Antidisturbios

Realidad y ficción

Análisis problemático pero muy interesante el de Antidisturbios, la serie que Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña (director y guionista) firman para Movistar Plus. Un producto potente y adictivo -sus seis capítulos se quedan muy cortos- cuya gran virtud es el juego que se establece con el espectador y con la realidad, una cualidad que ha sido marca de estilo de Sorogoyen y Peña en trabajos previos. Tras firmar la enigmática Madre (2019), esta pareja de autores vuelve al terreno de su mayor éxito, El reino (2018). Estamos ante un thriller que entretiene de forma sobresaliente al espectador, pero que de paso nos habla de conflictos sociales, de los fallos del sistema y, por supuesto, de corrupción. La serie se abre con un breve prólogo en tono cotidiano que presenta a la protagonista del relato, Laia -estupenda Vicky Luengo-, en una breve escena familiar -jugando al Trivial- en la queda clara su personalidad. Luego vendrá el plato fuerte de la serie: una tensa secuencia en la que una unidad de antidisturbios interviene en un desahucio. La situación planteada bebe de la realidad del problema de la vivienda, de la exclusión social, de la inmigración, de la percepción social de la supuesta brutalidad policial y del papel de los medios y las redes sociales. Si el guión juega con estos elementos de forma brillante, la planificación de Sorogoyen genera la tensión suficiente para fabricar una secuencia modélica y difícil de olvidar. Una secuencia que nos hace pensar que estamos ante una ficción en la línea realista y basada en los procedimientos como la obra maestra que es The Wirede David Simon. Una idea que se demuestra falsa enseguida, porque el relato se mueve, como ya he dicho, sobre todo en el terreno del thriller, aunque es verdad que juega también con lo cotidiano, con los tiempos muertos, con los procedimientos policiales no necesariamente impactantes. 

Aun así, lo principal es la intriga de la investigación de Laia, por un lado, y los movimientos de los policías por otro. La trama está marcada por giros y revelaciones -lamentablemente, algunos muy predecibles- que soportan una historia que, al mismo tiempo, pone el acento en sus personajes. Esta es quizás la principal debilidad de Antidisturbios, porque el retrato, en cada episodio, de un personaje, es irregular. Ya he hablado de la investigadora de asuntos internos, Laia, bien interpretada por Luengo, un personaje antipático pero muy interesante, que en mi opinión sigue el esquema ya manido de otras heroínas catódicas, concretamente la Carrie Mathison (Claire Danes) de Homeland. Adivinamos en el comportamiento de Laia algún trastorno psicológico que la lleva a realizar su trabajo de forma obsesiva, empeñada en la corrección de las formas y los procesos, más que en la justicia como tal. Laia no parece preocuparse por las personas que la rodean y comete acciones difíciles de justificar, que, personalmente, me chirrían un poco. El resto del reparto funciona francamente bien: un malencarado Raúl Arévalo ofrece matices interesantes; Hovik Keuchkerian está magnífico como una figura paterna para sus compañeros; Roberto Álamo también está muy bien y su personaje expresa los problemas psicológicos derivados de la presión a la que se enfrentan estos agentes. Álex García sale bien parado de un papel que cae en el estereotipo y Patrick Criado borda un personaje también predecible, el de niñato violento, siempre a punto de saltar. A Raúl Prieto le toca en suerte el peor de todos, en mi opinión, un acosador y maltratador, cuya subtrama se aleja un poco del tema central, y parece pensada solo como denuncia del machismo en el cuerpo policial. Parece lógico que la serie no haya gustado a los policías: el retrato del cuerpo es muy oscuro y pocos saben diferenciar realidad y ficción. 

Cada episodio nos va dando pinceladas de los policías, pero no profundiza realmente en sus situaciones vitales. En este sentido, Antidisturbios se queda a medio camino entre el largometraje, en el que quizás habría quedado todo mejor atado, y el formato serial. Con más capítulos se habría evitado un final apresurado que se apoya en varias elipsis y se habría podido matizar un poco más a los agentes. Aun así, creo que Sorogoyen y Peña juegan -como nos tienen acostumbrados- a la ambigüedad, a no mostrarnos a sus personajes como positivos o negativos, una intención loable y valiente. Pero también es cierto que, si bien todos los personajes tienen defectos, algunos imperdonables, tras el desenlace de la historia me queda la sensación de que sí hay héroes y villanos. El uso de elementos reconocibles de nuestra realidad aporta debate, pero también puede llevar a una leer en la serie una posición política que denuncia desahucios y pateras, sí, pero que sobre todo critica la España de Rajoy, la de la corrupción inmobiliaria, la de las cloacas del Estado del comisario Villarejo y la del conflicto catalán. ¿Es la intención de los autores lanzar un mensaje político o simplemente se valen de elementos reconocibles para provocar reacciones en el espectador? Sea como sea, Antidisturbios ofrece simultáneamente una mirada pesimista de la realidad, en la que los héroes fracasan contra el sistema, y una mirada de nuestro país. Elegid vosotros qué queréis ver.