Tras el doble «Especial» veraniego, regreso a las reseñas clásicas con un ídem británico, cortesía de Libros del Asteroide. Se trata de Brighton Rock, de Graham Greene, una novela superficialmente criminal, con mafiosos locales de baja estofa, enclavada en la ciudad estival por excelencia de Inglaterra. En realidad una obra muy especial, de poderosas resonancias morales, precursora del personaje del «rebelde sin causa» y la «juventud airada», a cargo de uno de los escritores ingleses más relevantes del siglo XX. 

Y es que Graham Greene (1904-1991) es otro autor que no debería necesitar presentación. Tras licenciarse en historia en Oxford y convertirse al catolicismo, inició su carrera profesional como corrector de The Times y crítico de libros y cine para The Spectator. Pero, a partir de la II Guerra Mundial, su vida dio un giro apasionante. Trabajó para el servicio secreto británico, fue destinado varios años a Sierra Leona y luego viajó por todo el mundo, lo que explica en parte la inspiración global de sus historias. Entre su dilatada y muy exitosa —ventas y múltiples adaptaciones al cine— producción literaria destacan esta Brighton Rock (1938), El revés de la trama (1948), El final del affaire (1951), El poder y la gloria (1940), El tercer hombre (1950), El americano tranquilo (1955), Nuestro hombre en La Habana (1958), o El factor humano (1978). 

El prolífico y popular Greene —se rumorea que su habilidad para ser un recurrente superventas le costó el Nobel— osciló entre las novelas de intriga —muy ligadas a los acontecimientos históricos de su tiempo— y otras más literarias, siempre con el sambenito de «escritor católico» o moral a cuestas. Tres rasgos que confluyen en Brighton Rock, una suerte de relato generacional disfrazado de thriller. Una disección del angst y la rebeldía juvenil mucho antes de que ésta fuera objeto de estudio —y argumento ad nauseam de ventas—. Y una mirada reflexiva a una sociedad abocada al conflicto, al choque: generacional, de clases, y de valores.      

Brighton, década de los treinta. Un lugar de reposo y diversión, que aspira a ser la ciudad del ocio para las clases medias inglesas y exportable más allá del Canal… Y, al mismo tiempo, el territorio donde proliferan bandas, gánsters, apuestas sospechosas, antros y crímenes. Una de esas pandillas, de chicos jovencísimos, puro lumpen desclasado, la lidera Pinkie Brown, que con 17 años y su aura de «malditismo», parece albergar en su interior toda la ira y la desesperación de la Union Jack. El responsable del asesinato del pobre don nadie Fred Hale —invisible excepto para Ida Arnold, su casual compañera en su postrero día— y toda la trama de encubrimientos, chantajes emocionales y más violencia que se va desarrollando en Brighton Rock

Así, la novela pareciera configurarse como un thriller con antihéroe pionero, trascendente, y detective circunstancial. No obstante, muy pronto Greene la transforma en el tapiz narrativo sobre el cual reflexionar. Acerca de la zozobra y la pulsión ansiosa del adolescente. Del vacío de esa juventud iracunda —valgan sus simplones secuaces—. De la estupidez e ingenuidad del amor ciego y sus sacrificios, epitomizado en la camarera-testigo Rose. O el dilema entre religión —bravo por Greene al cuestionar la institución, harto corrompible, del matrimonio — y secularismo que sobreviene con la incipiente ruptura generacional. En definitiva, es la sempiterna lucha entre el bien y el mal, sabiamente entendida como las dos caras de la misma moneda.

En ese sentido, Brighton Rock brilla en el contraste entre sus dos personajes centrales. Pinkie Brown es un Jimmy Cooper de Quadrophenia versión siniestra, antes que ninguno de los Who hubieran siquiera nacido. El nihilismo punk mucho antes que las guitarras y las cadenas se pusieran de moda. Un misántropo regurgitado por la educación católica mas severa —atentos a su mojigata, tortuosa actitud ante el alcohol y el sexo—, manipulador y ambicioso. Frente a él, Ida Arnold, el único espíritu libre del libro, expansiva y, sin embargo, solitaria, incluso algo taciturna. Justiciera perseguidora del bien… pese a todo y todos. Una ¿necesaria? «Pepito Grillo» a la que nadie ha pedido su ayuda… 

Dicho esto, no estoy seguro que todo funcione en Brighton Rock. Ya sea el paso del tiempo o, diría, el peso de construir una novela en la que «pasan cosas» pero que, sobre todo, es «de ideas», hacen que quien busque un noir al uso se le pueda atragantar. Después, Ida es un personaje arrollador y adictivo, la figura más interesante del libro —aunque Pinkie me resulte más redondo—. Pero sus pesquisas detectivescas exigen la aquiescencia del lector. Peor es el caso de la otra fémina del relato, la pusilánime, abnegada Rose, que resulta —felizmente— superada hoy. Digamos que los personajes centrales y su trasfondo profundo se comen la trama…

De cualquier forma, Brighton Rock es una lectura de lo más recomendable. Huelga decir que la prosa de Greene es soberbia —igual que la traducción de Miguel Temprano García—, aquí alcanzando cotas de excelencia con esas pinceladas sobre algunos enclaves de la ciudad. Sus bajos fondos radiografían a una colección, sobre todo jóvenes, de seres varados y dispuestos a casi todo por sobrevivir. Nos regala a dos personajes icónicos, a través de los que profundiza en una sorprendente variedad de emociones. Y, en última instancia, borda la contraposición social, tensa hasta la explosión violenta —elegante—. Nunca os fiéis de los parajes de postal…