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Crítica: Por el placer de volver a verla

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Una obra de teatro dedicada a una madre, a todas las madres y a los intensos lazos emocionales que se establecen en el corazón de un hijo, de todos lo hijos.

El Teatre Borràs estrenó el pasado 7 de julio Por el placer de volver a verla, la obra que seguro se va a convertir en el éxito emocional de la temporada teatral barcelonesa. La obra ideada y escrita por Michael Tremblay, dirigida por Manuel Gonzalez Gil e interpretada por Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solà se convierte en un elogio y una alabanza al hecho maternal, a la suma de esfuerzos, luchas, sufrimientos, penas y como no, alegrías y satisfacciones que jalonan la vida de cualquier familia, basándose en la especial relación entre un hijo  y su madre.

Por el placer de volver a verla es una obra especial. En ella el tiempo escénico y los minutos se transforman, se transmutan en una experiencia de los sentimientos a flor de piel. En poco más de hora y media seremos testigos de algunos de los momentos y en los que se basó, desde su infancia, la vida familiar de Miguel, un afamado autor y director teatral, en la que la figura predominante no es otra que la de su madre, muerta a una edad temprana.

La alabanza de Tremblay se entiende al poco de empezar la obra. La figura maternal presente en la obra ha marcado, desde bien pronto, la vida, el amor, el trabajo y el futuro de Miguel, gracias a la relación especial establecida entre los dos miembros de la familia.

Y no es más que una personificación teatral de algo que está presente en todas (o eso es de esperar) las familias del mundo. Es seguro la figura de la madre la que marca el inicio (y las restantes etapas) de la vida de cualquier hijo. Las preocupaciones, desvelos, maquinaciones e intenciones de una madre en relación a sus hijos, a sus queridos hijos. Es este sentimiento, esta relación, este amor el que transpira a lo largo de toda la obra. A través de diferentes escenas traídas al escenario por medio de la memoria, y por lo tanto, incompletas y selectivas, veremos los vínculos familiares desgranados entre Miguel y su madre. Desde las primeras “broncas” y castigos infantiles y merecidos, a la propia enseñanza literaria que esta madre ofrece a su hijo; desde las polémicas literarias y vitales a las idas y vueltas al teatro; desde el distanciamiento juvenil a las discusiones familiares y como no, al planteamiento de la muerte y del futuro.

La obra apela a la figura de la madre, de cualquier madre, y al sentimiento. No es extraño vincular cada una de las escenas a la propia vida de los espectadores. Por el placer de volver a verla se convierte así en un catalizador emocional en el cual el público puede salir de sí mismo y viajar, trasladarse al pasado, al presente y recordar y revivir su propia experiencia familiar y maternal y emocionarse con ella.

Todo esto esta dispuesto en escena de la forma más elegante posible. Un escenario casi vacío nos permite fijar nuestra atención en los personajes y en la irelación que se establece entre ellos. Tan solo unas piezas cubiculares casi inmateriales y el mínimo atrezzo posible permiten al director y a los actores centrar el discurso en ella, y simular de paso el efecto de la memoria, en la cual las personas y los recuerdos están enmarcados en una niebla física que lo delimita y concentra todo. Los juegos de luces de una gran pantalla le acaban de dar al escenario un toque de ensueño e irrealidad perfecta, la única luminosidad válida para alumbrar algo tan importante como el recuerdo de una madre.

Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solà interpretan a los únicos personajes de la obra a través de las diferentes etapas y edades a las que el tiempo nos obliga a todos a transitar. Oteyza personifica a la madre perfecta (como el recuerdo de cualquier madre obliga a recordar), un personaje luchador, convincente, dialogador, amante de la vida y de la cultura, sobre todo de la literatura (de segunda fila) y del teatro, pero aún más de su familia. Una Oteyza espléndida, como cualquier madre. Por su parte Miguel Ángel Solà da vida a uno de sus hijos, Miguel, que pasará, como cualquiera de nosotros, por todas la etapas vitales, emocionales y formativas, en las que su madre jugará un papel muy importante. En su interpretación, y como no podía ser de otra forma, Solà se reduce, se hace pequeño para poder homenajear a la verdadera protagonista de la obra y de la vida de todos nosotros, y proporcionarle toda la atención posible.

Un lujo emocional que se mantendrá en la cartelera barcelonesa hasta el próximo 1 de agosto.

La excepcionalidad sentimental de la obra me obliga a comentar una última cosa: el impacto que este estreno ha tenido en la propia web. Aunque la información en www.indienauta.com está abierta a los comentarios de los usuarios, son muy pocas las veces en las cuales estos hacen un uso masivo de esta posibilidad. Una de estas ocasiones se ha producido con Por el placer de volver a verla, en la que no solo se han sumado 39 comentarios a la información de la obra (a día de hoy), sino que si alguien se detiene a leerlos, observará la enfatización y las alabanzas de cada uno y todos ellos sobre la obra. Un caso excepcional, sin duda alguna, que debe de ser un motivo más para obligar a quienquiera que lo lea a salir de casa y dirigirse al teatro, pero no a uno cualquiera sino a aquel en el que hasta el próximo 1 de agosto se representará Por el placer de volver a verla.

“Por el placer de volver a verla” se representa en el Teatre Borràs del 7 de julio al 1 de agosto del 2010.

Autor: Michel Tremblay
Dirección: Manuel González Gil
Intérpretes: Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solá
Escenografía: Miguel García de Oteyza
Diseño iluminación: Martín Bianchedi
Diseño de vestuario: Mauro Gastón y Feliciano San Román
Sonido: Antonio José Domenech

Horario: de martes a viernes a las 21:30 horas; sábados a las 18:30 y a las 21:30 horas y domingos a las 21:30 horas
Precio: de 21 a 27€.

Duración del espectáculo: 1hora y 40 minutos.
Espectáculo en castellano.


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