Hace siete años que uno se topó con Stoner, título de culto de John Williams. Se disfrutó mucho, pero ante un autor tan poco prolífico y aún menos conocido en nuestro país, quedaba la duda. ¿Estaba ante un hit one wonder literario? Un segundo «encuentro» se antojaba necesario. Eso es lo que ahora, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, nos proporciona Lumen con la reedición de Butcher’s Crossing, llevada al cine este mismo año. Una obra sobre la condición y la obsesión humana bajo la apariencia de una novela de formación. Y un trasfondo, fragancia y paisaje inequívocamente de wéstern.    

Nacido en Wichita Falls, Texas, John Edward Williams (1922-1994) abandonó los estudios muy pronto, alistándose en el ejército del aire en 1942. Tras dos años y medio como sargento en la India y Burma regresó a EE.UU., graduándose en las universidades de Denver y Misuri, y publicando sus dos primeros títulos, la novela Nothing But the Night (1948), y la colección de poesía The Broken Landscape (1949). Williams volvió a Denver en 1955 como profesor asociado, alternando docencia y escritura hasta jubilarse en 1985. Publicaría otro volumen de poesía y tres novelas: Butcher’s Crossing (1960), Stoner (1965) y El hijo de César (1972), por la ganó el National Book Award en 1973. 

Aparecida en nuestro país originalmente en 2013, Butcher’s Crossing nos sitúa en los setenta del siglo XIX en el mortificante villorrio titular, radicado en Kansas. Allá arriba nuestro joven protagonista, el ilustrado —acaba de graduarse en Harvard—, urbanita, y diríase pudiente, Will Andrews. Pero hay algo en él que le aleja de su previsible destino. Una comezón, una inquietud irrenunciable. El ansia viajera, de conexión con la naturaleza. La oportunidad de aventuras, un gran negocio y, quizá, autoconocimiento, surge al unirse —financiándola, de hecho— a una expedición en busca de un lugar de resonancias arcádicas para cualquier cazador: una pradera con miles de bisontes, cuyas pieles a buen seguro valdrían una fortuna. 

Con semejante premisa, Butcher’s Crossing nos invita a seguir los pormenores de tan particular empresa. Y, sobre todo, a sumergirse en los efectos —físicos, psicológicos— de semejante periplo en la cuadrilla de cazadores. Un cuarteto liderado por el experimentado y adusto Miller, conocedor del emplazamiento —visto años ha—; el experto y taimado desollador Schneider; el alcoholizado y frágil Charley Hoge, responsable del carromato y las comidas; junto a nuestro novel héroe Andrews. No estamos propiamente ante un estudio de personajes, ya que Williams únicamente se centra en la evolución de su protagonista. No obstante, los sucesos, la acción, marcan sus relaciones, su simpar organización y comportamientos. 

Como ya imagináis, la amenaza acecha. La cruzada de los cuatro hombres se alarga. El entorno es hostil. Las situaciones, extremas. Los recursos menguan. Además, todavía más interesante, los meses que van dilatándose al margen de la incipiente civilización afectan a la ya de por sí quebradiza convivencia. Trastocan las mentes. En ese sentido, en Butcher’s Crossing John Williams está «revisionando» el wéstern. Eliminando la épica heroica y el mito de la frontera para hablarnos de aislamiento, codicia, locura, obsesión malsana. También de una suerte de extrañeza —a veces, casi surreal—, mucho más íntima y existencialista, del hombre frente a la adversidad, el medio salvaje y un destino ineludible. 

Al hacerlo, Williams logra momentos verdaderamente fascinantes en Butcher’s Crossing. La opresión de los inmensos espacios abiertos. La abrumadora, omnipresente nieve —no leía algo tan poderoso respecto al níveo elemento desde el gran William Gass—. La descarnada brutalidad de algunas escenas de cacería y, por admirable contraste, su «rutinización». La sorprendente sensación de irrealidad de un sobrepasado Andrews en esa imborrable estampida. La tensión en los diversos momentos clave, los de máximo riesgo e incertidumbre, que chocan con la estoica resolución final. O, de nuevo tan inesperado como loable, el regreso al insignificante caserío titular… donde el tiempo no se ha detenido precisamente. 

Siempre con una prosa diáfana, algo distante y cruda, plenamente reflejada en la sólida traducción de Luis Murillo Fort, Williams atrapa y, ocasionalmente, perturba con su narración. Acaso el único punto débil —no hago destripes— llega, a mi juicio, en el desenlace. No tanto en su propia resolución, insinuada y ya elogiada en el párrafo anterior. Sino en su protagonista, el algo opaco, yerto —¿trastocado sin solución?— Will Andrews —tampoco la secundaria Francine ayuda, demasiado accesoria—. En cualquier caso, las grandilocuentes referencias a Melville o Cormac McCarthy no son gratuitas. Butcher’s Crossing refrenda lo descubierto en Stoner. John Williams era un pedazo de escritor.