Siempre he pensado que hay una fina línea entre el biopic y la parodia. Entre tomarse muy en serio la vida de un personaje histórico en una pantalla de cine y ver a un tío con peluca imitando a un ídolo del pasado. En Bohemian Rhapsody me resulta complicado decidir si estoy viendo una cosa u otra. Rami Malek parece sobreactuado en los primeros compases del film, con sus -falsos- dientes salidos y esos ojos saltones, pero, para cuando acaba todo, llegas a ver a Freddie Mercury sobre los escenarios recreados en los que tocó Queen. Más que ante una obra cinematográfica, estamos ante el espectáculo de la mejor banda tributo posible: tanto el vocalista como el resto de componentes del grupo –Gwilym Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello (¡el niño de Parque Jurásico!)- están perfectos.

Esta película se sostiene descaradamente sobre la fuerza de las canciones que todos conocemos y somos capaces de tararear. Si te gusta el grupo, esto es para ti. Pero dramáticamente, el argumento está construido a base de escenas de diálogos, y más que una trama lo que tenemos es una playlist de greatest hits. No hay conflicto que entorpezca el camino de Queen al éxito y las rencillas entre los miembros de la banda son cariñosas discusiones familiares, que nuestras risas -porque el tono es de comedia- acercan a una sitcom. Le falta mal rollo a todo: ahí están Brian May y Roger Taylor, como productores, en los créditos. Lo más parecido a un conflicto dramático es la soledad de Freddie Mercury, pero todo está planteado de forma plana, mecánica y poco inspirada. Hay broncas al principio del film y lágrimas y abrazos al final. Los problemas con las drogas de Mercury se abordan de la forma más limpia que he visto nunca: no le vemos consumir, de resaca o con el mono. El abuso de sustancias se comenta, pero no vemos nada escabroso. Lo mismo ocurre con sus orígenes parsi o la pequeña deformidad de los dientes del cantante. Lo peor, la homosexualidad del vocalista, expresada de una forma tan simple que resulta sonrojante: las miradas furtivas entre hombres con bigote parecen ser la única forma de decirnos que Mercury está descubriendo que es gay. No queda nada aquí de la sutileza y elegancia de aquel Bryan Singer que nos mostraba al Hombre de Hielo contando a sus padres que era un mutante, en una escena que se podía leer como una salida del armario en toda regla -en X-Men 2 (2003)-.

La planificación de Singer en esta película es francamente pobre, lo que explica que le hayan despedido del rodaje. Pero, además, Bohemian Rhapsody no propone nada: una recreación histórica puede buscar la fidelidad a los hechos, sobre todo visual, pero creo que esos momentos deben responder a un sentido, a una propuesta. Véase, por ejemplo The Crown: IMDB acredita a Peter Morgan como autor de esta historia, pero ni rastro aquí de sus inteligentes guiones. La mímesis es lo único que tenemos en una recreación fetichista para fans. Hay para mí, sin embargo, una idea de genio: que sea un irreconocible Mike Myers, el Wayne famoso por hacer headbanging con Bohemian Rhapsody, el que interprete al productor –Ray Foster– que rechazó esa misma canción. ¿Parodia?