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Cine/TV

Rogue One: esto también puede ser Star Wars 

La mayoría conoce Star Wars por siete películas que se cuentan entre las más taquilleras de la historia del cine. Bienvenidos al universo expandido: el éxito de la saga de George Lucas dio origen, desde el primer momento, a derivaciones en todo tipo de formatos -novelas, cómics, videojuegos y series de animación- que cuentan historias en los márgenes de la narración principal, utilizando personajes secundarios o proyectándose hacia el pasado -o el futuro- de las aventuras de los Skywalker. Puro negocio. Sin el control creativo de Lucas, aquellas historias no siempre tenían la calidad esperada, aunque a veces fuesen más libres, desviándose del canon. Disney ha eliminado de la continuidad ese «universo expandido», pero ahora convierte una de esas pequeñas historias en un evento cinematográfico. Un poco como cuando Lucas y Spielberg utilizaron argumentos y la sensibilidad de las películas de serie B, de los seriales de aventuras, para hacer películas de alto presupuesto. Crearon el blockbuster moderno. Rogue One: una historia de Star Wars es un par de líneas del crawl que abre Star Wars: Episodio IV (1977) hinchadas hasta convertirse en un film autónomo. Esto ya lo hizo George Lucas con las guerras clon en Star Wars: Episodio II (2002), con resultados bastante discretos. Aquí, se ha elegido a un director prometedor, Gareth Edwards, autor de la estupenda Monsters (2010) -mezcla de romance y monstruos gigantes- y ya curtido en los grandes presupuestos de una franquicia con la interesante -aunque algo fría- Godzilla (2014). Así, Rogue One se define entre el spin-off y la precuela, con la dificultad añadida de tener como referente films absolutamente mitificados y la responsabilidad de abrirle camino a futuras entregas como la aventura en solitario de Han Solo, prevista para 2018. Hay que imaginarse a Edwards haciendo una suerte de juego de malabares entre los imperativos de una franquicia y su propia voz como artista. ¿Sale con éxito de semejante aprieto?

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Vaiana: la llamada de la aventura 

Todas las historias son la misma. Esa es la conclusión a la que llegó el mitógrafo Joseph Campbell (1904-1987) cuando acuñó el término monomito, el famoso viaje del héroe, que hace referencia a un patrón básico presente en mitos, leyendas y relatos procedentes de todo el mundo. Es bien sabido que George Lucas siguió las conclusiones de Campbell para confeccionar su Star Wars (1977). En 2016, Moana (Auli’i Cravalho), como Luke Skywalker, es elegida -por el mar, convertido en un personaje que recuerda a los efectos especiales de Abismo (1997)- para ser la heroína que salve a su pueblo (a la Humanidad). Como Luke -como Frodo- Moana nunca ha salido de su mundo ordinario, una isla de Polinesia que podría ser Tatooine o la Comarca. Si Luke debía enfrentarse a las reticencias de su tío Owen Lars, aquí Moana se enfrenta a las restricciones de su padre, que le obliga a aceptar «su papel» en la familia, en la sociedad. Moana tiene también un mentor, su abuela (Rachel House) es su Obi-Wan Kenobi (Alec Guiness). Inevitablemente, la joven salta a la aventura, atravesando el mar, enfrentándose a peligros, en su viaje para devolver el corazón verde -el anillo único- a una peligrosa isla, su Mordor, su Estrella de la Muerte. Tendrá un aliado, Maui (Dwayne Johnson), una suerte de Han Solo, semidiós de Polinesia, equivalente al Hércules grecorromano y aquí, sobre todo, nos recuerda a Prometeo, ladrón del fuego de los dioses, aunque tan superficial como Justin Bieber. Maui tiene un anzuelo, un arma poderosa como el martillo Mjolnir de Thor, la Excálibur de Arturo o el sable láser de Luke, que tendrá que robar en una cueva profunda, de las fauces de un terrible monstruo, como el vellocino de oro, pero con la estética de luz negra de las selvas de Avatar (2009).

