Neofascismo, guerras culturales y redes sociales. De Silicon Valley al asalto al Capitolio. El título con el que Capitán Swing reaparece en la sección —va a aparecer con frecuencia en las próximas fechas— no podría ser más apropiado y de actualidad. Se trata de Antisocial. La extrema derecha y la «libertad de expresión» en internet del periodista Andrew Marantz. Una crónica investigativa, entre surrealista y terriblemente aterradora, sobre lo que se esconde detrás de la viralidad, el «troleo», la conspiranoia política y los autodenominados —el peor de los eufemismos— libertarios.  

Nacido en 1984, Andrew Marantz posee una licenciatura en Religión por la Universidad de Brown y un máster en No Ficción Literaria de la Universidad de Nueva York. Colaborador del The New Yorker desde 2011, en 2017 pasó a ser redactor de la revista, escribiendo sobre materias muy diversas: tecnología, redes sociales, política, medios, comedia y cultura pop. Marantz también colabora con otros medios, como Radiolab y The New Yorker Radio Hour, Harper’s, Mother Jones o el New York Times. Antisocial, publicado el año pasado en Estados Unidos, es su primer libro.

Antisocial es el resultado de cuatro años de labor, una obra bastante apabullante y exigente para el lector, especialmente si éste no es norteamericano, o su relación con las redes es algo ambigua. Además, abarca un espacio temporal notable, con varias idas y venidas, políticas y tecnológicas, que complican el panorama. Ciertamente, pese a la voluntad de Marantz de dotar a su ensayo de una trama ágil, tan periodística «sobre el terreno» como autobiográfica —sus encuentros con la fanática «sal de la tierra» de las redes confluyen con su vida personal y sociolaboral antes y poco después de la victoria de Trump—, y de contar con la impecable traducción de Lucía Barahona, sus quinientas páginas pueden resultar densas. No obstante, la tesis defendida no podría ser más interesante. 

Porque la inmersión de Andrew Marantz en Antisocial nos lleva a lugares «únicos». Reuniones secretas de Proud Boys y nazis «clásicos» —tipo David «KKK» Duke, o Richard «el romano» Spencer—. Fiestas ultrapijas en las que hipsters millennials y zetas de extrema derecha y antinormies discuten sobre si son soft-right o alt-right y como descabalgar a Hillary Clinton mientras se acogorzan. Los garajes —reza el cliché— donde los grandes emprendedores de las redes, tecnoptimistas o tecnoutópicos, desafiaron a los escépticos con el mantra de la revolución, democrática, imparable y autorregulada, de internet. Así hasta las penosas ruedas de prensa del bufón y su cohorte en la Casa Blanca. Esto es lo que podríamos considerar «la trama». Hay mucho más. 

El trasfondo es la conexión, espeluznante, entre tecnología, medios y política, indisociables en el siglo XXI. Y como «la nueva» derecha estadounidense —con la connivencia de «la vieja»— encontró en esa triada su ocasión para parapetarse, rearmarse y atacar… hasta llevar a Trump al Despacho Oval. En ese sentido, Antisocial describe las consecuencias de una «tormenta perfecta». Crisis económica, siempre para los sectores menos favorecidos. Debacle, sin final atisbable, de credibilidad de la política y el periodismo. Jóvenes generaciones nativas digitales, a las que se suman las hordas de adictos a las multipantallas. Nuevos popes de la lista Forbes, hipercapitalistas gurus de las redes que rechazan cualquier responsabilidad sobre sus contenidos, ya que la bondad de la nueva religión virtual es indiscutible. Penosos mantras como la inmediatez, el perenne modo irónico y la viralidad. Y fachas, fachas por doquier.  

Especial del New York Times con todos los insultos de la cuenta de Twitter de Donald Trump, el mayor trol de internet.

¿Qué nos depara ese caldo de cultivo? Pues más valor a un meme, un post en nuestro muro de Facebook, una tendencia tuitera o un fugaz whatsapp, que a una noticia que plantee hechos o, ya no digamos, disyuntivas. Y, con ello, no ya la proliferación de las «fake news», sino la radicalización online de ciudadanos que reaccionan a la información como si fuera un gol de su equipo preferido —hooliganismo en política y medios, reforzando lo que uno quiere oír—. Antisocial sigue a varios de los grupos y personalidades que mejor han sabido explotar este nuevo marco de la comunicación. Conspiradores. Ácratas troles aburridos. Supremacistas blancos. Propagandistas. Aspirantes a Joker que «quieren ver el mundo arder». Ególatras con TDAH de manual. Lo mejor de cada casa, vamos.

Lo relevante, excelsamente reflejado en Antisocial, es la confluencia de estos dominadores de la conversación y, a través de ellos, como una agenda política de extrema derecha se construyó, solidificó, y logró su objetivo de aúpar a Trump al poder, sacudiendo los cimientos del país con episodios negros como Charlottesville o el «Capitolgate». Y cuando la controversia acerca de los mensajes y contenidos pareciera inevitable dada su gravedad, el refugio en lo paródico —algo en lo que también cae la izquierda, más preocupada en mostrar su agudeza en la red que en combatir la barbarie—  y, por ende, en la libertad de expresión. La discusión sobre sus límites es complejísima, pero el «todo vale» quizás no sea la mejor respuesta. El fascismo es lo contrario de la alegría…

Alivia leer que Reddit, Facebook o Twitter han admitido la necesidad de revisar sus políticas y realizar cambios ante lo auspiciado. Aunque apuntado, hubiese sido muy valioso profundizar en el análisis del papel de los medios tradicionales —es un libro que debe escribrirse— en el auge de la extrema derecha. No me refiero solo a los esbirros de la Fox. Sino a los supuestamente moderados, incluso los progresistas, dispuestos a entrar en el circo de los «hechos alternativos» y las crecientes burradas. Porque el conflicto genera atención —además de desplazar los límites de la polémica, meta subyacente del fascismo político— y, por tanto, likes, retuits o mayores cuotas de share. Aunque signifique dar cabida al nacionalismo blanco. Y al odio puro. 

De hecho, ahondando en este terreno —y deprimente hasta lo insoportable—, es que aunque Andrew Marantz no entra en la expansión internacional del nuevo manual neofascista —liderado por Steve Bannon, que también anda por estas páginas—, uno no puede dejar de pensar en su equivalente europeo o nacional. La campaña en favor del Brexit. El «trifachito» y sus adláteres en redes y medios —bots o humanos con serpiente y banderita, ya sabéis—, ya sea vía panfletos tipo Loquesea Digital o copando la conversación en los matinales de más audiencia, incluida la cadena del «más periodismo». Están aquí y van ganando la guerra. Así que urge afrontar el debate. Antisocial es una notable manera de iniciarlo.