Alma vagabunda: la vida de Curtis Mayfield, Todd Mayfield con Travis Atria (Es Pop, 2020)

Alma vagabunda la vida de Curtis Mayfield_Indienauta

Vindicar el mayúsculo legado de un artista al que el tiempo ha situado en un injustísimo papel secundario. Eso es lo que nos propone Es Pop con Alma vagabunda: la vida de Curtis Mayfield, biografía del músico de Chicago escrita por su hijo Todd Mayfield junto al periodista —People, US Weekly, Paste— y también músico Travis Atria. Góspel, doo-woop, R&B, soul, funk, extrema pobreza, segregación y derechos civiles, industria musical, Blaxploitation, éxito, fatalidad y ambición concentrados en una obra a la altura de un personaje tan complejo y desmedido como absorbente.   

Ya el mismo arranque de Alma vagabunda no da tregua alguna al lector. Los orígenes e infancia de Curtis Mayfield nos sitúan en la Segunda Gran Migración Negra, un ferrocarril que dejó de ser subterráneo pero todavía resultaba imprescindible para salir de un Sur aterrador… aunque el Norte distase mucho de ser la soñada tierra de libertades. Empujados por la abuela materna, la singular «reverenda» Annie Bell Mayfield, la familia se trasladó a Chicago, donde Curtis nació en 1942. A las penurias económicas se le unió el abandono paterno, dejando a su madre Marion a cargo de la crianza y supervivencia de sus hijos. Cheques de beneficencia y viviendas sociales en los peores barrios de la «ciudad del viento» y, por supuesto, una guitarra —a los 10 años—, forjarían el carácter del pequeño Curtis

Autodidacta y decidido a labrarse una carrera musical —la desesperación por dejar la miseria es un potente motor—, pese a ser apenas un adolescente, Curtis Mayfield se abrirá paso. Primero como cantante de góspel —de nuevo la figura de Annie Bell— en los Northern Jubilee Gospel Singers, junto a su amigo de instituto Jerry «Iceman» Butler. Tras formar los efímeros Alphatones, se unirá a la banda de su colega, los Roosters, que dos años después se convertirían en los Impressions —bueno, técnicamente Jerry Butler and The Impressions, lo que ocasionaría no pocas tensiones—. Tentado por hacer carrera en solitario, éste se marchó, dejando a Curtis como líder absoluto, compositivo y vocal, del remozado combo. 

Los Impressions en 1965: Sam Gooden, Fred Cash y Curtis Mayfield. Foto: Afro American Newspapers/Gado/Getty Images

Tras los primeros hits como «For your precious love» —aun con Butler— o «Gipsy woman», los Impressions alcanzaron el apogeo de su popularidad en la segunda mitad de los 60 gracias a temas como «It’s all right», la inmortal «People get ready», «Keep on pushing» o «We’re a winner». Para entonces, Mayfield no era solo uno de los artífices del «Chicago soul», y un solicitadísimo joven compositor para OKeh Records, sino una de las voces del Movimiento por los Derechos Civiles y el «Black Power». Pero Curtis quería más, fundando su propio sello, Curtom Records, en 1968. Bajo su discográfica, los Impressions alargarían la racha de éxitos —«This is My Country», «Choice Of Colors», «Check Out Your Mind»—, mientras produjo y compuso para estrellas como los Staple Singers, Aretha Franklin o Baby Huey. Multiplicando los éxitos… y la presión. 

Ese ritmo de trabajo bestial —productor, compositor, músico y empresario—, y el apremio por evolucionar a la vez que mantenerse relevante, llevaron a Curtis Mayfield a emprender una carrera en solitario en 1970. La decisión se demostró acertada con un apabullante inicio de década, su indiscutible cenit, gracias a la tríada de discos Curtis, Roots, Back to the World y la banda sonora del icónico film Blaxploitation Super Fly. Mayfield era «el cantante del gueto» y referente del soul funk. No obstante, el desgaste producido por tamaña hiperactividad, ciertas malas decisiones empresariales, la sombra de la drogadicción —planea durante toda Alma vagabunda— y el viraje del gusto popular hacia la música disco, provocaron su rápido declive. Apenas sobrellevado en los 70, éste fue irrefutable a partir de 1980, cuando cerró Curtom, pasando a vivir semi recluido. Además, su potencial regreso se vio brutalmente truncado en 1990, tras el trágico accidente en un concierto en Brooklyn que lo dejó tetrapléjico, apartándolo de la vida pública hasta su muerte en 1999. 

Sin embargo, más allá de la disección de su prolífica —por momentos, extenuante— carrera, lo que a mi juicio hace de Alma vagabunda una obra felizmente diferente son dos factores. Primero, el detalle con el que Todd Mayfield contextualiza el devenir de su padre y su música en una Norteamérica en plena convulsión sociopolítica, permitiéndonos adentrarnos en una intrahistoria incluso más absorbente que la mera biografía musical. La del escape de la marginalidad. La de las dificultades para hallar un hueco en una industria encastrada en un sistema racista, orquestada a base de listas de éxitos segregadas, y donde existían riesgos físicos en tocar en según que zonas del país. La de sonar «poco» o «demasiado negro» y deber seguir las directrices de un mercado en el que mandaban los blancos. 

Curtis Mayfield actuando en 1970. Foto de Granamour Weems Collection / Alamy Stock Photo

Ahondando en esa dirección, Alma vagabunda también es una mirada fascinante a la historia de la lucha por los Derechos Civiles a través de la existencia de un observador privilegiado. Y es que la lectura del libro muestra como parte del estatus e influencia de Curtis Mayfield reside en sus letras reivindicativas, un portavoz de una sociedad afroamericana que pasó de la reivindicación pacífica a la beligerancia —de Martin Luther King a las Panteras Negras— y la posterior atomización, amarga, del Movimiento. Los pasajes en que se nos narra como Curtis sufrió emocionalmente los estallidos de violencia, los asesinatos o los vaivenes entre las facciones de la Organización se encuentran entre los más emocionantes del libro. 

Y, en segundo lugar, en Alma vagabunda su hijo Todd se atreve a enseñarnos los claroscuros y contradicciones de su padre, dejando las canciones casi como único reducto hagiográfico del texto. Curtis Mayfield fue un artista metido a activista únicamente a través de sus canciones. Fue un buen padre, decidido a proporcionar a su extensa familia —tres mujeres y diez hijos— todas las comodidades materiales que él no tuvo, pero un terrible marido. Todo su talento compositivo chocaba con su extrema inseguridad, lo que le convirtió en un tiránico adicto al control, truncando relaciones con sus más íntimos colegas y allegados, abocándolo a una existencia solitaria, cuyo ingente legado —visible en artistas y estilos tan dispares como Bob Marley, Jimi Hendrix o el hip hop— seguramente ha quedado opacado por esa actitud huraña. 

Ágil y vívida —sólida traducción de Alberto G. Marcos— pese a su notable extensión, Alma vagabunda es una biografía de inusual profundidad y honestidad, con sobrados focos de interés que la hacen disfrutable incluso para un absoluto desconocedor del fecundo cancionero de Curtis Mayfield —que, en cualquier caso vale la pena recuperar—. Estupenda manera de reivindicar a un infravalorado mito de la música popular estadounidense.