De las mitológicas cumbres de los Andes a la Centroamérica más convulsa. Aprovechando su reedición, con motivo del 60º aniversario de la editorial Alfaguara, me adentro en Adiós muchachos, las memorias del escritor, periodista, político y abogado Sergio Ramírez. El relato, sosegado y pormenorizado, del ex dirigente sandinista, figura clave tanto de la Revolución nicaragüense que derrocó al dictador Somoza en 1979, como de sus primeros gobiernos… Y hoy, desde el exilio, todo un Premio Cervantes convertido en ilustre opositor al régimen de Daniel Ortega, con quien compartió batallas y candidatura a la presidencia del país. 

Nacido en Masatepe en 1942, la trayectoria literaria de Sergio Ramírez Mercado arranca en 1960 con la fundación de la revista Ventana, ligada al movimiento homónimo y, en 1963, con su primer libro, Cuentos. En 1964 se graduó en Leyes y trasladó a Costa Rica, donde vivió catorce años —con un impasse berlinés de 1973 a 1975—, dirigió la revista Repertorio, fue secretario general del Consejo Superior Universitario Centroamericano (1968 y 1976) y fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA). Aunque la política pausó su carrera hasta finales de los ochenta, ha publicado doce libros de relatos, multitud de ensayos y catorce novelas, entre ellas Castigo divino (1988, Premio Dashiell Hammett), Margarita, está linda la mar (1998, Premio Alfaguara) y, este año, El caballo dorado. Una obra tan relevante que mereció el Premio Carlos Fuentes en 2014 y, en 2017, el Cervantes, primer autor centroamericano en ganarlo. 

Pero es la vida política —y sus consecuencias— la que merece capítulo aparte y motiva el libro que nos ocupa, publicado originalmente en 1999. Retornado de Costa Rica, se integró en la oposición contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, encabezando en 1977 «el Grupo de los Doce», formado por intelectuales, empresarios, religiosos y líderes civiles que apoyaron al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Tras el triunfo de la revolución el 19 de julio de 1979, Ramírez fue uno de los cinco miembros de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, presidió el Consejo Nacional de Educación y creó la Editorial Nueva Nicaragua. En 1984 fue elegido vicepresidente del país, acompañando a Daniel Ortega, cargo que ocupó hasta 1990, cuando el FSLN perdió las elecciones. 

El ocaso no tardó en llegar. Jefe de la bancada sandinista en la Asamblea Nacional a partir de 1990 y miembro de la Dirección Nacional del partido desde 1991, Ramírez promovió reformas constitucionales que chocaron tanto con el gobierno de Violeta Chamorro como con la cúpula sandinista. La crisis interna acabó con su destitución como diputado en 1994. Al año, forjó el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), participando en las elecciones de 1996. Tras el fracaso electoral —0.44% de votos— se retiró de la política. Su oposición a la deriva autoritaria del FSLN, sobre todo tras las protestas de 2018, provocó las represalias gubernamentales. En otoño de 2021 le imputaron delitos de incitación al odio y lavado de dinero, exiliándose a España.​ Y el año pasado, acusado de «traidor a la patria», su casa fue expropiada y se le retiró —junto a 93 personas— la nacionalidad nicaragüense.

​Sin embargo, Adiós muchachos son unas memorias escritas sin ira o ánimo revanchista, ni siquiera en el nuevo prólogo del autor para esta edición. Para empezar, porque se circunscriben a los años de la lucha y primera etapa en el poder del sandinismo, dejando a un lado las últimas décadas del cada vez más decadente mandato orteguista —Daniel lleva en el poder desde 2007, ahora acompañado por su esposa, la vicepresidenta new-age Rosario Murillo—. Y, aún más importante, porque el enfoque de Sergio Ramírez es el de trasladar al papel la intensidad y viveza de unos tiempos arrolladores, utópicos, vehementes. E irrepetibles. 

Ello no quiere decir que Adiós muchachos no posea un loable espíritu crítico. De hecho, a mi juicio, la mirada de Ramírez resulta especialmente brillante a la hora de exponer el desgaste y las contradicciones de la revolución. Lúcido, muestra tanto el ardor revolucionario como la improvisación del FSLN una vez logró el poder —preparados y comprometidos para derrocar al tirano, no tanto en la gestión del país—. Ponderado, señala tanto los traspiés y errores cometidos —el de «la piñata» es flagrante— por el gobierno del que formó parte, como las constantes amenazas externas que no permitieron estabilizar Nicaragua. Por supuesto, me refiero a la Contra y el miserable comportamiento de Estados Unidos.   

Bajo esa ecuanimidad, Adiós muchachos combina dos tipos de capítulos. Por un lado, los que rememoran eventos claves de los que Ramírez fue actor y privilegiado testimonio: combates, reuniones de la dirigencia, negociaciones y encuentros —clandestinos y públicos— con políticos y embajadores en busca de apoyos y resoluciones de los conflictos. Junto a ellos, los de índole más reflexiva, donde el autor sopesa éxitos y errores del proceso revolucionario y político. Con la derrota electoral de 1990, el libro deja un poso final de pesadumbre ante el trabajo incompleto. Un parón mal digerido por el oficialismo, —ahí se vislumbran varios «monstruos» por venir—. Y, a la vez, constata un pluralismo hoy añorado.

Como único aunque considerable debe, pienso que el lector necesita de un notable conocimiento previo para no perderse en un marasmo de nombres y situaciones que, muy probablemente, le van a resultar ajenas. Más allá de dicha advertencia, Adiós muchachos es una obra harto recomendable. Sergio Ramírez logra transmitir, sin obviar las sombras y carencias, las convicciones, aciertos y orgullo de una generación que luchó por los motivos adecuados: traer la democracia a Nicaragua. Sin duda, no fue todo lo que prometía. Pero ahora que lleva secuestrada varios años, conviene recordarlo.