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Crítica de «Hasta el último hombre» 

Mel Gibson es un director capaz de hacer un retrato positivo de un padre alcohólico y maltratador. Esta afirmación puede parecer polémica, pero también puede ser la mejor virtud del autor de La pasión de Cristo (2004), que logra hacernos entender los motivos de un personaje tan extremo como el que interpreta Hugo Weaving -aquí entre la genialidad y la sobreactuación-. No me parece un logro menor y desde luego es una decisión valiente. Weaving es Tom Doss, el padre del protagonista de esta película, Desmond Doss, un personaje real que decidió participar en la Segunda Guerra Mundial sin renunciar a su convicción de nunca empuñar un arma, ni matar a nadie. Semejante hazaña le convierte en un héroe, o en un loco, o quizás en ambas cosas. Solo Andrew Garfield podía ser capaz de reunir la mezcla de inocencia, bondad pura y candidez -por algo fue Peter Parker- necesarias para dar vida a semejante sujeto, con un acento sureño que parece sinónimo de simplicidad beatífica.

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Aliados: siempre nos quedará Casablanca 

Probablemente siempre ha habido en el cine de Robert Zemeckis una lucha entre lo real y lo simulado. El director, que apoya su prestigio en Forrest Gump (1994) y Náufrago (2000), pero al que siempre querremos más por Regreso al futuro (1985), suele abusar de los efectos especiales: de hecho, tras Cuento de Navidad (2009) abandonó el empeño de hacer películas solo de animación con motion capture.

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ANIMALES NOCTURNOS: ¿QUÉ ES EL ARTE? 

El arte como terapia. El poder de la creación, de contar historias, de conmovernos con una narración que, aparentemente, no tiene nada que ver con nosotros. Animales nocturnos, con su título polisémico, nos muestra a la dueña de una galería de arte -una estupenda Amy Adams– leyendo la novela de su exmarido, interpretado por un Jake Gyllenhaal que consigue que un personaje prácticamente ausente sea casi omnipresente. Estos dos protagonistas -Tony and Susan- se multiplican en tres historias muy diferentes, que se entrelazan de una forma perfecta para formar el cuerpo de una película absorbente y apasionante, firmada por Tom Ford, que con esta obra se gana el derecho a que nos olvidemos de que primero fue un diseñador de moda.

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La vida de calabacín y mi primer festival de cine 

Todos recordamos nuestra primera vez en una sala de cine. La mía fue El abismo negro (1979), algo así como la respuesta de Disney a Star Wars (1977). No sé cómo decidió mi madre que estaba preparado para ver una película, en un cine, por primera vez, pero seguramente se arriesgó a tener que salir de la sala en mitad de la proyección. Es complicado saber cuándo un niño es lo suficientemente maduro para aguantar una película entera, por lo que es de agradecer iniciativas como Mi primer festival de cine, una fantástica oportunidad para que los más pequeños -a partir de dos años- se estrenen en eso que llamamos cinefilia. Celebrado en los cines Verdi de Madrid, con votaciones y todo, Mi primer festival es, para un aficionado al séptimo arte, la maravillosa oportunidad de compartir con sus hijos su gran pasión cultural. El mío -de tres años- se lo pasó en grande esperando cada cortometraje animado -la selección fue variada, ágil y divertida- preguntándome por el siguiente corto y gritando las palabras «mágicas» antes de cada pase: luces, cámaras, acción. Cada sesión del festival estaba compuesta de cortos -y algún mediometraje- de animación de calidad, con propuestas de todo tipo, y de nacionalidades varias. Para que tu hijo deje de pensar que el mundo se acaba en La Patrulla Canina y Peppa Pig. No dudéis en apuntaros a la próxima edición.

