Vida perfecta

Buenas intenciones

En Vida perfecta tres mujeres muy diferentes se rebelan contra los modelos que impone la sociedad sobre cómo deben comportarse. María –Leticia Dolera, creadora de la serie, que además escribe y dirige- es la más conservadora o ‘cuadriculada’, una joven en su treintena que se enfrenta a la madurez: debe decidir si quiere casarse -firmar una hipoteca- y tener hijos para formar una familia, en su modelo tradicional; Cristina (Celia Freijeiro) está algunos años por delante de María y es una madre perfecta, casada y de carrera exitosa, pero agobiada por las responsabilidades; por último, Esther (Aixa Villagrán) es una artista plástica, lesbiana, que sufre por la cultura del éxito. Con estas ideas Dolera y su coguionista, Manuel Burque, proponen 8 episodios en los que a estas chicas les pasa un poco de todo. El guión presenta ideas interesantes, pero también situaciones manidas. Empecemos por lo bueno. El conflicto principal -ojo spoiler– es que María se queda embarazada de un chico con una discapacidad psíquica, Gari -interpretado por un Enric Auquer que es lo mejor de la serie-. Esta idea es lo más original de esta ficción, y creo que lo que valía la pena desarrollar. Esta trama contiene los mejores momentos: los prejuicios y la ignorancia sobre la discapacidad, tratados con sano sentido del humor, a los que se añaden las dudas de María, que experimenta grandes dificultades para aceptar su situación y sufre sentimientos de culpa porque ha sido educada, socializada, para desear esa familia ‘ideal’ formada estrictamente por un padre, una madre -que son pareja- e hijos. El clímax de la temporada es precisamente una escena entre María y Gari, la más emocionante, en la que vemos las mejores interpretaciones de ambos.

Además de esta trama principal, el guión nos habla también de la propia María, en su búsqueda personal y de sus dos amigas. La primera sufre la crisis de los 30 y ejerce su sexualidad libremente, buscando parejas varias; Cristina busca también aventuras sexuales fuera del matrimonio; y Esther se embarca en una regresión adolescente de sexo, drogas, y una novia universitaria para escapar de las exigencias de la madurez. Como ya he dicho, creo que esto está contado a partir de situaciones algo manidas: María se droga para liberarse (y la lía); Esther haciéndose selfis para su nueva cuenta de Instagram; Cristina fuma a escondidas como forma de ‘rebelión’; María y Cristina asisten a una fiesta de exalumnos del instituto; luego las vemos cantando Sobreviviré de Mónica Naranjo; y encima también las tres amigas en un karaoke; sumemos a todos estos clichés unas escenas de sexo planteadas como momentos eróticos, cuando requerían, quizás, un tratamiento naturalista o humorístico, más mundano, más atrevido.

Creo que el principal problema de la serie es que, a pesar de sus buenas intenciones, evita el conflicto y no se esfuerza en el desarrollo dramático. Una pena porque tiene elementos valiosos que en mi opinión se podrían haber explotado más: la vis cómica de Leticia Dolera -me encanta su gestualidad y su capacidad para el humor escatológico-; el potencial del personaje de Esther y la actriz Aixa Villagrán, desperdiciada en una trama sin desarrollo; y como ya he dicho, la relación entre María y Gari pide más espacio: Aunque roba escenas cada vez que aparece, en la que para mí es una de las interpretaciones del año.