8.5
Score

¿Podemos considerar como acto de autosabotaje el publicar en un año pandémico el que podría ser tu mejor trabajo? Porque, por lo demás, nada nos indica que Burrito Panza estén haciendo lo que proclaman desde el título de su cuarto disco. Más bien al contrario: cada paso que dan les muestra más seguros y afianzados en un sonido propio, que con la ayuda de Paco Loco (compinche en sus tres últimos trabajos) suena ahora más contundente y hasta intimidante cuando hace falta. Muchas de las guitarras rugen en medio de un sonido gigantesco en el que, curiosamente, la voz susurrante de Carlos Flan no se queda enterrada, sino que gobierna el cotarro con sus particulares y sugerentes letras. Debajo está el colchón siempre confortable que ofrece la ilustre base rítmica de José Manuel Mora y Carlos Cuevas (cuya batería suena especialmente atronadora), y el colorido que ofrece un especialmente inspirado Rafa Caballero.

Por mucho que puedan pesar las matrículas que marcan la historia previa de estos albaceteños, ya no hace falta que acudamos a su vinculación con Surfin´BichosMercromina o Fernando Alfaro y Los Alienistas. A estas alturas, Burrito Panza tienen “El mejor coche del garaje”, como dicen desde unos de los temazos más puramente pop de esta colección.

Aquí hay de todo, y todo bueno. Incluso el aparente apunte acústico “El insigne insomne” reclama su importancia desde el ecuador de disco, tanto para dar respiro en medio de tanta acumulación de información y de garra (aparece justo detrás de la deliciosamente primitiva “Dos inercias”), como para seducir por méritos propios.

Cuando un grupo puede permitirse algunos de sus momentos más incontestables en la recta final de su disco es que andan sobrados de buen material y de confianza. Y eso es justo lo que pasa aquí, porque ojito a “Perdidos al infinito”, que tiene visos de convertirse en un tema importante entre la banda y su público. Para la traca final nada mejor que despedir con “Valeria dice”, que empieza apuntando cierta ligereza saltarina para de repente sorprendernos con un quiebro final de electricidad desatada sin tomar prisioneros.