Si esta crónica tuviese título sería oportuno hacer referencia al error o a la equivocación. Una de las señas de identidad del cuarteto barcelonés es jugar al escondite, amagan con la pelota y salen en otra dirección. No solo envuelven sus temas en capas, pocas, pero están, sino que estilísticamente saltan del jazz, por muy free jazz que sea al rock, por muy punk que parezca. Aunque el combo haga mención al swamp rock, poco pantano se apreció en la actuación de la nueva sala de la marca Jamboree.

Habla bien de los gestores de la sala mayor, que en realidad dispone de un aforo menor, el Jamboree, templo del jazz, desde hace décadas. Una referencia europea. Al igual que la marca nodriza, el Jamboree 3, es una cava, antes un herbolario subterráneo, inaugurada el 29 de setiembre de 2022, que está pared con pared con el Jamboree, también dispone de un piano y diríase que la acústica es mejor. El escenario es más amplio, como se puede apreciar en las imágenes. Hábitat que aprovechó Kike Bela para pulsar a gusto su bajo y moverse a discreción y manipular su sintetizador analógico Korg MS-10.  

Las reminiscencias del jazz punk, hay quienes lo formulan al revés, no son nuevas, pues el jazz más libérrimo se ha alimentado de espasmos, niebla y silencio, quebrado por cataratas de notas expresadas a todo volumen. De todo eso hubo en la presentación de “Roots 7”, el tercer álbum del grupo, desde su creación en 2015, que se acompaña de un explícito subtítulo “7 roots 9 shadows”.

Dio la impresión de que Blood Quartet interpreta sus piezas a manera de suite, a semejanza del disco, y en el mismo orden, salvo que abrieron con “Myths of the Near Future”, el cuarto tema del álbum, y el resto siguió el orden de la grabación de principio a fin. Ese juego de esconder tiene truco y, también, sustancia. Se combina sutilmente el dar rienda suelta al ruidismo del guitarrista Lluís Rueda con la pulsión rítmica, en clave jazzística del batería Marc Eugeni. Encargado este último de sostener al grupo para volver a un espacio melódico, que da coherencia sonora, tanto al bajista, como a Mark Cunningham, a la trompeta y la guitarra eléctrica.

El grupo bautiza las canciones con títulos literarios de diferentes autores, estilos y épocas, que en principio no desvelan una conexión clara, pero sí existe una relación en las sombras del discurso free del no-jazz (o nu-jazz) que practica Blood Quartet. “A Place of Dead Roads”, 1983, de William S. Burroughs; “Counter-Clock World”, de Philip K. Dick, 1967; “Tiempo de silencio”, 1962, Luis Martín Santos; “Myths of the Near Future”, 1982, de J. G. Ballar; “Angel of the Odd”, 1844, de Edgar Allan Poe; “Blood Grove”, 2021,de Walter Mosley;  “The Gun Is Loaded”, 2007, de la multifacética actriz y cantante post punk Lydia Lunch, que coincidió con Cunningham, en el breve ciclón experimental del No Wave, de NYC, que después fue vecina de Barcelona; “Sanctuary”, 1929,de William Faulkner, y “Dimensions of a Shadow”, 1950, de Alice Munro. En estos nombres, con distintas intensidades, emerge algo etéreo, algo indescifrable. Sombríos, unos; luminosos, otros.

Una suerte psicológica de no saber que es, revuelto con la gratificante sensación de no tener que identificarlo, junto al bienestar del goce en sí mismo supone una respuesta emocionalmente legítima a lo que acontece en el escenario. El combo de Mark Cunningham traduce en una engañosa paz de sonoridades abruptas en melodías reconocibles, en que el rock más diverso tiende puentes elásticos a un jazz, reacio a las etiquetas. Una inteligente ceremonia de la confusión que los allí reunidos disfrutaron de lo lindo. A la salida, encima de una silla la imagen sepia de una abandonada iglesia metodista de California, en formato de vinilo, cd y casete, en que descansa la música más reciente de Blood Quartet.

Fotos: Patrici Sánchez Mata