Zach Condon arrastra desde el comienzo de su carrera una bendición que al mismo tiempo es un problema: Su debut discográfico (Gulag Orkestar, 2006) encajó tan bien en el panorama del indie de la época y generó una mezcla entre sorpresa y deleite tan impactante, que aún hoy en día todo lo suyo que nos llega tiene que ser comparado con la sensación que nos produjo aquel ya lejano trabajo. Es un poco injusto, porque si pudiéramos quitar todos los condicionantes contextuales, estoy seguro de que este Galipolli, su quinto larga duración, tendría que ser considerado mejor disco, ya que posee todo aquello que siempre nos pareció especial de Beirut, y encima está mejor producido y con una distribución más sabia de sus elementos. Pero claro, es imposible abstraerse, y ni nosotros somos los mismos hoy en día, ni el panorama musical es tan propicio para ese folk viajero lo-fi que se convirtió en su santo y seña. Para complicar las cosas, tampoco es que Condon haya variado demasiado su fórmula. Sus discos acababan diferenciándose por ligeras influencias de algún país recién descubierto, o por el uso predominante de algún instrumento en particular.

En Galipolli se sigue encomendando a sus ya clásicas composiciones circulares puntualizadas por una emocional sección de metales y esa melancólica voz a medio camino entre Morrissey, Rufus Wainwright y Jens Lenkman. Ya lo tenemos todo tan asimilado que incluso en los temas instrumentales nuestra cabeza podría fácilmente cantar encima el tipo de melodía que Condon añadiría si hubiese decidido ponerle letra a la canción (algo que, por otro lado, ha confesado que le parece el mayor engorro a la hora de componer, por lo que cabe suponer que, si por de él dependiera, todas sus piezas serían instrumentales). Por eso, a la hora de darle una distinción especial, toca agarrarse a que en este disco ha decidido recuperar el viejo órgano Farfisa que formó parte integral de sus viejas grabaciones, arrinconado hace varios años por su obsesión de buscar constantemente nuevas sonoridades. Cierto es, que los temas en los que lo incluye, suenan especialmente cercanos a sus obras primerizas, lo cual será un aliciente de más para los que ven en Beirut un resorte con el que accionar nostalgias musicales.

A estas alturas, un disco de Beirut tiene más que ver con lo que provoca en nuestra memoria, y por suerte siguen siendo sensaciones agradables. Es como lo que nos pasa cuando de adultos nos enfrentamos a una película de los Teleñecos: se supone que no están hechas para este momento de nuestras vidas, pero es que, maldición, esos trozos de trapo siguen siendo demasiado adorables, y además siempre encontraremos en ellos algún aliciente escondido que se nos escaparía si la viéramos como infantes. Ahora que empleo ese símil, se me antoja pensar que Condon, en los momentos más abrazables del disco (Varieties of Exile) realmente llega a sonar como la rana Gustavo cuando nos cantaba desde el estanque con su banjo. Y esto lo digo como un gran halago.