The Clash: autobiografía grupal (Libros del Kultrum, 2020)

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London calling, el inmortal disco doble de los Clash acaba de cumplir cuarenta añazos —vió la luz el 14 diciembre de 1979 en Reino Unido y en enero de 1980 en EE.UU.—. Y la editorial Libros del Kultrum, atenta a la efeméride, nos invita a celebrarlo por todo lo alto con la publicación de The Clash: autobiografía grupal. Una obra efervescente y expedita, acorde con la carrera de la banda británica, y que, como su propio nombre indica, recoge los testimonios de Joe Strummer, Mick Jones, Paul Simonon y Topper Headon sobre su legendaria singladura. 

Y es que la trayectoria de los Clash, de 1976 a 1983 —me niego a incluir Cut the crap o las incompletas colaboraciones y reuniones posteriores— es difícilmente comparable a cualquier otra, como bien reza la contracubierta, «una perfecta anomalía». Los Clash fueron estética, ética… y contradicción. Primero, tenemos su diversidad estilística. Pese a nacer casi al mismo tiempo que los Sex Pistols, justo con el estallido del punk, no tardarían en desligarse de esa etiqueta —ya su homónimo debut versionaba el tema reggae «Police and thieves»—, casi un corsé para ellos, para ir añadiendo sonidos y estilos a sencillos y discos que conforman un mestizaje musical en el que cabían dub, funk, ska, jazz o hip hop, y que aún hoy suena —vale, parte de Sandinista! cuesta de pasar, algo que ellos mismos admiten— vigoroso y audaz.  

Segundo, nos topamos frontalmente con su idiosincrasia sempiternamente combativa, superando el espíritu nihilista de su época para estar en «todos los saraos»: antimonarquía, lucha de clases, remembranzas españolas, fantasías pistoleras, romanticismo guerrillero, Rock Contra el Racismo —polémica camiseta de Strummer pro Brigadas Rojas incluida—, Camboya o apoyo al FSLN nicaragüense, entre un larguísimo etc. ¿Se le fue a Strummer de las manos? Soslayado en estas páginas, parece probado que su fricción con Mick Jones también tuvo que ver con su entronización como el revolucionario rockero por antonomasia del convulso final de los setenta y los ochenta. 

The Clash tocando en Boston en 1979. Foto de Bob Gruen

De hecho, esa «belicosidad» no solo se tradujo en compromiso político, sino con una pelea casi constante con la industria discográfica, con sencillos, discos dobles o triples impuestos contra los deseos de CBS —que, digámoslo todo, algo de razón tenía, los controles de calidad en la banda eran algo inconstantes—, sesiones de grabación «discutibles» en Jamaica, o giras titánicas, sin descanso, que fueron erosionando la cohesión del grupo… Colisiones por las que también surgen varios interrogantes —fichaje con supermajor, macro-conciertos de puro mainstream rock, sospechosa, automificadora, accesibilidad mediática y ambición estética…—. Ahora, en este fatuo «universo hipster», serían unos «pelmazos» de aúpa, y asimismo objeto de todo tipo de exámenes de «coherencia izquierdosa». Pero incluso en las incoherencias, los londinenses resultan mucho más interesantes que la actual mediocridad «New Normal». 

El relato coral de The Clash resulta de lo más curioso. Tras los consiguientes orígenes narrados individualmente por cada uno de sus miembros —la historia de Joe Strummer, con su padre en el Foreign Office llama la atención, sin embargo, las proletarias infancias de Simonon y Jones en un Brixton repleto de hogares rotos, se llevan la palma—, la estructura de The Clash se apoya en las grabaciones y lanzamientos de discos, así como las giras, para avanzar ágilmente. Todo lo mencionado en párrafos anteriores aparece reflejado, a veces de una forma que parece trompicada, incluso deslavazada —nada que ver con la eficaz traducción de Efrén del Valle—. Pero, a cambio, no hay demasiados tapujos, ya sea admitiendo limitaciones —la espectacular evolución de Paul Simonon como bajista y singular sex symbol—, errores o consecuencias negativas de lidiar con la desbocada fama, o rehuyendo victimismos —la drogadicción y despido de Topper Headon, o la expulsión de Mick Jones—. 

Puede que Strummer y Jones asuman un papel ligeramente más locuaz, pero son Simonon y Headon quienes quizás resultan más reveladores —esos baterías en el «ojo del huracán» —, sobre todo cuando la zozobra empezó a agrietar la nave. ¡Ah! Y sin olvidar el nada baladí papel de Bernie Rhodes, su artero manager, clave en ese conspirativo y triste final de los Clash. Ese es precisamente el principal punto débil de la obra, brutalmente abrupta en la crónica del desastroso desenlace, coronado por unos postreros años que, simplemente, nunca debieron existir. Dañan un insigne legado.

Porque ese es el otro elemento en el que —aquí con toda lógica, dado el formato del libro— The Clash se queda corto. Los entrevistados no estaban por la labor de hablar de su influencia o leyenda. Y esta no se adscribe únicamente a su época. Los Clash, gracias a su combinación de actitud punk, himnos donde la evolución sónica estaba permitida, iconoclastia y politización, trascendieron, convirtiéndose en referentes para generaciones y generaciones de músicos y bandas. Inmortales. Pura historia del rock, en sus propias —obviamente parciales pero, a la vez, las más relevantes— palabras.