A propósito de nada, Woody Allen (Alianza, 2020)

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Inesperado best-seller de la desescalada, A propósito de nada, la autobiografía de Woody Allen, ha irrumpido con fuerza en nuestro país de la mano de Alianza, la valiente editorial que se atrevió a navegar las caprichosas aguas de la polémica. Uno teme que el morbo y el gusto por lo escabroso —incluso en un tema tan delicado como el abuso sexual— sea el factor principal de semejante éxito. Pero, como servidor le debe al neoyorquino una parte notable de su educación cultural-sentimental e ídem respecto a su videoteca —antes se tenía videoteca, jóvenes— estas memorias eran lectura absolutamente obligatoria para quien escribe. 

Allan Stewart Konigsberg no pierde el tiempo en A propósito de nada. Tras la sobria, no obstante inmediatamente reconocible cubierta y la chocante dedicatoria a su esposa Soon-Yi, el icónico cineasta neoyorquino se lanza, sin capítulos, índice, o citas, a desgranar sus ochenta y cuatro años de existencia. Sin embargo, la que podríamos considerar primera parte del libro, centrado en su feliz infancia y juventud en Brooklyn, es una verdadera joya, especialmente sentida para aquellos que tenemos Días de radio entre los tesoros ocultos de la filmografía de Woody Allen. Posee el aroma de esa hechizante película, añeja, costumbrista, socarrona. Y, al mismo tiempo, nos presenta a un autor dispuesto a desmontar su propia figura. 

Porque una revelación de A propósito de nada es la decidida deconstrucción de su imagen de intelectual hipocondríaco —vale, este segundo adjetivo no tanto—. A través de su relato pre-show business por el que desfilan familia —ni mamá ni las maestras salen bien paradas—, barrio, escuela, amigos, aficiones… Woody Allen niega ser un tipo cultivado. La música, la magia, el béisbol y las producciones de la Metro eran sus preferencias. De hecho, su primer acercamiento a la alta cultura tiene más que ver con una necesidad: la de «aproximarse» a sus intereses femeninos. Cuesta creerle, pero su nada cinéfila formación y su lista de «grandes libros jamás leídos» descoloca y arranca sonrisas a partes iguales.

Igualmente fascinante resulta la crónica de sus comienzos profesionales, desde un arranque casual como suministrador de chistes para columnistas y cómicos hasta su debut como guionista en 1965 con ¿Qué hay de nuevo, Pussycat? de Clive Donner. Las bambalinas del mundo del comediante, de escritor por cuenta ajena a monologuista, su labor en radio, televisión, teatros y clubs, quizás la faceta de la trayectoria menos conocida de Allen —al menos aquí—, es una de las partes más jugosas de A propósito de nada, además de su «rito de paso». Porque fue escribir, y controlar el resultado de lo que se hacía con sus textos, lo que le llevó al cine. Y lo que explica, más de medio siglo después, su metódico modus operandi de rodaje. La estela de George S. Kaufman —guionista de los hermanos Marx—, Tennessee Williams, Antón Chéjov, el Group Theatre o Arthur Miller, más que los grandes directores.   

Actuando como monologuista televisivo en Comedy Central, 1965. Foto de: Rex Shutterstock.

Llega pues la hora de ponerse tras la cámara —también frente a ella—. Para entonces, el lector ya se ha acostumbrado a las digresiones de Woody —pese a dinamitar la linealidad temporal de las memorias, algunas son más que relevantes, como sus problemas de sociabilidad, sus dos primeros matrimonios fallidos, o la dolorosa narración del cisma con Jean Doumanian, amiga íntima y productora—, embutidas en su personalísima e impetuosa narración, traducida con solvencia por el novelista y profesor Eduardo Hojman. Allen huye de cualquier atisbo de pomposidad o dramatismo confesional y nos interpela con frecuencia. Es ladino, ácido y muy reconocible para cualquiera de sus fans. 

