Bad Apples

La mala educación
En una de las grandes obras maestras de Fritz Lang, M, el vampiro de Dusseldorf (1931), un asesino de niños (Peter Lorre) campa a sus anchas en la ciudad provocando el pánico. Ante la incapacidad de la policía para capturar al psicópata, los bajos fondos -mafiosos, ladrones y mendigos- deciden cazarlo y juzgarlo, no para hacer justicia, sino para restablecer el orden, una suerte de equilibrio no pactado entre el submundo criminal y la ley, que se había roto por las acciones de un solo individuo. En la película, Lang consigue que un monstruo acabe pareciendo una víctima ante la violenta justicia del improvisado tribunal, en un alegato contra la pena de muerte. No sé por qué, la estupenda Bad Apples (2026) me ha hecho pensar en Lang y su vampiro, aunque en un tono muy distinto.
La historia plantea a una esforzada profesora de instituto, Maria (Saoirse Ronan), que se enfrenta a un problema que parece irresoluble: un conflictivo alumno, Danny (Eddie Waller), acumula partes y expulsiones sin que nadie pueda hacer nada, mientras dinamita sus clases y lastra el progreso educativo de sus compañeros. Tras una estupenda secuencia de arranque, pura narrativa visual, que incluye manzanas y una zapatilla, y que resume el conflicto principal, veremos cómo Maria intenta resolver el problema que supone Danny de una forma tan azarosa como peligrosa para su vida personal y su carrera docente. En esa tensión se desarrolla la película, que va ganando enteros mientras progresa la trama, y mientras Maria se ve cada vez más atrapada por las circunstancias.
Bad Apples, dirigida por el sueco Jonatan Etzler -es su primer largometraje para cine-, se mueve entre la comedia de humor negro, el cine de terror y la sátira social, una estupenda mezcla que se sostiene gracias a una eficaz Saoirse Ronan -protagonista absoluta- y en el dibujo de un grupo de niños diabólicos, para hablar de lo complicado que es el trabajo docente y de la frustrante idea de no poder dedicar tiempo suficiente a cada niño, sobre todo a los que no se ajustan al sistema -y a los que no se conforman- por el motivo que sea. Pero es también el retrato de lo que supone la paternidad para la generación millennial, la sensación de que, en el intento de dar una educación diferente, más humana, basada en el refuerzo positivo y sin tantas restricciones, han acabado siendo rehenes de sus propios hijos -y alumnos-.
La película plantea todos esos temas de forma divertida y con un humor sutil pero atrevido, señalando los fallos en la educación y en la sociedad, pero dejando clara su postura con ese final que recuerda otra obra maestra del cine, Los 400 golpes (1958), de François Truffaut: ese niño que estuvo a punto de ser un delincuente, pero que fue salvado por el cine, y por André Bazin, el único adulto que quiso dedicarle el tiempo suficiente.