En la sobresaliente Ex Machina (2014), Alex Garland -guionista de 28 días después (2002)- proponía una actualización del mito de Frankenstein que nos habla de hombres creando vida -femenina- en nuestra era de robótica e inteligencia artificial. Tras este fantástico debut, la siguiente película de Garland era muy esperada. El estreno en Netflix de Aniquilación arrojaba algunas dudas, pero tras su visionado se puede decir que estamos ante otra obra sólida, ambiciosa y visualmente impactante.

Basada en la novela de Jeff VanderMeer, de la que se aleja en los detalles concretos -el relato literario tiene más de terror gótico, el «reptador» aquí desaparece, como la torre, auténtico castillo encantado, que tiene menos importancia- pero se mantiene cerca del original en el tono apagado, en su atmósfera enrarecida y surreal. Aniquilación es un film de terror con coartada de ciencia ficción. Nos cuenta la historia de Lena (Natalie Portman) que se embarca en la misión de penetrar una misteriosa Zona -recordemos Stalker (Andréi Tarkovski, 1979)- cuyo ecosistema ha cambiado por el impacto de un meteorito -o una energía- de origen extraterrestre. La protagonista, acompañada de un equipo de mujeres expertas en diferentes especialidades científicas y militares, se apunta a la misión, sin embargo, por razones personales: su marido, Kane (Oscar Isaac), ha regresado de dicha zona convertido en otra persona. La aventura de Lena será peligrosa y terrorífica. Garland consigue crear momentos verdaderamente inquietantes en una exuberante selva de otro mundo, colorida y visualmente hermosa.

En este sentido, creo que estamos ante una versión -renovadora- del esquema argumental de Alien (Ridley Scott, 1979) y sus secuelas -y copias, la más reciente, Life (2017)-. Aquí, como he dicho antes, la estética gótica y oscura de H.R. Giger es sustituida por los colores vivos de una naturaleza desatada -aunque alguna gruta sigue recordando el estilo orgánico del artista suizo-; los pasillos de la nave Nostromo son reemplazados por los espacios abiertos pero igualmente claustrofóbicos, por la total desorientación de las exploradoras -tanto mental como de sus instrumentos-; el peligro de la famosa criatura xenomorfa se disemina en diferentes animales híbridos y otros fenómenos inquietantes. El terror aquí es Lovecraftiano, cósmico, panteísta, intangible -en Alien: Covenant también jugaban con la idea de las esporas como agente contaminante- en lugar de un monstruo concreto y externo. Además, el miedo proviene también de la pérdida de la humanidad, de la identidad, de una forma similar a lo que ocurre en La Cosa (John Carpenter, 1982), donde la amenaza cambiaba de forma constantemente hasta enfrentar, entre sí, a los propios personajes. Si en El corazón de las tinieblas Marlow buscaba a Kurtz en la jungla africana, aquí Lena busca también a su marido, aunque físicamente haya retornado ya a la civilización. Ella quiere saber qué le ocurrió a él, y qué pasó con su verdadera persona. Pero, como suele ocurrir, en este viaje acabará encontrándose a sí misma. No quiero hacer espoilers pero sí aviso que la historia tiene un clímax ambicioso, metafórico, que ofrece pocas respuestas. Un clímax espectacular, que remite al de 2001: Una odisea espacial (Stanley Kubrick, 1968) y seguramente a Alicia en el país de las maravillas -vemos a Lena caer, literalmente por un agujero- y a A través del espejo y lo que Alicia encontró allí -también veremos a Lena ante su propio reflejo-.

Garland le da prioridad en su adaptación de la novela a un conflicto personal -los problemas de pareja de Lena y Kane- y lo amplifica con un argumento fantástico, idea romántica que recuerda a la magistral La llegada (Denis Villeneuve, 2016). Si en el viaje que es toda narración, los personajes deben cambiar tras su desenlace, la transformación aquí es literal, genética. El final, intencionadamente ambiguo, abierto, es perfecto, pero ojo: Aniquilación, la novela, forma parte de una trilogía.