Publicidad

Crítica: Sonata de Otoño



El teatro Romea nos ofrece desde el día 15 de mayo la adaptación teatral de la obra de Ingmar Bergman Sonata de Otoño, llevada al cine por el famoso director sueco en el año 1978 y versionada para el teatro por José Carlos Plaza.


El argumento es muy sencillo: Charlotte, afamada pianista a nivel mundial, vuelve, tras la muerte de un amigo íntimo, a casa de su hija Eva, después de siete años de ausencia. Charlotte, que ha antepuesto su carrera profesional a su familia, se reencontrará con sus dos hijas, y será entonces cuando el odio y el desamor contenidos de estas se rebelará ante el egoísmo de la madre.

La obra es un compendio de sentimientos, necesidades y carencias. A través de los diálogos entre madre e hija veremos el infierno que todos los personajes viven en su interior. Charlotte ha desatendido su vida familiar en favor de su vida profesional como pianista y ha echado a perder la existencia de todo aquel que le ha rodeado y le ha solicitado algo de amor. Sus hijas han vivido una infancia sin el cariño de su madre, que es lo que más han necesitado y que ha provocado el deteriorado de su desarrollo emocional y sentimental.

Ingmar Bergman nos presenta un ensayo sobre las emociones humanas, sobre el egoísmo y sobre la familia. Un debate entre los metas personales e individuales y las necesidades que tenemos los unos de los otros, y lo rotos y solitarios que nos puede hacer la falta de amor y de respeto. La obra penetra en el mar de los sentimientos, de las obligaciones y de la incapacidad de ofrecer lo que los demás necesitan de nosotros. Nos hace reflexionar sobre el mundo de 1978, año del estreno de la película, y sobre el mundo de ahora, en el que la evolución tecnológica, la implantación de la cultura del ocio y del ultra-egoísmo están camino de vencer nuestra capacidad de sentir, sobre todo a los demás. La obra nos muestra las heridas que crean los propios sentimientos, tanto aquellos correspondidos como los que no lo son, y que marcan a las personas de forma incurable.

La escenografía pretende reconstruir la idea original de Bergman, enmarcando la actuación no en un escenario físico, detallado y temporal, sino envolviéndolo en la oscuridad, en la nada, que acecha de tal forma a lo real de la historia que se convierte en irreal y confuso, como la lucha de sentimientos desatada en el escenario.

 

 

To Top