Pantalla vampiro

Si estabais esperando un biopic al uso, un melodrama sobre la vida sentimental de Marilyn Monroe en Netflix, os vais a llevar una decepción con Blonde. Por el contrario, estamos ante una espléndida película que se vale del lenguaje del cine para hablar de la propia imagen cinematográfica. El director Andrew Dominik Mátalos suavemente (2012)- firma una impactante reflexión visual sobre el poder de la pantalla de cine y su capacidad para crear mitos. Dominik utiliza como base el libro escrito por Joyce Carol Oates y elige también la ficción antes que los hechos reales. No se trata de contarnos la vida de Norma Jeane Baker, sino de construir una obra de arte audiovisual, excesiva, sobrecogedora y hermosa. La idea es que reflexionemos sobre el mito pop de Marilyn, la mujer-objeto arquetípica, sexualizada, explotada e inalcanzable, más grande que la vida: en un momento del film vemos un enorme cartel de la actriz sobre una marquesina, que recuerda a la colosal Anita Ekberg en el episodio de Bocaccio 70 (1962) dirigido por Federico Fellini. Esa enorme imagen de Marilyn atemoriza, sobre todo, a la propia Norma Jeane quien, en los momentos más inquietantes de esta película, no se reconoce a sí misma en la gigantesca pantalla de cine. Porque Blonde utiliza los códigos del cine de terror (psicológico) para meternos de lleno en la pesadilla que debió vivir Norma Jeane, el juguete roto de la fama por excelencia, una mujer devorada por su propio personaje.

Blonde podría encajar, de primeras, en una trilogía con Jackie (2016) y Spencer (2021) de Pablo Larraín, que realizó sendos estudios de personaje sobre Jackie Kennedy y Diana de Gales. Pero las intenciones de Dominik creo que son otras. Desde el espejo, la mítica Marilyn mira a Norma Jeane como si fuera un demonio, o la bruja mala de Blancanieves. Marilyn representa la idea masculina del sexo y a su paso deforma las caras de los hombres que rodean a la actriz, como una manada de lobos. Dominik convierte la pantalla de cine en un objeto gigantesco y terrorífico -como la puerta ciclópea que mantiene encerrado a King Kong, otro mito cinematográfico por el que Marilyn siente pena en una escena de La tentación vive arriba (1955)-. En varias escenas vemos una pantalla de cine enorme, como el misterioso monolito de 2001: Una odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick, alrededor del cual se sientan siniestros espectadores hipnotizados, como seres primitivos cegados por la luz. Es el cine como un vampiro –igual que en Arrebato (1979)- que absorbe el alma a cambio de la inmortalidad. 

Dominik nos muestra cómo Norma Jeane, una mujer frágil, marcada por el maltrato y la incomprensión, obsesionada por el misterio, muy de película, sobre quién era su padre -del que solo conserva una foto- intenta escapar de la imagen que Hollywood ha creado de sí misma. Otro trauma: Norma es incapaz de generar otra vida, como si fuera víctima de una maldición. Y eso que Marilyn Monroe es capaz de subyugar a otros supuestos mitos, que intentan apropiarse de su figura, como el violento deportista Joe DiMaggio (Bobby Cannavale) y el presidente John F. Kennedy (Caspar Phillipson), que protagoniza la escena más dura -y humillante- de la película. Estos hombres aparecen aquí mundanos, simples mortales cegados por el resplandor de la rubia inmortal. No es el caso de Arthur Miller (Adrien Brody) que parece más bien sorprendido y acaba enamorado de la mujer que hay detrás. 

Por último, el gran valor de Blonde es el despliegue artístico que hace Dominik para expresar todo esto: compone su película recreando de forma exhaustiva fotos, carteles y anuncios de Marilyn, en una operación que tiene algo de inquietante, como si los muertos volvieran a la vida después de estar atrapados en momentos congelados que no sabíamos que habían sido traumáticos. Como fantasmas. A esta sensación ayuda una soberbia Ana de Armas, que nos permite ver a Marilyn sin ser ella Marilyn, en una interpretación que quedará para la historia. El parecido hiperrealista de la actriz con el mito, la imitación de su voz y de sus gestos ingenuos, hacen pensar en la reanimación de un cadáver. Volviendo al trabajo de Dominik detrás de la cámara, resulta impresionante el aluvión de recursos estéticos que utiliza para crear una atmósfera enrarecida, de pesadilla, metiéndonos dentro de la película, pero creando también cierta distancia: la espléndida fotografía, el paso del blanco y negro al color, los cambios de formato constantes, los desenfocados y los ralentizados que buscan la abstracción: ese vestido blanco que se levanta por el aire, paralizado en el tiempo, en nuestra memoria cinéfila y en la pesadilla de Norma Jeane. Nos costará perdonar a Dominik el haber convertido los rodajes de películas como Con faldas y a lo loco (1959) en lugares terroríficos, donde quizás una chica que nació y murió en Los Ángeles sufrió terribles torturas.