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Fan Fiction: cuando el homenaje se convierte en imitación 

¿Y si el cine que ves fuera, en realidad, fan fiction? El término se refiere a obras -literarias o cinematográficas- realizadas por no profesionales, de forma independiente y no oficial, inspirándose en novelas, cómics, películas, series o videojuegos. Son trabajos de amor, llevados a cabo por fans que desean recrear elementos de los universos de ficción por los que sienten pasión. Peter Jackson, con tan solo 12 años, intentó recrear la mítica escena del Empire State de King Kong (1933) con una cámara súper 8. 32 años después, Jackson se permitía el lujo de hacer un remake del clásico con un presupuesto millonario. ¿Es la película de Jackson, de 2005, por tanto, fan fiction?. Cuando la Nouvelle Vague se rebeló contra el llamado cinéma de qualité en los años sesenta, la historia del cine cambió. Aquella rebelión de Godard, Truffaut y Rhomer -quienes, por cierto, eran cinéfilos y amantes de la literatura- era probablemente necesaria. A finales de los años setenta, en Hollywood, directores como Steven Spielberg y George Lucas cambiaron también la forma de entender el cine de entretenimiento. Dirigieron, escribieron y produjeron películas, crearon conceptos y formas de hacer, que todavía marcan la industria. Hoy, deberíamos tener delante a una generación que sustituya a Spielberg y a Lucas. Una nueva Nouvelle Vague. En su lugar, tenemos a Peter Jackson jugando con el tren eléctrico más caro del mundo. Tenemos a directores que han crecido con aquellas maravillosas películas de los años 80. Directores que son fans, que en lugar de romper con lo anterior, están abocados a continuar el legado de sus ídolos, utilizando para ello, además, el dinero de los grandes estudios.

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LA LLEGADA: LA MEJOR DEL AÑO 

La llegada es la mejor película del año. Es también la consagración de Denis Villeneuve, director canadiense, que se dio a conocer con la potente Incendies (2010), y que ahora firma su primera gran película. En ella recoge elementos de una filmografía todavía corta, pero solvente, en la que ha ido cambiando de género con cada film. La llegada tiene algo de la atmósfera religiosa -recargada por la culpa- de la electrizante Prisioneros (2013); reutiliza la narrativa fragmentada y subjetiva de la onírica Enemy -en la que el protagonismo recae también en un profesor- con alguna de sus fugas surrealistas y terroríficas. Por último, coincide con Sicario (2015) en su heroína femenina y atormentada que debe abrirse paso en un mundo de hombres. Con La llegada, Villenueve se confirma como un «autor» que opera siguiendo las reglas de Hollywood. Eso sí, a partir de ahora debemos exigirle todavía más.

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Sully: No necesitamos otro héroe 

En los años sesenta, Clint Eastwood fue el «hombre sin nombre» en la famosa trilogía del dólar de Sergio Leone. Un justiciero sin afeitar -lejos del cowboy de sombrero blanco del Hollywood clásico- en la tierra sin Ley del spaghetti western. Inmediatamente después, en Harry el sucio (Don Siegel, 1971), fue un policía enfrentado a sus superiores, políticos, burócratas -y blandos- que eran los principales obstáculos para que el expeditivo detective de la Magnum .44 hiciese «justicia». Mucho más tarde, ya como director, Eastwood, sigue interesado en la esquiva figura del héroe moderno. El protagonista de El francotirador (2014) era sin duda un «héroe» en el campo de batalla si atendemos a su capacidad para las hazañas bélicas, pero también la víctima de una guerra sin sentido y del trauma de todo veterano para adaptarse a una sociedad civil que le recibe con una incomodidad culpable.

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Doctor Strange: Magia nueva en el Universo Marvel 

Doctor Strange es justo lo que el Universo Marvel Cinematográfico necesitaba en este momento. Ante la saturación superheroica en las pantallas de cine -y de televisión- la nueva película de Marvel Studios ofrece una obra que es puro entretenimiento, que narra de forma clásica un relato heroico, pero que innova en las soluciones visuales de tal forma que evita la sensación de «esto ya lo hemos visto». Dirige Scott DerricksonSinister (2012)- una historia que se apoya por enésima vez en el viaje del héroe que descubriera el mitógrafo Joseph Campbell y que George Lucas convirtió en el plano de obra de su Star Wars (1977) y que los hermanos ¿o hermanas? Wachowski aplicaron también en Matrix (1999).