Aunque, a mi juicio, el repaso a su vasta filmografía es el flanco más débil de A propósito de nada. Allen no profundiza en su obra —¡se olvida de Desmontando a Harry!—, centrándose en detalles, más bien anecdóticos, de cada filmación. Entiendo que el neurótico manhattiano refuerza así esa imagen de despreocupación, de intervención del azar a la hora de identificar por qué una película funciona. Asimismo, cede protagonismo para loar a sus colaboradores habituales y a los actores —demasiados comentarios sobre la belleza de las actrices para uno de los directores que mejores papeles les ha brindado—. Y, es cierto, ese proceso tan regular y la acumulación de películas, sí ofrece una panorámica general de su método creativo y su radical independencia —incluso en esta era de «vacas flacas» y oprobio—. Pero sostener que nunca ha hecho una obra maestra —yo cuento cuatro: Annie Hall, Zelig, Hannah y sus hermanas y Delitos y faltas, junto, al menos, seis matrículas de honor—, o que es un director menor ante los Bergman, Fellini, Truffaut, etc, suena a modestia innecesaria a estas alturas.

Y así, entre el somero recorrido por su films, salpicado de historietas, y con bastante peso de sus relaciones afectivas, que oscilan entre lo preocupante, por anunciar un patrón, caso de la mantenida con su segunda esposa Louise Lasser, o los «episodios» con las jovencísimas Stacey Nelkin o Mariel Hemingway; y lo reconfortante, como esa estima indestructible a los vaivenes de la vida con la maravillosa Diane Keaton, llegamos a Mia Farrow y la denuncia por abuso sexual de su hija adoptiva Dylan. Allen no se ha cansado de repetir que le da igual el legado o la imagen que se tenga de él. No es verdad. No cuando una cuarta parte de A propósito de nada está dedicada a la cuestión y la amargura, comprensiblemente, es imposible de disimular. 

Woody Allen defiende su inocencia con convicción y argumentos, logrando transmitir al lector la «atípica» relación —doce años de pareja, sin matrimonio o siquiera convivencia, pero hijos adoptados y ¿uno biológico?— con Mia convertida en desatado y resucitado infierno por el singular clan Farrow. Ese centenar de páginas es simplemente espeluznante, una pesadilla kafkiana que deja a su El proceso en divertimento. Además, enseña también el reverso perverso —el del ataque indiscriminado— de un movimiento tan irrefutablemente positivo como el #MeToo. O el triste papel de buena parte de la industria, temerosa de defender al director ante la «bola de nieve» mediática.

Woody Allen y Mia Farrow con Ronan Farrow, Dylan Farrow, Moses Farrow y Soon-Yi Previn. Foto: Getty Images.

Sinceramente, cuesta creer que «haya caso» —de hecho, no lo hay, fue exonerado y no ha sido reabierto, ahí están las hemerotecas— y no estemos ante un crudo ejercicio de revanchismo de ambas partes y oportunismo coyuntural. Pero tampoco creo que Woody Allen salga bien parado. Si tan solo el 1% de lo explicado aquí es cierto, Mia Farrow debería estar en una institución de salud mental y, obviamente, nunca debió tener hijos a su cargo. Lo que convierte al neoyorquino en responsable, por inacción, en la perpetuación de un hogar siniestro. Además, está el agravante del «convulso» inicio de su relación con Soon-Yi, hija adoptiva de Mia y el músico André Previn. De nuevo se repite el referido patrón —56 años frente a 21 cuando comenzaron— que, no obstante, en esta ocasión sí le ha proporcionado una estabilidad sentimental y familiar que se acerca ya a las tres décadas.

A propósito de nada es una autobiografía inusual, no del todo aprehensible, incluso discordante. Hay cine, aunque no tanto como uno desearía para un director de legado incuestionable. Hay sentido del humor, pero la aflicción del affaire Farrow gana la partida. Y voluntad de no tomarse en serio, en difícil convivencia con la necesidad de desahogarse o, al menos, contar su versión. Woody Allen parece sincero cuando dice considerarse afortunado, pudiendo hacer lo que quiere, sus historias y su clarinete, y vivir desahogadamente gracias a ello. Pero también rezuma honestidad el anciano vilipendiado públicamente —uno entiende mejor sus últimas películas, un parapeto emocional—. Y, por encima de ello, diría que de forma involuntaria, tenemos el esbozo de una personalidad con más claroscuros de los esperados. Fóbico social, desastroso para los asuntos del corazón, huraño, egoísta… al mismo tiempo que bon vivant, ocurrente, tenaz, todavía lúcido y sagaz. En definitiva, gana la persona, no el personaje. Quizás sea eso precisamente lo que deberíamos pedirle a unas memorias.