Van Morrison, “Three Chords & The Truth” (Caroline, 2019)

El león sigue en buena forma

El león sigue ahí. Nunca se esconde lo suficiente como para que olvidemos su presencia, pero bien es cierto que sus rugidos no siempre imponen. Van Morrison tiene tanto oficio, que incluso con el piloto automático es capaz de producir material decente. De hecho, en los últimos tres años ha publicado seis discos, la mayor parte de ellos con duración doble, una racha productiva equivalente a la de sus mejores años. Parte del truco residía en un modelo que pareció satisfacerle y funcionarle: rodearse de una banda eficiente (a veces, incluso, brillante, sobre todo cuando se rodeaba del teclista/trompetista Joy DeFrancesco) y lanzar un repertorio a base de versiones de clásicos del jazz y del blues, viejos temas suyos reinterpretados, y alguna que otra nueva composición.

Llegados a este “Three Chords And The Truth, su disco cuadragésimo primero, nos da por pensar que esa estrategia era tan sólo un calentamiento para entrar en una nueva fase de su carrera donde, por fin, el oficio vuelve a compartir cama con la inspiración y con la magia, esa magia que eleva a sus seguidores y que a veces para Morrison representaba una carga con la que no quería convivir. Porque aquí todos los temas son propios, y aunque las estructuras clásicas del blues no desaparecen del todo, vuelven las ganas de trascender, y no hay más que escucharlo una vez para sentir que estamos oyendo cualquier obra clásica de Morrison, o como mínimo su disco más sugerente desde aquel magnífico “The Healing Game (1997).

La expresión «tres acordes y la verdad» se le atribuye a Harlan Howard a la hora de describir la esencia del country. Aunque Morrison la recupera aquí como título del disco, no estamos ante una de sus esporádicas rendiciones al country, pero sí ante una reafirmación de que, para él, la clave no está en complicar las cosas, sino en ser fiel a lo que uno lleva dentro. Y ya sabemos lo que Van lleva dentro, sobre todo cuando está sembrado. Para empezar, a la formación ya habitual de sus últimos trabajos (guitarra, batería, el imprescindible Hammond, sección de metales o esporádicos saxos a cargo del propio Morrison), se le añade una guitarra acústica que le confiere el tono de sus añorados discos de los 70. La sorpresa se duplica cuando averiguamos que ese sonido lo proporciona el mismísimo Jay Berliner, el hombre que ya estuvo en esas labores en el canónico “Astral Weeks. La otra incorporación ilustre llega en forma de dueto, con la participación de Bill Medley (de The Rightous Brothers) en ‘Fame Will Eat The Soul’, uno de los grandes momentos del disco a pesar de ser la enésima letra de Morrison en torno a las cargas de la fama. 

Conteniendo nuestro entusiasmo, nos toca admitir que entre temazo y temazo hay temas mundanos. El rock and roll ‘Early Days’ no pasa de divertimento, y el vals ‘Bags Under My Eyes’ no pasará a la historia por ser la mejor de las tonadas de aire irlandés que se ha sacado nuestro hombre de la manga. Pero es que, incluso ahí, la impecable voz de Morrison, sus ganas de volar en cada uno de los fraseos, y la acertada conjunción de toda la banda, eleva considerablemente el nivel. Incluso el cierre con ‘Days Gone By’, que es básicamente una reimaginación del navideño ‘Auld Lang Syne’, acaba resultando emocionante.

No parece que Morrison tenga ganas de retirarse, y sólo nos queda desear que su salud le acompañe por muchos años, pero si un requiebro del destino hace que esto sea lo último que deja registrado en un estudio, habría sido el más digno epitafio musical que podíamos esperar de él a estas alturas.

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