Un día más en el paraíso, Eddie Little (Sajalín, 2019)

Un día más en el paraíso-Indienauta

¿Alguna vez habéis leído una obra de ficción con la sensación de que en realidad dicha categorización es tan sólo una forma de proteger al culpable? Ese es el caso de Un día más en el paraíso, del escritor, criminal y adicto Eddie Little que publica —no podía ser otra, más Al margen no se puede estar— Sajalín. El relato de las andanzas del jovencísimo Bobbie Prine que, como adivináis, fueron las suyas. Unas memorias camufladas en una novela de impacto instantáneo. La educación de un ladrón, literalmente. 

Nacido en Los Ángeles en 1955, la trayectoria criminal de Eddie Little fue espeluznantemente precoz. Pinitos con las drogas a los ocho años, primer robo a los doce —escapándose de un padre maltratador— y detención a los quince por atracar farmacias en Indiana. Recluido en un correccional de menores, se fugó para marcharse a Boston, donde aprendió «el oficio» al lado de un «ladrón profesional» pero, tras una terrible pelea de bar, fue acusado de tentativa de homicidio y llevado al Hospital Estatal de Bridgewater para Criminales Dementes. Al salir, regresó a L.A., encadenando diversos trabajos —vendedor telefónico, productor de cine— con una costosa adicción a la heroína y nuevos períodos entre rejas —robo, estafa—. Allí comenzó a escribir Un día más en el paraíso, publicada en 1997 y llevada al cine un año más tarde por Larry Clark. En 2001 apareció su secuela Steel Toes, a la postre su última novela, ya que Little falleció dos años después, a los cuarenta y siete años, de un ataque al corazón. La expresión la «realidad supera a la ficción», en todo su apogeo…

Y es que la sombra de la autobiografía apenas disimulada asoma poderosamente en Un día más en el paraíso. Narradas en primera persona desde un presente que parece bastante doloroso, las vivencias adolescentes de Bobbie Prine se parecen sospechosamente a las de su hacedor. Ratero de catorce años ya metido en el consumo de speed y otros estupefacientes, tras la cruenta batalla con un guarda de seguridad que lo pilló reventando una máquina expendedora, será socorrido por Mel, un ex médico militar expulsado del ejército por yonqui… convertido en experto ladrón. Junto a su novia Syd, acogerán a Bobbie y a su también adolescente pareja Rosie, formando un cuarteto de delincuentes que actuará en Chicago, Denver, Indianápolis y Los Ángeles. Un aprendizaje adrenalíticamente práctico y feroz, con el dinero efímero, la galopante adicción y la inapelable muerte como invitados de excepción entre golpe y golpe. 

Ciertamente, la propuesta de Eddie Little comparte ADN con otros grandes y sajalinescos nombres como los de Edward Bunker o el Drugstore cowboy de James Fogle y, aunque la trama no sea exactamente sorprendente, la prosa del angelino, todo un prodigio de ritmo y dinamismo narrativo que Javier Lucini refleja a la perfección en la traducción al castellano —no obstante es otra «autoridad en granujas»—, engancha desde la primera página, atrapando al lector en una espiral de situaciones extremas, diálogos lacerantes —uno de los aspectos donde Little resulta particularmente descollante—, violencia descarnada y emociones a flor de piel. Vive deprisa, deja un bonito cadáver y, si por aquellas casualidades sucede un milagro, dura lo suficiente para poder contarlo.

Pero la novela es algo más que una escritura contagiosa y una trama implacable, de efecto inmediato. En primer lugar, porque tiene dos personajes que merecían un spin off propio, Mel y Syd —interpretados por el gran James Woods y una sorprendente Melanie Griffith, ya eran lo mejor de la discreta película del sobrevaloradísimo Clark, pese a que la elección del primero resulte curiosa dadas las características físicas de Mel en el libro— mentores y compinches de nuestro protagonista, unos Bonnie & Clyde tan desmitificados como curtidos en mil batallas, dispuestos a moldear el peligroso ímpetu de Bobbie y Rosie, intentando dotarles de una ética y una dirección que vaya más allá del siguiente pico. Y, en segundo y aún más determinante, porque Un día más en el paraíso posee la consistencia y la enjundia del superviviente. 

Y es que Eddie Little es capaz de plasmar en toda su crudeza tanto el pozo sin fondo del drogadicto como la fragilidad de una historia de amor de dos púberes yonquis, inmensamente dañados por su reciente pasado. También la sombra de una época, comienzos de los setenta, en la que el sueño hippie ha dado paso a un tiempo violento y cínico —secundarios trascendentes para el desarrollo de la novela, como Ben o «el Reverendo», podrían ser personajes extraídos del Dog Soldiers de Robert Stone—. O, por encima de todo, el sinsentido de una existencia abocada a la autodestrucción y la pérdida. Ese nihilismo grotesco y kamikaze que asusta por la lozanía del personaje central/autor y que emparentan a Little con —son palabras mayores, lo sé— Dan Fante. Entre diálogos efervescentes y acción vertiginosa, en Un día más en el paraíso el lector también encontrará una relevante carga de profundidad, en forma de desgarro emocional y la consciencia de no haber nada a lo que poder agarrarse, nada destinado a durar. Pocos escritores han retratado la vida «en el alambre» con la contundencia y honestidad brutal de Eddie Little. Lectura obligatoria.