Violeta no coge el ascensor

La cuarta pared

En el momento clave, para el que esto escribe, de Violeta no coge el ascensor, la directora de la película, la debutante Mamen Díaz, interviene en una escena cuando su protagonista, Violeta (Violeta Rodríguez), se queda sola en una habitación. La voz en off de la realizadora le recuerda a la actriz un estado de ánimo -aquella vez que salían de ver una película de Haneke- para enfocar desde allí la emoción de su personaje. Esa breve intromisión es la película.

Definida como un cover, low cost, de Hannah Takes the Stairs (2007), esta cinta presentada en el Festival de Sevilla lleva a Madrid el llamado mumblecore, subgénero indie en el que jóvenes de entre 20 y 30 años expresan sus conflictos existenciales hablando, hablando y hablando. El resultado de este trasplante es sorprendente por su frescura y su cercanía. El esquema argumental ‘prestado’ de aquella película de Joe Swanberg sirve para expresar una preocupación, la de una generación en España, que, como no se cansan de expresar los personajes, busca siempre algo más. Una generación insatisfecha, de jóvenes que han abandonado, antes de los 30, el sueño de convertirse en estrella de rock -como Miguel (Fernando Delgado Hierro)-; que no encuentran ilusión en sus profesiones -o en sus trabajos- y mucho menos en las relaciones sentimentales. Lo que hace interesante este retrato de juventud es que no hay amargura, no hay drama impostado. No estamos ante el pretencioso retrato de niños del primer mundo, atormentados: Violeta sonríe siempre. Aunque pensemos que esa sonrisa puede ser una máscara, aunque en su interior esté llena de dudas y frustraciones, la vida sigue para Violeta. Sigue asistiendo a fiestas, sigue trabajando y sigue enamorándose. Sigue intentando arreglar su mundo en largas conversaciones con su compañera de piso.

En Violeta no coge el ascensor hay pocos personajes, que hablan mucho, en diálogos, la mayoría, afortunados. Personajes ingeniosos y divertidos en la complicada tarea de interesar al espectador cuando la historia no es más que la vida cotidiana. Los tiempos muertos de la Nouvelle Vague son la materia dramática de la película. Y si al principio hay que superar los prejuicios hacia una producción absolutamente low cost, poco a poco vamos entrando en la vida de estos jóvenes -me resisto a hablar de millennials-. Entramos en sus casas, en su lugar de trabajo, hasta sentirlos cercanos. Como si en cualquier momento pudieran llamarnos por el telefonillo. Sobre todo hay que destacar el trabajo de Violeta Rodríguez, ya hemos hablado de su sonrisa, pero hay que mencionar una pasmosa naturalidad que la hace parecer incluso tímida delante de la cámara. Sus monólogos, importantes durante la cinta, son sencillos pero brillantes en sus reflexiones. Pero como he dicho antes, es en la comunión entre actriz y directora -las dos asumen la autoría del film- donde encuentro el auténtico valor de esta obra. Cuando en la escena que he citado al principio interviene la realizadora, apelando a una relación personal, a una experiencia compartida del pasado, de un plumazo se borra la línea entre ficción y realidad, así como la distancia entre actriz y personaje, entre lo que expresa la película, y lo que sienten sus responsables.