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Crítica: El Setè Cel, en La Beckett

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Cuando Irving Berlin permitió susurrar a Fred Astaire en “Sombrero de Copa” que uno estaba en el cielo al abrazar al ser querido, no nos contó toda la verdad.

En los sesenta, la ópera-rock “Hair” aprovechó el huracán de libertad de expresión con melenas al vuelo para propagar alegremente el sexo más físico como salvador contra “políticas” sentimentales.

Y llegamos ahora donde nos proponíamos con este artículo: A finales de los setenta, Caryl Churchill despliega un mapa del Séptimo Cielo y lo sitúa entre la represión emocional y la rigidez de las convenciones sociales.

En este Cielo tan elevado y de difícil acceso para el común de los mortales, coincide una familia inglesa lastrada por una educación victoriana. Pero Churchill, juguetona, en lugar de contar sus sollozos, decide encarrilar a sus protagonistas en una comedia vodevilesca campestre haciéndoles respirar una  malévola “joie de vivre”: Sus impulsos sexuales son afilados cuchillos para que unos se los claven a los otros como quien no cortase nada. Y Caryl intenta desde su dramaturgia abrir en canal el escenario apostando por los opuestos en la asignación de los personajes y liberando la jocosidad en las situaciones dramáticas para que el resultado sea de un surrealismo impactante. Así nos convence de que la sexualidad instintiva puede humanizarnos al ayudarnos a expresar emocionalmente.

La propuesta de Churchill lograría su propósito si no se empeñara en entrar en el terreno del dogma: Cuando afronta la segunda parte de la pieza, trasladando a los títeres a la época “actual”, el espectáculo se convierte en un entremés aleccionador sobre la normalización sexual (especialmente, la homosexual en su doble vertiente) superfluo y hasta vulgar sin que además venga a cuento. Porque ver corretear a sus criaturas antes en medio de la selva nos pareció resultón y sugerente. Y lo que sigue después parece un episodio serio de “Queer as folk“.

Ahora la directora Glòria Balañà i Altimira extiende estas nubes celestiales en la Sala Beckett barcelonesa y obtiene una morada escénica irregular. Triunfa a la hora de dar el tono a la primera mitad de la obra, entre tierno y grotesco, y confiriendo cierta espectacularidad al inicio (con la canción de presentación de los personajes) y al fin del acto (de un efectismo tan eficaz que podría haber cerrado la obra estupendamente). También acierta con alguno de sus actores: majestuosa Teresa Urroz como suegra ladina; desenvuelto Lluís Olivé como mosquita muerta deseando devorar; y sensible Marta Montiel como niño delicado y desconcertado. Balañà fracasa, en cambio, limitándose a desempolvar el apolillado discurso de Churchill del segundo acto en vez de lanzarse a la celebración gozosa de la carne (y del sentimiento) de manera valiente. Tampoco resuelve bien la dirección del resto de actores, que se mueven perdidos entre el histrionismo y la falta de matices a la hora de vomitar sus parlamentos monologados.

Y cierro con una alusión a uno de los momentos más sugerentes de este diabólico Edén: Cantan los protagonistas que “todo será perfecto cuando lleguemos al Séptimo Cielo, pero tengamos cuidado entonces…”. Mejor aún: Descuidémonos un poquito, que ya se encarga lo demás de devolvernos al mundanal ruido.

El Setè Cel” se representa en la Sala Beckett hasta el 13 de abril.
http://www.salabeckett.cat/arxiu/el-sete-cel-de-caryl-churchill-traduccio-darnau-marin-diaz.-direccio-gloria-balana-i-altimira

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