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Crítica: Íncubo, un juego de vampiros.

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incubo

Según la creencia medieval, un “íncubo” es un demonio con apariencia humana que tiene relación sexual con una mujer. En italiano, además, “íncubo” significa “pesadilla”. Pues bien, desde el pasado 20 de enero ambas acepciones convergen en Íncubo. Un juego de vampiros, título del nuevo espectáculo estrenado en La Villarroel, una historia claustrofóbica con pinceladas de género fantástico, de una hora y media de duración y emparentada con el universo de David Lynch, escrita y dirigida por Àlex Mañas.

Para esta ocasión, el escenario de La Villarroel se ha transformado en un antiguo refugio situado en un anónimo pueblo. Allí se citan una muchacha adolescente y un hombre rondando la cuarentena para efectuar un singular intercambio: él, poseedor de un ejemplar de cómic de vampiros difícil de conseguir, está dispuesto a entregárselo a la chica a cambio de mantener una relación sexual con ella, un trato sencillo que ambos esperan cumplir a modo de simple trámite. Pero no todo irá como el hombre se imagina: tras perder el conocimiento, se despierta encerrado en la casa y acompañado de dos muchachos, amigos de la joven, de tal manera que la situación se convierte en un angustioso secuestro de difícil resolución para los cuatro personajes.

Desde el primer instante Íncubo. Un juego de vampiros se muestra como una obra de importante influencia cinematográfica; de hecho, tras los primeros compases, en los que el autor no pierde el tiempo y nos sitúa en el conflicto, aparecen unos inusuales títulos de crédito. Además, ese intento de adaptar el estilo cinematográfico es más evidente al finalizar cada una de las escenas, cuando un fundido en negro permite a los actores situarse para la siguiente escena, un recurso que imprime un mayor ritmo a la función.

Por otro lado, Àlex Mañas crea una historia maquiavélica de venganza, con abusos a menores como trasfondo, en la que ni los malos son tan malos ni los buenos son tan buenos, una pesadilla donde los límites entre víctima y verdugo son tan finos que con facilidad son traspasados por ambos bandos. La historia empieza como un cuento en el que la Lolita de turno está dispuesta a todo para conseguir su ansiado objetivo, que en el fondo no es otro que el de salir de ese infame pueblo perdido quién sabe dónde, y cree que la única opción para lograrlo pasa por Miguel, el personaje de Villanueva, un cuento que deriva en una inquietante historia de misterio, con superhéroes de cómic de por medio, que desencadena en un sorprendente final. Lo cierto es que la ambigüedad es una parte esencial del complejo argumento, una ambigüedad que descoloca al espectador, a quien no se le presenta una historia de fácil comprensión: su rocambolesco argumento realiza varios giros que llegan a desconcertar, y el final se resuelve de tal manera que deja muchas preguntas sin resolver: ¿quién está en el sótano? ¿Quién es el adulto asediado? ¿Es una broma de los jóvenes que se escapa de las manos? Mañas deja que el público saque sus propias conclusiones, a quien sólo ofrece indicios, pero resultan demasiados enigmas para unas respuestas tan poco sólidas.

Un total de cuatro son los personajes de este cuento, aunque bien podríamos decir que son cinco: cuatro aparecen en escena, al quinto no lo vemos, pero en todo momento estará presente. Lluís Villanueva es el hombre engañado, la víctima de la historia, un personaje pusilánime que pronto pierde el control de la situación, mientras que Irene Escolar es la seductora adolescente con las ideas muy claras, un personaje que empieza como una tierna muchacha, pero que tomará las riendas de la situación con un fin muy claro, un objetivo tan lícito como ingenuo. Finalmente, los secuestradores juegan roles contrapuestos, uno malo, el otro bueno, y están interpretados por Álvaro Cervantes y Marcel Borràs: el primero es un antipático muchacho, huraño y violento, mientras que el segundo es un joven amable, acogedor y hospitalario que intenta tranquilizar al secuestrado.

En definitiva, Íncubo. Un juego de vampiros parte de una buena idea, con un inicio prometedor, pero que pierde el hilo en su desarrollo, es excesivamente críptica, demasiadas cuestiones sin resolver, algo que lastra la evolución de la historia y deja al espectador meditabundo tras la función días y días.

"Íncubo. Un juego de vampiros" se representa en La Villarroel hasta el 6 de marzo de 2011.

Autor y dirección: Àlex Mañas
Intérpretes:
Lluís Villanueva, Marcel Borràs, Álvaro Cervantes e Irene Escolar
Escenografía: Silvia Delagneau
Iluminación: Mingo Albir
Sonido: Carles Pedragosa
Vestuario: Laura García

Horario: martes, miércoles, jueves a las 21:00 horas; viernes a las 21:30 horas; sábados a las 18:30 y a las 21:30 horas y domingos a las 18:30 horas.
Precio: De 22 a 26 €.
Idioma: castellano.


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