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Crítica: L’arquitecte, en el teatre Lliure.

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Como ya es sabido, en la temporada 2011/2012 Julio Manrique se hará cargo del Teatre Romea, una ocupación a la que deberá dedicarse en exclusiva. Así, pues, para él ha llegado el momento de abandonar el Teatre Lliure, donde ha sido director residente, y para despedirse ha escogido L’arquitecte, una historia dura y amarga de David Greig, de algo más de dos horas de duración, una tragedia urbana que fascinó al joven director hace cuatro años y que estrenó en la sala de Montjuïc el pasado 12 de enero.

El protagonista absoluto del relato es Leo Black, un reputado arquitecto, un triunfador, un workaholic a quien la vida sonríe. O eso es lo que él cree hasta que la señorita Mackie, representante de la comunidad de vecinos del que él considera su proyecto más ingenioso, le hace una singular petición: los pisos en ningún momento se asemejaron a la primigenia idea conceptual del arquitecto, no son nada funcionales, resultan muy fríos y plagados de cucarachas, los jardines son sucias charcas, y por ello pretende su autorización para que esos bloques, pensados como un hermoso homenaje a Stonehenge, sean destruidos. Todo un duro golpe en el orgullo del arquitecto, a quien en ese instante se le empezará a tambalear, no sólo su profesión, sino también su familia, a la que había descuidado de tal manera que ya nada queda de la idílica estampa que en su mente había forjado: por un lado, Pauline, su esposa, histérica, paranoica y aprensiva hasta la enfermedad, le pide la separación, mientras que la situación de Martin y Dorothy, sus hijos, no es esperanzadora, con unas vidas desestructuradas por la falta de un modelo firme, por lo que pretenden llenar el vacío de su vida con sexo esporádico con desconocidos, ya sea con hombres de otras clases sociales y conocidos en la discoteca (como su hijo, un idealista sin rumbo vital que hace suyo el lema de “no future”) o con camioneros a quienes la hija conoce en sus constantes escarceos de madrugada por la autopista, buscando triste consuelo.

El escocés David Greig es el autor de esta tragedia que parece resumir algunos de los males que afectan a la sociedad del siglo XXI, como son la adicción al trabajo y el consiguiente descuido de la familia, las disfunciones mentales y paranoias que nos llevan a desconfiar de todo y de todos, la crisis del amor y el sexo como terapia para suplir su ausencia, o el divismo de algunas profesiones, entre otros, y todo ello para conseguir una pieza pesimista en la que toma un edificio como metáfora de la vida del arquitecto, de apariencia impecable, pero que en realidad está condenada a la destrucción. El autor estructura el texto de forma inteligente, planteando situaciones en las que únicamente hay dos actores en escena, salvo en las reuniones de la familia, creando diálogos aislados entre el arquitecto y la representante de la comunidad, entre marido y mujer, entre el hijo y su amante, o entre la hija y el camionero.

Un excelente repertorio se encarga de mantener la tensión imprescindible para la historia, un elenco que combina experiencia y juventud (aunque los jóvenes llevan años demostrando su talento), entre los que cabe destacar a Lluïsa Mallol como la maniática mujer de Black, personaje que defiende sin excederse en la caricatura, y Marta Angelat como la mujer descontenta del edificio pensado por el arquitecto, en el que, por increíble que parezca, es su debut en el Lliure; pero es evidente que el eje vertebrador de la historia es un soberbio Pere Arquillué en la piel de un personaje que sufre una conmovedora mutación, desde la seguridad que ostenta al principio hasta la serena decadencia del final.

Julio Manrique ha impuesto su enorme talento en todo cuanto compone este drama urbano, una representación brillante tanto escenográfica como audiovisualmente. El teatro, con el patio de butacas a ambos lados, queda dividido en dos espacios: una detallista recreación de la casa con jardín del arquitecto, con una azotea que además hace las funciones de refugio para Martin y su amante, por un lado, y un segundo espacio que tan pronto puede ser un área de descanso, la calle colindante a una discoteca, la cabina de un autobús o el edificio a derribar. En este sentido, y para lograr hilvanar con éxito las diferentes escenas y sus cambios de localización, el director utiliza potentes focos para iluminar, según lo requiera el texto, una zona u otra, un recurso que además consigue imprimir un mayor ritmo a las situaciones sin que existan silencios en la transición.

En cuanto al aspecto audiovisual, esta representación tiene un estilo marcadamente cinematográfico: tras la presentación del conflicto en la primera escena, unos fastuosos títulos de crédito hacen su aparición para presentar la obra, un recurso que cada vez es más habitual en teatro. Además, y siendo Manrique el responsable de la función, era de esperar una extraordinaria banda sonora, con intérpretes que van desde los Smiths a Pulp, pasando por una magnífica versión de I want to hold your hand de The Beatles acorde al tono de la obra: si bien la original desprendía energía y vitalidad, ésta es una versión lenta, triste, que retrata la melancolía de los personajes.

Avalada por la calidad del texto, la excelente puesta en escena, su inmejorable banda sonora y las espléndidas interpretaciones de sus actores, L’arquitecte es, en definitiva, una obra imprescindible que cautivará a todos sus espectadores. Aunque quienes no la hayan visto aún deberán darse prisa, porque se representará en el Teatre Lliure hasta el 13 de febrero de 2011.

Dirección: Julio Manrique
Autor: David Greig
Intérpretes: Marta Angelat, Pere Arquillué, Pol López, Lluïsa Mallol, Jordi Martínez, Marc Rodríguez y Mar Ulldemolins
Escenografía: Max Glaenzel
Iluminación: Jaume Ventura
Sonido: Dani Aznar
Vestuario: Maria Armengol
Caracterización: Ignasi Ruiz
Vídeo: Marc Lleixà

Horarios: de miércoles a viernes a las 20:30 horas; sábados a las 18:00 y a las 22:00 horas y domingos a las 18:00 horas.
Precio: 25 €; miércoles, día del espectador 16 €.
Duración del espectáculo: 2 horas y 15 minutos con una pausa incluida..
Idioma: catalán.



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