8 Oct 2026 15.035 artículos desde 2008
Cine/TV

Anoche conquisté Tebas

Viajar en el tiempo

Tarkovski define el cine como el arte de esculpir en el tiempo. En la que puede ser la mejor película de todos los tiempos, 2001: Una odisea del espacio (1968), Stanley Kubrick hace un corte por montaje desde la imagen de un hueso convertido en arma lanzado al cielo por un protohombre hasta una nave espacial surcando el espacio exterior. Unos cuatro millones de años han transcurrido, sin que nos enteremos, en la elipsis más larga de la historia del cine. Esta idea relaciona a la obra maestra de Kubrick con una ópera prima de ficción tan modesta como ambiciosa, Anoche conquisté Tebas (2026), de Gabriel Azorín. En ella, lo importante es el tiempo: el de la época -o épocas- en la que ocurren las diferentes escenas que vemos; el de la vida de los personajes dramáticos, jóvenes que reflexionan sobre su pasado y su futuro; y el cinematográfico, ya que el director apuesta por dejar que las acciones se desarrollen en tiempo real en la pantalla. Todo esto, además, está íntimamente relacionado con el escenario: unas antiguas termas romanas que propician la mirada hacia el pasado. En esas termas, diferentes personajes serán protagonistas de diálogos y reflexiones existenciales: un grupo de jóvenes gamers que comentan su última batalla en un videojuego online; un grupo de turistas que visita las termas y conoce su historia. Pero el cine nos permite también viajar al pasado para indagar en lo que pensaron y sintieron los soldados romanos que pasaron por allí, o los veteranos amputados de alguna batalla de la antigüedad.

La película es un ejercicio contemplativo, de planos amplios y sostenidos, sin apenas movimientos de cámara, en el que el sonido tranquilo del agua -elemento central de la película- y los diálogos susurrados por los intérpretes generan una atmósfera única en una experiencia estética que apuesta por lo sensorial. El argumento, firmado por Azorín y Celso Giménez, presenta conflictos dramáticos humanos y universales expuestos como confesiones de los personajes sumergidos en las aguas tranquilas de las termas. La película transcurre en gran parte en la oscuridad -la fotografía es de Giuseppe Truppi– y apela a la maravilla de descubrir con la cámara momentos verdaderos: jóvenes que cruzan con dificultad un terreno pantanoso; un romano que hace fuego y enciende un poco de brea que flota en llamas sobre el agua; un joven que se ata unas sandalias. Son instantes que la cámara capta como si fuera la primera vez, como si el cine se acabase de inventar. Pero es cuando la puesta en escena consigue relacionar en el mismo plano a unos jóvenes soldados romanos traumatizados por la guerra y a unos chicos gamers con dudas sobre su futuro, cuando ese invento que es el cinematógrafo despliega sus posibilidades artísticas y se convierte en una máquina del tiempo. Un plano secuencia en el que unos pocos segundos equivalen a más de mil años.