La primera secuencia de la última temporada de Better Call Saul es un regalo para los fans. Trabajadores de una empresa de mudanzas recogen los bienes y los objetos personales de Saul Goodman (Bob Odenkirk), suponemos, tras los acontecimientos narrados en la magistral Breaking Bad.

Es una secuencia que define el tema de la temporada, con un marcado tono de despedida y que representa el final de algo, pero también demuestra lo exigentes que son los autores de esta serie –Vince Gilligan y Peter Gould– con los espectadores: la secuencia está llena de ‘huevos de pascua’, de guiños que solo el seguidor atento podrá reconocer. El plano final de la secuencia es determinante: la cámara se detiene en un pequeño tapón de botella, con forma de piña -¿Lo recordáis?- que representa los momentos más felices del protagonista, también los que nunca fueron, con su compañera, Kim Wexler (Rhea Seehorn). 

Enseguida, el desarrollo del primer episodio puede pillar descolocado a cualquier espectador que no sea verdaderamente fiel: la acción comienza justo donde acabó el último capítulo, emitido hace dos años. Que se joda el espectador medio, diría David Simon.

Además, el argumento comienza a desplegar inmediatamente su estupenda narrativa cinematográfica, apoyada siempre en lo visual, que escatima diálogos -y explicaciones- y nos obliga a estar atentos a los detalles. Lalo Salamanca (Tony Dalton) ha escapado de la muerte, Nacho Varga (Michael Mando) huye también para salvar la vida, Gus Fring (Giancarlo Esposito) intenta mantener su posición de poder en la red criminal y, en general, todos los personajes reaparecen ya ‘metidos en harina’.

Por si fuera poco, los protagonistas, Jimmy/Saul y Kim están enfrascados en uno de sus maquiavélicos planes -qué divertidos son- que no sabremos en qué consiste realmente hasta varios episodios después, en una trama que incluye la recuperación de una pareja a la que no veíamos desde la primera temporada, emitida en 2015. Está claro: Better Call Saul es una serie que ganaría mucho con un visionado al ‘estilo Netflix’, cosa que ya podremos hacer al disponer de todos los episodios.

Better Call Saul nos ha dado seis temporadas de pura excelencia. La serie brilla por la meticulosidad de sus guiones, una puesta en escena cinematográfica con una fotografía fantástica, y, por supuesto, por sus estupendas interpretaciones. La filosofía de la serie es una extensión de lo que ya vimos en la magistral Breaking Bad. Dos ficciones que cuentan, en esencia, lo mismo: cómo sus protagonistas toman decisiones morales hasta convertirse en otra cosa.

Walter White (Bryan Cranston), un simple profesor de química terminaba convertido en un monstruo, en el temible Heisenberg, y ahora se nos ha mostrado cómo Jimmy McGill, un perdedor que aspiraba a ser abogado, se convierte en Saul Goodman. El final de ese camino es lo que nos cuenta esta última temporada que, no por casualidad, tiene un episodio titulado, precisamente, Breaking Bad -por cierto, el capítulo titulado Better Call Saul de Breaking Bad demuestra el cuidado que han tenido los guionistas para que todo encaje más de una década después-. ¿Acabará finalmente Jimmy convirtiéndose en un tipo sin escrúpulos? Esta serie desarrolla con muchísimo cuidado a sus personajes y junto a Jimmy/Saul hemos visto crecer a Kim -el gran personaje de esta serie- de forma sutil, progresiva y sostenida. Una evolución que se expresa en detalles que pueden pasar desapercibidos: recordemos cómo la conocimos, compartiendo un cigarrillo ocasional con Jimmy, al principio de la serie, y cómo ahora Kim un pitillo tras otro, agobiada moralmente tras haber decidido acompañar a Jimmy en sus fechorías.

Creo que Breaking Bad jugaba a ponernos a prueba: ¿Seguimos queriendo que Walter White se salga con la suya a pesar de que sus actos son cada vez más reprochables? En Better Call Saul, el compromiso con los protagonistas tiene un matiz diferente: tememos que Jimmy y Kim acaben convirtiéndose en auténticos monstruos. En el camino de estas seis temporadas, hemos podido disfrutar de una pareja de protagonistas maravillosamente escrita, muy diferente a la de Walter y Skyler White, interpretados por dos actores que merecen todos los premios.

Ya he mencionado cómo Better Call Saul brilla por su narrativa cinematográfica, puramente visual, que nos escatima información sobre lo que está pasando para mantenernos enganchados. Esto es visible, sobre todo, en los planes -casi siempre delictivos- que llevan a cabo los protagonistas: cómo tienden trampas a un incauto para salirse con la suya -pobre Howard Hamlin (Patrick Fabian)-, cómo organizan ingeniosos robos a prueba de errores. Jimmy no es un criminal chapucero como los personajes de los hermanos Coen, aunque el destino, el azar, siempre acaben jugándole una mala pasada.

Además de esto, la serie de Gilligan y Gould me parece única manejando las consecuencias de las acciones de los personajes. La repercusión del éxito -o del fracaso- de los planes urdidos por Jimmy puede extenderse durante episodios -o incluso temporadas-. La forma en la que los personajes intentan resolver un problema, solventar un obstáculo, o minimizar los daños tras un fallo garrafal -y eso puede ser incluso tener que ocultar un cadáver- resulta apasionante y probablemente una metáfora perfecta de la vida misma.

Ese cuidado de los guionistas por tener en cuenta todos los detalles lleva a no dejar cabos sueltos en la trama, sino a aprovecharlos para nuevos giros argumentales. Better Call Saul es una serie que se basa en el principio de causa y efecto, que trata de acciones y sus consecuencias: pocas cosas ocurren al azar. 

Esto permite recuperar personajes o situaciones que, en cualquier otra serie, habrían sido olvidados o despachados con un par de diálogos. Me voy a permitir el spoiler de alabar cómo en el desenlace de Better Call Saul no se han olvidado del que fue parte importante del retrato psicológico de Jimmy, su hermano Chuck -fantástico Michael McKean-. Sin recordar su figura, no se podía cerrar verdaderamente la historia del personaje que da nombre a esta serie, que se despide con unos episodios espléndidos, muy oscuros y muy emocionantes, que, a pesar de tener que pagar el peaje de ser un spin-off y de tener que sortear y encajar todo lo ocurrido en Breaking Bad, ha conseguido ser la mejor precuela-secuela posible.