sedaris, y su última colección de textos, Calypso, publicada por Blackie Books justo antes de que la Covid-19 lo parase todo, y de obligada reivindicación. Porque nadie se ocupa de los asuntos familiares mejor que el estadounidense.

¿Necesita presentación David Sedaris? Mejor asegurar. Nacido en Nueva York pero criado en Raleigh, Carolina del Norte, parte de una familia numerosa que, como en Calypso —más que nunca—, es el material principal del que se nutre su dilatada obra. Su notoriedad comenzó a forjarse en la radio a principios de los 90, donde leía su diario personal y, luego, sus primeras historias —caso de las célebres «Crónicas desde Santa Land», su inolvidable experiencia como elfo de Papá Noel en Macy’s—. El paso a la literatura fue tan natural como exitoso —varios best-sellers y premios—, publicando hasta diez antologías de sus textos,  y forjando un estilo propio e inclasificable entre el cuento y el ensayo autobiográfico de registro humorístico. Calypso, onceavo volumen, es su obra más reciente…  

… Y una de las más abiertamente intransferibles de su carrera. Calypso combina escritos digamos socarronamente costumbristas, que tienen lugar en el norte de Francia, hogar previo, o en el condado de West Sussex, Inglaterra, donde vive junto a su pareja, el pintor Hugh Hamrick —el erizo Galveston y las ranas Lane y Courtney—. Sin embargo, el lector pronto se da cuenta que el meollo de esta antología, su íntima fuerza motora, se desarrolla en su nueva casa de la playa en la costa de Carolina del Norte, adquirida en un impulso que responde tanto a la realización de un sueño infantil como, sobre todo, a un elemento de catarsis ante los reveses del destino. Porque reunir a la familia —siempre bajo sus tiránicas reglas, añade— para Acción de Gracias y las vacaciones de verano es imposible cuando esta se ha quebrado. 

El enfoque de Sedaris ha sido siempre saber reírse de todo, incluido uno mismo y las desgracias que nos depara la vida. Así, en Calypso nos reencontrarnos con esa idiosincrática confesionalidad desvergonzada, pulcramente mordaz, de jocosa y falsa ligereza —impecable la traducción de Jorge de Cascante— para desbrozar situaciones ridículas de toda índole. En el ámbito doméstico; laboral —esa lectura en condiciones, ejem, harto precarias—; anécdotas familiares que ejemplifican una existencia tan bon vivant como neurótica —zumos healthy, compras compulsivas en Japón, adicción al Fitbit, encuentros con fantasmas—; o reflexiones sobre nuestro mundo moderno, del upselling o la legalización del matrimonio entre parejas del mismo sexo, al absurdo de la elección de Trump, abordado en el estupendo «Toda una serie de asuntos que me han ido deprimiendo en los últimos tiempos». 

No obstante, la mayoría de las historias reunidas en Calypso poseen una gravedad inesperada.  Desfogarse, despotricar contra el bufón naranja del Despacho oval en realidad da pie a hablar de esa callada guerra con su padre republicano. La crisis de la mediana edad sobrevuela todo el libro, ya desde el inicial «Mis queridos invitados» y, entre las hilarantes indignidades se cuela una taciturna mirada al envejecimiento y la muerte. Incluso las fantasmas tienen truco. Una es alcohólica y se asemeja muchísimo a su desaparecida madre —revelado en el brutal «¿Por qué no te ries?»—. La otra es su hermana Tiffany, que se quitó la vida en 2013.

Desde el segundo texto de Calypso, «Ahora somo cinco», el impacto de su suicidio vertebra todo el libro y nos brinda la posibilidad de descubrir a un David Sedaris capaz de admitir la zozobra, angustiado por las irresolubles preguntas que surgen, recurrentes, sobre tan delicada cuestión. Ciertamente, lo escabroso y obscenamente íntimo de lo contado —atentos al demoledor final, el postrero encuentro entre los hermanos— quiebra la livianidad a la que nos tenía acostumbrados el norteamericano y puede resultar un «tómalo o déjalo» excesivo para algunos. Pero mantener el equilibrio entre la luminosa hilaridad —esa tortuga destinada a degustar tumores benignos— y la oscuridad de la tragedia que les golpea a él y a su familia, ser franco y verazmente emocional sin perder la sonrisa, está a la altura de muy pocos.

Debo insistir. Sedarianos, no temáis. Las historias reunidas en Calypso rebosan de su comicidad caústica, incisiva, ágil, marca de la casa. Simplemente, se asemeja a ese disco de tu artista o grupo favorito, que tras numerosos trabajos gravitando las mismas coordenadas, apunta no tanto un cambio de dirección, sino una querencia por añadir una faceta distinta no circunscrita a la comedia. Además, por el mejor de los motivos, intentar entender(se) y seguir adelante. Y para los neófitos, nunca es demasiado tarde para descubrir a David Sedaris, un terapeuta familiar de postín especializado en la risa.