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Crítica: Tirant lo Blanc


Sin duda alguna es una desventaja, y una pena, no haber leído la novela de Joanot Martorell Tirant lo Blanc antes de ir a ver la obra de Calixto Bieito, ya que de esta forma sería más fácil entender la compleja trama de personajes que pululan por ahí.


También es posible que la complejidad se deba más a la forma de trasladar la obra a las tablas que a la novela en si, ya que todos, más o menos, conocemos la capacidad que tiene este director de confundir, o aplacar, a la audiencia. Y es que Bieito nunca dejará de sorprendernos o maravillarnos, como lo ha hecho nuevamente con su Tirant lo Blanc. Y digo su Tirant porque esa versión que se está representando en estas fechas en el Teatre Romea es de su cosecha propia. Pero esta vez no esta solo, le acompañan Marc Rosich, compañero anteriormente con la dramaturgia de la espléndida Plataforma. O poniéndole la música ese excepcional Carles Santos, tan simbólico en sus obras como el mismo director. Entre los tres han conseguido un Tirant lo Blanc de tres horas, nada mal para una novela que tiene unas 900 páginas, que no aburre en ningún momento. Y eso lo consiguen gracias a un ritmo arrollador que sorprende al público, casi, de principio a fin. Es verdad que tiene una segunda parte más difícil de seguir, sobre todo a desconocedores de la novela, como he dicho antes, pero consigue con ese final, tan "Bieito", que los espectadores terminen con un muy buen sabor de boca, algo que a los asistentes de la primera fila, y gracias a ese reparto de paella, les consigue dejar más que a nadie, ya que como suele pasar al ir a ver una obra de este director, puedes acabar un poco manchado. En este caso los primeros asientos fueron receptores, aparte de incolora agua, de algo no tan incoloro como es la sangre que soltaban los dos conejos despellejados que uno de los actores tuvo que masticar mientras echaba algún que otro vómito (todo simulado, por supuesto). Este Tirant es un gran reto para todos los que están involucrados en él, no sólo porque es la más importante obra sobre caballería, algo que incluso el mismo Cervantes afirmó en una ocasión, sino por la importancia de que este texto, tan complicado de llevar a la práctica, haya sido uno de los mayores retos de sus protagonistas. Y en este juego no sólo entran Bieito, Santos o Rosich, también una retahíla de grandes actores que, quien más quien menos, sufren en sus carnes el sufrimiento del mismo Tirant. De los mejores podría citar a Lluís Villanueva, un habitual del Romea y ya acostumbrado plenamente a las locuras del director, o a ese Josep Ferrer haciendo de un espléndido Sr. de Agramunt. Pero mayormente el peso de la representación cae sobre el grupo de actrices, Beth Rodergas, Roser Camí, Victòria Pagès, Begoña Alberdi, Marta Domingo, Belén Fabra, Alina Furman o Alícia Ferrer. Este Tirant no es el Tirant de Martorell, es un Tirant nuevo salido de la mente de dos grandes dramaturgos. Con la imposibilidad de poder llevar el texto a la práctica en su totalidad han construido un texto muy sensual, ese enorme coño que al final de la obra destapa ese enorme claustro con personajes vivientes, y con una fuerza casi sobrenatural. Bieito y Rosich han conseguido crear una obra muy comprometida y arriesgada, en la que como casi todo en lo que se meten, salen bastante bien parados.

Foto: David Ruano

 

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