Vámonos [para poder volver], Jeff Tweedy (Sexto Piso, 2019)

Surgido de las cenizas de Uncle Tupelo, Wilco está de enhorabuena: celebra 25 años de trayectoria en este 2019 con Ode to joy, nuevo disco bajo el brazo que esperamos ver en directo en el 2020 por aquí —verdad, ¿Primavera Sound?—. Y, aprovechando la efeméride y el «reactivado» momento de la banda, Sexto Piso publica este Vámonos [para poder volver], las singulares memorias del inquieto Jeff Tweedy, músico, compositor, poeta, productor y líder fundador de las mencionadas bandas, entre muchos otros proyectos, radicadas en Chicago. 

Porque, como ya anuncia el subtítulo Acordes y discordias con Wilco, etc., Jeff Tweedy no se ajusta demasiado al patrón de la autobiografía rockera. No es que los temas habituales del género no tengan cabida aquí. Comienzos, formación de bandas, grabación de discos, giras y vida en la carretera, colaboraciones, adicciones y rehabilitaciones, rupturas y heridas aún abiertas, pérdidas, luchas y alegrías familiares… Sino que la manera de ordenarlos y tratarlos es lo que resulta ciertamente refrescante. En consecuencia, Vámonos [para poder volver] consigue sortear con eficacia esa distancia, tradicionalmente abismal, entre la enumeración de batallitas de la estrella intocable y su devoto público. Algo que las mejores canciones creadas por este tipo con cada vez más pinta de desastrado pero entrañable tío bohemio, o de añorado profesor de literatura con pasado hippie, llevan transmitiendo desde hace décadas.

¿Cómo lo logra Tweedy? Primero, por la forma, mediante una prosa alabastrina, cercana —proximidad intacta en la traducción de Esther Villardón—, que apela con frecuencia y socarronería al lector, a quien convierte en una especie de nuevo colega con quien compartir intimidades. Y, segundo, porque no es solo la franqueza de lo relatado, sin obviar los pasajes más ásperos, sino la aparición de un inesperado hilo narrativo: el de la relación confesional de Jeff Tweedy con sus canciones. Su música es su diván. Sus canciones son el lugar al que acudir, donde camuflar —apenas— su vulnerabilidad y lidiar con su abatimiento, así como también mostrar sus momentos más felices. El fan más avezado ya podía sospecharlo, pero gracias a Vámonos [para poder volver], ahora tiene la confirmación. 

A través de esa combinación, el de Belleville, Illinois, hilvana una autobiografía donde lo dramático, lo cómico y la vivencia, ya sea anecdótica o trascendente, son partes indisociables del mismo conjunto. De ese modo, la naturalidad y el sentido del humor en Vámonos [para poder volver] resta épica a los comienzos, con apropiaciones infantiles del Born to run de Bruce Springsteen, tiendas de discos fundamentales para la «educación sentimental» de nuestro protagonista —con el punk, los Minutemen o los Replacements como modelos—, proyectos titubeantes que rápidamente serán de culto, camionetas que se desmoronan a los pocos kilómetros, e incluso cómics que nos narran la cristalización de su historia de amor con Susie Miller en el Lounge Ax, esposa, personaje y local claves para su vida y carrera. O le permite esquivar parte de la tensión en las rupturas con los Jays, Farrar y Bennett —nada que ver con el mal rollo que transmitía el documental I am trying to break your heart—, o algo de la crudeza al exponer su destructiva adicción a los fármacos, el cáncer superado por su mujer, o el fallecimiento de su padre. Y, sobre todo, le posibilita hablar, a discreción, de música. 

Y es que el otro eje de Vámonos [para poder volver] es sin duda el amor por la música —emociona leerlo hablar de Bob Dylan, Johnny Cash o Mavis Staples, héroes a los que ha podido conocer, tocar o incluso trabajar— y el proceso de hacer canciones. Jeff Tweedy describe su forma de componer como si fuera un beatnik, abrazando la técnica de la escritura automática —«Permites que se te ocurran ideas y frases que no necesitan tener sentido inmediato para tu mente racional»—, para luego sugerir que su principal «superpoder» es su comodidad con la fragilidad —«Si te sientes expuesto cuando le cantas a alguien significa que algo estás haciendo bien»—, que explica su prolífica e idiosincrática trayectoria, ajena a crítica, modas, presiones discográficas —el rechazo de Yankee hotel foxtrot por parte de Reprise, génesis de la creación posterior de su propio sello y festival—, así como también los discos pergeñados con sus dos hijos —las conversaciones mantenidas con ellos, igual que anteriormente con Susie, son oro puro—. La música, en definitiva, como necesidad vital.  

Entretenidas, sinceras, y emotivas sin cargar las tintas, Vámonos [para poder volver] son unas memorias escritas desde una madurez activa pero sosegada —de hecho, y a tenor de su último álbum, me atrevería a decir que feliz—, con cero ganas de ajustar cuentas, sin demasiadas pretensiones y nada de ínfulas, pese a ser una figura consagrada del rock alternativo. El relato de un tipo corriente —al menos, esa es la sensación que dejan estas páginas— con mucho que contar… y que, da la casualidad —nótese la ironía—, es responsable de uno de los cancioneros más fecundos y perdurables del indie norteamericano de los últimos treinta años.