6 Oct 2026 15.028 artículos desde 2008
Libros

Boda irlandesa, Norah Hoult (Trotalibros, 2025)

Boda-Irlandesa-Nora-Hoult

¿Olvidada autora de la «isla Esmeralda» a descubrir?, ¿y con relatos, además? La propuesta de Trotalibros con el rescate de Norah Hoult y su Boda irlandesa era demasiado tentadora para quien escribe. Doce historias que, dentro de una cotidianidad rayana en lo costumbrista, diseccionan con sagacidad y sutileza la sociedad británica e irlandesa de la primera mitad del siglo pasado. Y, muy en especial, la situación de las mujeres —sus expectativas y realidades, ajenas y propias— mostrándonos a una autora con mordiente, avanzada a su época. 

Eleanor Lucy Hoult nació en Dublín en 1898, quedando huérfana a los nueve años, por lo que creció, junto a su hermano, en varios internados del norte de Inglaterra. Su carrera arrancó en el periodismo, trabajando para el Sheffield Daily Telegraph, el Yorkshire Evening Post y la revista Pearson’s. En 1928, tras múltiples rechazos y bajo el seudónimo de Norah Hoult, apareció Poor Women!, su primer libro de relatos, seguido por la novela Time Gentlemen! Time! (1930). El éxito y la polémica por los temas tratados —una mujer hablando de clases y tensiones sociales, matrimonios fallidos, alcoholismo o prostitución— provocó que hasta diez de sus obras fueran censuradas en Irlanda. Muy prolífica, con cerca de treinta publicaciones, siguió escribiendo hasta 1977. Falleció en Greystones, condado de Wicklow, en 1984. 

Aunque fue una autora popular, Hoult cayó en un prolongado ostracismo literario, truncado gracias a una loable labor editorial desde 2005, cuando Persephone Books reeditó su novela There Were No Windows (1944).​ O este Boda irlandesa que nos ocupa, original de 1950 y resucitado en 2018. Tiene sentido. Pese a la distancia temporal y, lógicamente, cierto lenguaje y referencias socio-históricas, el conjunto no resulta antediluviano. Al contrario, su capacidad para el comentario social o para abocar, con aparente, incluso jocosa ligereza pero notoria profundidad, las dinámicas de las relaciones —ya sean de pareja, familia, de comunidad—, o cuestiones delicadas como la inmigración o la salud mental, se mantienen vigentes.   

Valga de ejemplo, y entrando en materia, el relato que da título e inicia Boda irlandesa, un «inventario» narrativo de todas las tensiones, disgustos y oprobios de un convite de migrantes —de precaria economía— en Londres, en el que Hoult hace chocar a distintas generaciones y sus variopintas conductas. O el deliciosamente malicioso «Tres personas y Jane», donde las sangrantes diferencias de clase, el demoledor peso de las apariencias y el «qué dirán» son el trasfondo de un cuento de aspecto liviano sobre la compleja relación entre la viuda señora Temple y la pudiente metomentodo Jane, cuyas empresas benéficas conllevan el sometimiento a sus vecinos más vulnerables. Una joya sobre la «tiranía» de la vida social…

Tras el impactante, aunque mucho menos sustancioso —¿demasiado frontal en su planteamiento?— «Tarde en el manicomio», tenemos el quintaesencialmente irlandés «El hombre rico», hermano menor y en masculino de «Tres personas…», donde la prosperidad de un empresario nunca parece ir de la mano del aprecio del pueblo, al menos en su cabeza. Aunque el relato más destacable de este bloque es «Fin de semana con excedentes», los desencuentros causados por la falta de comunicación… ¿o es de honestidad? entre una anciana —de nuevo, viuda y con dificultades económicas, en una pequeña ciudad inglesa— y su sobrina que viene a alegrarle… o fastidiarle una vida apacible, ufana. 

Llegamos al ecuador de Boda irlandesa con «Expatriada», el cuento más breve y anecdótico del lote, situado en una Roma fuera de las posibilidades de la anónima protagonista. Sin embargo, a continuación viene probablemente su cénit, el formidable «¿Cuál es el gran premio?», donde la joven Sally debe elegir entre un hipotético futuro esplendoroso en América o el matrimonio con Ned si se queda en Irlanda. Norah Hoult le da la vuelta a un dilema clásico-tirando-a-ñoño mediante una protagonista astuta y vanidosa, que sopesa sus opciones sin atisbo de romanticismo pero bajo la paralizante sombra de la elección errónea. Ante semejante triunfo, el olvidable «El periódico era su mejor amigo» palidece en comparación.

Entramos en el tramo final de Boda irlandesa con la divertida «Observación», o la insufrible señora Cook-Burton, criticona Atila sembrando la tirantez en su jornada por la zona más exclusiva de Londres. Aún mejores son los dos cuentos siguientes. Primero, «El cuadro sagrado», donde una misteriosa huésped sumirá en la confusión y dolor —otro golpe de realidad social en su desenlace— a la niña que ayuda en la humilde pensión de su madre. Y luego, «Cuando la señorita Coles preparó el té», en el que Hoult se adentra en opresivos terrenos laborales con precisión quirúrgica. Qué poco cambian algunas cosas…

Boda irlandesa concluye con «Bar de copas», un relato más opaco y, en ese sentido, moderno, en el que seguimos el periplo etílico de Gus Simmons junto a dos amigas en el Londres de posguerra, dando pie a salidas de tono verbales que reflejan la angustia del migrante —esa colisión con la camarera, irlandesa como él— y del joven que no tiene nada claro adónde va. Es una buena manera, casi circular, de cerrar esta notable y cohesiva colección de relatos que nos descubre a una autora de prosa diáfana —gracias a María Valdunciel Blanco por la traducción y difusión de Norah Hoult en España—, fresco sentido del humor y excelsa agudeza para captar los comportamientos humanos. A reivindicar.