El género de la biografía musical sigue deparándonos títulos poco menos que imprescindibles. Y Libros del Kultrum —os dije que su otoño iba a ser memorable—, uno de sus máximos exponentes, añade más leña al fuego con Aretha Franklin. Apología y martirologio de la reina del soul, a cargo de David Ritz, híper prolífico y longevo experto en la especialidad. Las memorias, no autorizadas y exhaustivamente reveladoras, de una de las más grandes… ¿acaso la más grande? de la historia de la música.

Nacido en 1943 en Nueva York, la carrera de David Ritz abarca cinco décadas de novelas, biografías, artículos y un centenar de textos para los libretos de álbums de «gigantes» que van de Michael Jackson a Frank Sinatra, por los que ha ganado un Grammy y cuatro premios Rolling Stone/Ralph Gleason Book. Es coautor de 36 autobiografías —mejor colaborador que «escritor fantasma», ¿no?— y autor de semblanzas sobre Ray Charles, Smokey Robinson, Marvin Gaye, Jerry Wexler, Etta James, B.B. King o Janet Jackson. En la ficción, ha abordado temáticas tan variopintas como fantasías deportivas, espiritualidad, sus memorias, o coescribir junto a Willie Nelson. Incluso ha ejercido de letrista, rubricando nada menos que «Sexual Healing», junto a Gaye y Odell Brown —tras polémica y juicio de por medio—, entre otras. 

Pero el caso de Ritz con Aretha Franklin tiene especial «miga». Fan —como cualquiera que tenga dos oídos y no vista chándal, pero versión hardcore— de la diva, a finales de los 90 pudo cumplir su sueño de conocerla y convertirse en el cronista-colaborador de su autobiografía. Aretha: From These Roots, el hagiográfico y celebratorio texto resultante, vió la luz en 1999. Pero, aunque colmó los deseos de la artista, no satisfizó a Ritz. Así que, quince años más tarde, cuatro antes del fallecimiento de Aretha, el autor sorprendió con una nueva biografía, elaborada sin su colaboración y publicada sin su permiso, ofreciendo un retrato más cercano a la verdad y provocando su —transitoria— furia vía acerado comunicado. Este libro.

¿Qué alberga Aretha Franklin para que soliviantase de esa forma a la «Reina del soul»? Pues un compendio realmente completo, cimentando en una legión de opiniones desde su entorno más íntimo —incluyendo su familia, productores, mánagers o colaboradores— que pormenoriza una vida (1942-2018) en las antípodas del cuento de hadas que Aretha se empecinó siempre en proyectar. Frente a la imagen de estrella incandescente, que todo lo que toca —mejor dicho, canta— lo convierte en oro, exitosa en cualquier época y ámbito, tenemos otra. La de una mujer angustiada, víctima de su ego, algún indeseable, malas decisiones, miedos, y una obsesión asfixiante por el control. Dos caras diametral, dolorosamente opuestas.

Aretha, durante la grabación de «Amazing Grace» en 1972, considerado su mejor álbum. Foto: Barry Feinstein

No es que David Ritz se dedique a airear los trapos sucios del mito de Memphis —aunque eternamente asociada a Detroit—. Simplemente pretende exponerlo todo, la mayoría de veces apoyándose en el comentario de una voz autorizada. Así, en lo estrictamente musical, no hay ni un ápice de brillo restado a ese cancionero prodigioso. Sólo voluntad de exponer también cuan costoso fue hacer de Aretha Franklin una artista de fama mundial, hasta que Atlantic dio con la tecla. Los palos de ciego mediados los 70. O los peliagudos 80, con su figura menguando frente a voces más jóvenes y un pop más artificioso y bailable, en el que no acabó de encajar pese a sus desesperados intentos.

La misma transparencia rige la vertiente personal de Aretha Franklin, dando paso a un relato que, leído desde el prisma actual, primero aterra y luego entristece. Hija del reverendo C.L. Franklin, personalidad espiritual y social, su infancia estuvo marcada tanto por la ausencia de su madre —dejó a su adúltero padre cuando tenía seis años y murió cuatro después— como por el góspel. Y de su mano, por el sexo —esa rectitud religiosa—, causa de una maternidad prematurísima, con doce y catorce años. Incluso su plenitud artística queda ensombrecida por un primer esposo y mánager maltratador, de quien tardó en separarse, temerosa de perder la pujanza de su carrera. Alcoholismo, depresión, problemas de peso, fiscales, aerofobia —saboteando su capacidad de hacer giras—. Y un tortuoso reguero de muertes de familiares y allegados… 

Uno llega a entender que Aretha luchase denodadamente por impedir que ese lado oscuro, enorme, fuese conocido —eso sí, los niveles de negación de la realidad a los que llegó son brutalmente reveladores—. Aunque tanta adversidad, en cierto sentido, aumente su leyenda. Que alguien que pasó por tanto, asolada por la inestabilidad y la dependencia emocional, siguiese adelante, habla de una tenacidad incomparable. Virtud que, unida a una voz y un talento descomunal, hacen de Aretha Franklin un icono universal e histórico —su compromiso social, herencia familiar, incuestionable—, que traspasó etiquetas estilísticas y barreras raciales. 

Esa dicotomía, lo brillante junto a lo desolador, es lo que logra mostrar la biografía de David Ritz. A veces incluso sacrificando el ritmo de su obra —ajeno a la traducción de Manuel de la Fuente—, farragosa por momentos con tanta exhaustividad en forma de canción comentada —las buenas son parte del canon de la música popular, pero las olvidables abundan—, idas y venidas o momentos de «papel couché». Pero el fin justifica los medios. Porque acaparar récords de ventas, premios y reconocimientos, no es óbice para enseñar al lector lo mucho padecido. Que Aretha Franklin fue pura contradicción, y su devenir musical, indisociable de lo vivido. Que las verdaderas heroínas son de carne y hueso.