Salir de la zona de confort de uno puede deparar lecturas muy interesantes. Es el caso de este Beyoncé en la intersección. Pop, raza, género y clase, de Elena Herrera Quintana, doctora en Sociología, que nos trae Dos Bigotes. Un potente, ambicioso y muy inusual ensayo musical en nuestro país, tanto por el sujeto estudiado como por su enfoque multidisciplinar. La figura de Queen B, un verdadero icono global que va más allá de sus canciones, abordada respecto al cuarteto de complejísimos temas e implicaciones mencionados en su subtítulo.   

De igual forma que el recientemente reseñado Chica=Tonta, Chica=Mala, Chica=Débil de Laura Sagaz, Beyoncé en la intersección nació como la tesis doctoral de la autora madrileña, especializada en Sociología de la Cultura y de la Comunicación. Y, como aquél, la mera existencia de esta obra merece celebrarse. Aviso para navegantes previo a adentrarse en el meollo del libro. No es —para nada— una biografía de la señora Knowles-Carter. Y su densidad, junto al «material sensible» del que se ocupa, lo alejan de la categoría «para todos los públicos». Pero bien vale la pena un pequeño esfuerzo —añádanse escuchas y visualizaciones de videoclips y directos—, para profundizar en las bambalinas del fenómeno Beyoncé

Armada con una profusión de datos, Beyoncé en la intersección es una argumentada y completa defensa de la artista tejana… Lo que no debe confundirse con una hagiografía o una férrea, abnegada crítica a su discografía. Sino de un intento de pormenorizado análisis de la figura de la ex Destiny’s Child como agente cultural y sociopolítico a través de los actos definitorios de su carrera: es decir, lanzamientos, actuaciones icónicas, declaraciones… Entendiendo que hablamos de una epítome indiscutible del estrellato mainstream, estamos ante una lectura estimulante y novedosa en el panorama del ensayo musical.  

Porque Beyoncé en la intersección abre numerosas «cajas de Pandora». El papel del pop de masas actual —Beyoncé sigue estando en boga, ¿no?— en la cultura. Su confluencia y, a la vez, fricción, cuando no manifiesta contradicción, con los feminismos, o el tema racial. La autenticidad, validez y, en menor medida, alcance del denominado celebrity activism. La más que probable doble vara de medir, profundamente machista, cuando decidimos elogiar ahora a hombres famosos, pero criticamos a una mujer… multiplíquese dicho cuestionamiento si ésta, además, es negra. Y directamente ligado a ello, los estigmas, de raza, sexo y estilo, que sobrevuelan —mejor dicho, emponzoñan— esta controversia.

La exposición de Herrera Quintana resulta brillante en numerosas ocasiones. Valgan como ejemplo el merecido sopapo que se lleva buena parte del periodismo patrio, raudo en desmenuzar —nótese la ironía— Lemonade (2016) únicamente desde el prisma de la prensa rosa, el puro morbo de la infidelidad de Jay Z, soslayando —ninguneando, intencionalmente— su faceta seria, reivindicativa. Y, por contra, cuando nos comenta la nada desdeñable cantidad de referencias —del atavismo afroamericano a estilos musicales underground— y simbolismos con los que Beyoncé ha trufado momentos clave de su trayectoria, o discos con más enjundia y discurso de lo que el circo mediático dicta. Sin ir más lejos, el reciente Act I: Renaissance (2022).

No obstante, también creo que, a veces, Beyoncé en la intersección parece sostenerse en una argumentación tipo «y tú más». Que una parte del feminismo cuestione la credibilidad de la diva debido a su significativa participación —léase exposición— en la maquinaria del pop comercial hiperproducido, lo que para las mujeres incluye siempre el aspecto corporal, tiene cierta legitimidad. La autora es sólida al razonar que Sasha Fierce logra usar su cuerpo —en especial, su color de piel— como factor vindicativo de lo afroamericano —muy interesante lo relativo al pelo—. ¿Pero eso vale para todas las mujeres del pop —como separamos empoderamiento de hipersexualización, gravoso peaje— o solo para una de sus exponentes más poderosas?

Y, directamente imbricado con el párrafo anterior, tenemos el que posiblemente sea el eje principal del conflicto: la privilegiada posición económica. Si aceptamos que Beyoncé es puro mainstream, ello quiere decir parte del sistema —obviamente capitalista—, entonces la acusación de oportunismo o duda sobre la autenticidad del discurso tiene cabida. Más, si cabe, si como bien subraya Herrera Quintana, la de Houston no deja absolutamente nada al azar. Es similar a lo sufrido, históricamente, por iniciativas como el Live Aid. La «santurronería» de los Geldof, Bono, Sting… O, más recientemente, deportistas tipo Colin Kaepernick o Lebron James, convertidos en portavoces de causas como una mayor igualdad, el género o la raza. 

¿Eso invalida sus actos y posturas públicas? Para nada. En mi opinión, el estatus social nunca debería anular la voluntad de cualquier persona decidida a posicionarse en movimientos tan relevantes como el #Metoo o el #BlackLivesMatter. De hecho, estoy convencido que personajes de esa popularidad y envergadura son necesarios para que dichos debates pasen a ser mayoritarios —bien por Dua Lipa— y, por tanto, motiven cambios reales. Pero sin olvidar nunca que el nivel de profundidad en una Superbowl tiene evidentes límites e incoherencias. Que, como tantos otros, Beyoncé y esposo salen en los Panama Papers… o que, asimismo, Kanye West tiende, desgraciadamente, a abrir la boca con frecuencia. 

En ese sentido, pienso que Beyoncé en la intersección es un libro magnífico para desmontar no pocos prejuicios respecto al pop y su perenne sambenito de banalidad. Así como, todavía más relevante, suscitar debates posteriores. Una notable y necesaria «Formation»…