Caballos salvajes, Jordi Cussà Balaguer (Sajalín, 2020)

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No es la primera, ni la segunda… ni la sexta vez —tampoco la última, por supuesto— que uno pasa las vacaciones con un Al margen de mi querida editorial Sajalín. Pero sí es una ocasión única. Porque, la que probablemente sea «la colección de colecciones» —al menos para quien escribe— ha ampliado su indispensable catálogo este verano con Caballos salvajes de Jordi Cussà Balaguer, su primer autor nacional. Una novela de culto de las letras catalanas contemporáneas sobre una generación, la de «los pringados» en palabras del propio escritor, asolada por la droga.

Nacido en Manresa en 1961, Jordi Cussà es escritor, poeta, dramaturgo, actor y traductor. En el año 2000 debutó con Cavalls salvatges, cosechando gran éxito de público y crítica con su singular crónica de la drogadicción y la vida marginal —temática que repetiría en 2015 con Formentera Lady—, basada en su propia y peliaguda experiencia. Ha publicado once novelas más, dos libros de relatos y un poemario, además de seis obras cómo director teatral. Y, en su labor de traductor, ha llevado al catalán libros de Patricia Highsmith, John Boyne, Chuck Palahniuk y Truman Capote, entre otros grandes nombres. También su novela al castellano.  

Para un asiduo lector sajalinero, Caballos salvajes es, a la vez, una nueva visita a territorios harto familiares y una notable sorpresa. Su trama, las vidas de un puñado de jóvenes catalanes abocados a una existencia de supuesta voluptuosidad y fiesta perpetua, en realidad auto consumiéndose al servicio de sus adicciones, no es novedosa. Pero son las localizaciones y, sobre todo, la forma de contarnos la historia, una polifonía de voces en primera persona combinándose en la narración del relato, creando el libro que tenemos entre manos a través de sus escritos, fabulaciones, recuerdos, junto a sus innovaciones lingüísticas y de registros, lo que resulta más refrescante. 

Así, mediante esa diversidad de cronistas y esa osadía estilística su Caballos salvajes se transforma en un testimonio coral singular, acorde con esa sensación de retrato generacional, de una época, el tránsito de una juventud exuberante e inconsciente, vivida a todo trapo, a una adultez donde aparecen los daños —físicos, presididos por el VIH, y emocionales—, castigos y tragedias —exilio, cárcel y muerte—. Las consecuencias de creerse indestructible cuando, en realidad, solo se era totalmente dependiente de heroína o cocaína. Cussà, yonqui durante una década, es capaz de hacer creíbles las correrías, pulsiones y crímenes de sus Alexandre, Fermí, Lluïsa o Eulàlia entre finales de los 70 y principios de los 90. Y lo hace sin perder sus ambiciones literarias o un estilo propio, más elegíaco.  

Precisamente, esa idiosincrasia es mi única duda respecto a la novela. Y es que, siendo Sajalín y drogas, Jordi Cussà se enfrenta a una estirpe de durísimos e indispensables «competidores»: James Fogle, «los Eddies», Bunker y Little, Clarence Cooper y Vern E. Smith, sin olvidar al maestro Hubert Selby Jr., entre otros. Todos ellos, pese a sus notorias diferencias, situados en un lumpen hiperrealista de honestidad brutal. Coordenadas bien distintas al aroma y el cinismo burgués —rebeldes de casa bona, forjados en sugestionadas escuchas psicodélicas y una pésima lectura de Los vagabundos del Dharma—, o las tentaciones líricas, bien domadas por Cussà, de Caballos salvajes. Pura cuestión de gustos, claro, pero me faltan «guitarras» en El cuarteto de Alejandría

Repito, no hay crítica en el párrafo anterior, sólo preferencia. El mérito de Cussà con semejante planteamiento es formidable. Caballos salvajes podría haber caído en lo plomizo, la continua enumeración de batallitas dispersas. O, lo que es peor, la auto-indulgencia —salpicada de poemas, además—. Pero el manresano es una pluma demasiado inteligente para eso, permitiéndonos en cambio atisbar con claridad que detrás de lo espídico, lúbrico y hedonista que marca la trayectoria de sus queridos y frenéticos personajes se esconde un vacío ensordecedor. No necesitas empatizar con sus protagonistas —en absoluto, de hecho— para dejarte atrapar por la experiencia de la novela.  

Es más, Caballos salvajes, brilla mediante el personaje de Alexandre y su juego literario interno —el parto colectivo de la propia novela—, por el que Cussà se emparenta a un Sajalín por el que servidor tiene especial predilección: Dan Fante. Otro autor para quien escribir fue supervivencia y salvoconducto con el que liberarse de esa incesante comezón autodestructiva del adicto. Los motivos pudieran ser distintos. Los alter egos de Fante ahogándose en un mar de alcohol, drogas y situaciones límite para no sentir ni lidiar con uno mismo —o matarse, al fin—. La colla del catalán haciendo lo mismo bajo la coartada del ansia de vivir, siempre  necesitada de «combustible». En ambos casos, literatura como catarsis, ejercicio de memoria y homenaje a los caídos. Perdurar para, desde la ficción, poder contarlo. 

En definitiva, Caballos salvajes es un hallazgo literario de primer nivel. Jordi Cussà alumbró una obra heterogénea y bastarda con un enfoque de lo más sugerente. Lejos del embellecimiento vacuo o moralista. En las antípodas del melodrama. Una epopeya sin heroicidades ni posibilidad real de redención. Repleta de amores, erotismo, aventuras, desgracias y esperanzas… fatuas a causa de haberlas tenido y perseguido mientras se cabalgaba a lomos de «la dama blanca». El relato de un tiempo y unas vidas destinadas al olvido de no ser por la literatura.