Sordo

El último indio

El cómic en el que se inspira Sordo, firmado por David Muñoz y Rayco Pulido, cuenta la historia de un miliciano republicano, Anselmo, en la frontera entre España y Francia, dedicado al sabotaje tras perder la Guerra Civil. Durante una incursión, Anselmo pierde la audición, por lo que se complica su lucha sobrevivir en la naturaleza y eludiendo a los guardias civiles del franquismo.

Minimalista, intimista y expresionista, Sordo -la novela gráfica- está marcada en su narrativa por la ausencia del sonido. Esta interesante idea se convierte en un elemento más de la adaptación cinematográfica que aborda Alfonso Cortés-Cavanillas. Como guionista y director, este toma una serie de decisiones artísticas que acaban dejando atrás el material original.

La sordera del protagonista -encarnado por un efectivo Asier Etxeandia- sirve como un recurso audiovisual que te mete dentro de la película, pero no hay un compromiso para contar la película desde esa premisa -como podría ser, por ejemplo, Un lugar tranquilo (2018)-. Lo primero que hay que decir es que estamos ante un western en toda regla, con sus paisajes inabarcables, hermosos y despiadados. También veremos caballos galopando y un villano -el Capitán Ramón Bosch (Aitor Luna)- que dice estar cazando al último ‘indio’.

Las referencias al cine del Oeste, sobre la pantalla, son claras, y van desde John Ford a Sergio Leone. Etxeandia puede recordar a Franco Nero con barba, sombrero y guardapolvo; los parajes nevados de los momentos finales, pueden transportarnos a El gran silencio (1968) de Sergio Corbucci. Y recordemos que el espaghettiwestern no es un subgénero ajeno al mensaje político: Yo soy la revolución (1966) o Vamos a matar compañeros (1970) son solo algunos en los que el fascismo también era el enemigo.

Desde la banda sonora, Carlos Martín compone una música que tiene ecos de Ennio Morricone, para arropar las imágenes estupendamente fotografiadas por Adolpho Cañadas. Así, con un empaque visual tremendo, Cortés-Cavanillas construye una película que se compone sobre todo de set pieces que buscan generar tensión en el espectador. En este empeño el director consigue resultados desiguales.

Por otro lado, los personajes se quedan a medio camino entre los arquetipos divertidos de un Sergio Leone y la profundidad dramática que los actores de la película pueden imprimir a sus roles –Imanol Arias, Marián Álvarez, Hugo Silva-. Creo que el impactante giro final que sufre el protagonista, se habría beneficiado de un desarrollo más trabajado para justificarse y resultar más satisfactorio. A pesar de estos problemas, Sordo es una obra ambiciosa, disfrutable, sorprendente y atrevida. 

Por último, hay que añadir que, si los milicianos que vemos en el inicio del film parecen salidos de Malditos bastardos (2009) la aparición del personaje de Darya Sergévich Vólkov (Olimpia Melinte) nos lleva al terreno de lo pulp y del pastiche a lo Quentin Tarantino.