5 Oct 2026 15.026 artículos desde 2008
Libros

Anatomía de un esqueleto, Pep Brocal (Astiberri, 2026)

El hablar de uno mismo en estado cadavérico o, incluso, una vez en tránsito hacia no sabe muy bien dónde por gentileza de la Parca es un tema recurrente en el ámbito de la creación del teatro al cine, de la literatura a los cómics. Y eso es precisamente el corpus gráfico y narrativo de Anatomía de un esqueleto, que por obra y gracia de su autor se ve a sí mismo ligero, pues en su regreso a este valle de lágrimas se dibuja sin piel. Es una simple osamenta, con ojos y nariz. 

El cómic vibra con el metalenguaje que supone hablar en un cómic de los entresijos del cómic como expresión cultural y de las entretelas industriales y mercantiles que afectan al editor. Pep Brocal (Terrassa, 1967) le ha salido una historia redonda; tal vez haya algún giro deslavazado, alguna escena previsible, pero lo compensa con una agilidad narrativa sólida y elocuente. 

La trama invita tanto a la puntual carcajada más sonora como a la reposada sonrisa, ya que tiene un punto surrealista. El autor está convencido al fin de haber creado una obra maestra, pero el destino decide que será arrollado al paso del metro. Félix está en un duermevela cuando vienen a recogerle. En ese estado es capaz de convencer a La Muerte y así obtener una prórroga en el mundo de los vivos. Con un nivel alto de persuasión que para sí quisieran muchos en circunstancias no tan extremas, el dibujante se lanza a la búsqueda del tesoro, su pérdida obra maestra, para leerlo juntos. Esa es su promesa. 

Volver de entre los muertos no es tarea para un zascandil. El tamiz de superhéroe está más que conseguido. Todo puede salir mal, pero el lector intuye que el esqueleto sumará invisibles heridas y confirmará dolorosas sospechas. Sin embargo, como buen tanguista de la noche, desentrañará el cambalache a golpe de sátira y crudas realidades.

El juego que constantemente se propone al lector resulta estimulante. La crítica hacia su oficio no impide a Brocal mostrar algunas de sus influencias. Y, sobre todo, no pierde el hilo de la diversión. Con el gato Mimi y La Muerte a la cabeza del tropel. Un elenco de secundarios, cuya esencia, salvando las distancias, bien podrían desfilar en alguna de las mejores películas de Luis García Berlanga. 

Ese deambular por los tejados de la ciudad más que un esqueleto al mando de unos cuantos colegas humanos en que todos parecen felinos, semejan un comando con una misión, cosa que resulta estimulante cuando los necesitados con talento suelen tener una última oportunidad para mostrar sus capacidades como creativos. En la parte gráfica, el autor de Taxi se destaca por el uso del color, creando secuencias absorbentes, con y sin texto, que indican el dominio de los tempos de la acción y la narración misma. Conforme se avanza en la lectura, se percibe un trasfondo agradable que retrotrae a la infancia, a los tebeos de aventuras y misterio de antaño.