Rusty Brown, Chris Ware (Reservoir Books, 2019)

Rusty Brown - indienauta

Más que una lectura, hoy traigo un acontecimiento histórico en forma de cómic. Se trata de Rusty Brown, la nueva obra magna de Chris Ware, quizás el historietista contemporáneo más relevante, y uno de sus máximos renovadores. Una monumental y poliédrica novela gráfica, publicada con todo lujo y mimo por Reservoir Books, acerca de los sinsabores y dramas de la vida cotidiana que desafía los límites narrativos del género y persigue la trascendencia artística. Sí, el norteamericano no se anda con menudencias…

Nacido en Omaha, Nebraska, en 1967, Franklin Christenson Ware fue descubierto a finales de los 80 por otro referente comiquero, nada menos que Art Spiegelman, quien lo reclutó para su revista RAW. En 1993 Ware estrenó Catálogo de novedades ACME, inclasificable serie recopilatoria de trabajos para revistas —como This American Life y el New Yorker— y diarios, entre los que se encontraba Jimmy Corrigan. El chico más listo del mundo. Publicado independientemente en el 2000, el libro le catapultó al estrellato no solo del cómic, sino de la literatura y las artes, obteniendo premios como el First Book Award de The Guardian —primer tebeo en lograrlo—, o exponiendo sus dibujos en la Bienal del Museo Whitney de Arte Americano y el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, donde reside. El éxito se repitió con la aparición de ACME en 2009, «grandes éxitos» de su Catálogo proclamado como uno de los 100 mejores libros de la década por el Times. Ware serializa en él dos historias largas, Fabricando historias —volumen individual en 2012— y Rusty Brown, que ahora, tras casi dos décadas de labor, adquiere también exuberante vida propia. 

Y es que Rusty Brown ahonda tanto en el conocido estilo vanguardista de Ware, extremadamente complejo en su diseño —algo menos comparado a obras anteriores—, como en sus habituales áreas de interés temático: la naturaleza de la vida, el paso del tiempo y las relaciones humanas. En esta ocasión lo hace a través de cuatro personajes y sus respectivas historias, las cuales transitan todas las edades vitales, de la infancia a la senectud, indefectiblemente vinculadas durante una mañana nevada de 1975 en Omaha —ciudad natal del autor— alrededor del pequeño titular del cómic, el bicho raro de la escuela, carne de bullying, nacido de un matrimonio sin amor y abocado a una infancia desdichada, que apenas puede contrarrestar con su imaginación, otorgándose superpoderes y una existencia paralela en la que refugiarse. 

De ese modo, mediante este relato inicial, Rusty Brown se convierte en el involuntario «conector» hasta William Brown, su padre, profesor que vuelca todas sus renuncias emocionales, una existencia traumatizada por una relación fallida, en sus tortuosos relatos de ciencia ficción situados en Marte; luego pasamos a Jason Lint, adolescente iracundo y acosador estudiantil, sacudido por la tragedia, que con los años va tornándose en un «reformado» y exitoso adulto… a la vez que en un progenitor tiránico; para finalmente llegar hasta Joanna Cole, una bondadosa maestra, colega de William que da clase a Rusty, cercana ya a la vejez, carcomida por una dolorosa pérdida forzosa de su pasado que ansia recuperar a toda costa. Pero tratándose de Chris Ware, tened por descontando que aquí hay mucha más «tela que cortar»…

Porque uno diría que no hay nada que Ware rehúya tratar. Casi todo tiene cabida en Rusty Brown. En lo visual, desde un copo de nieve analizado hasta el átomo, disecciones arquitectónicas y espaciales de todo tipo —cohete incluído—, múltiples usos cromáticos, saltos de tiempo, paisajes impresionistas o escenas que se asemejan a profusos ejercicios cinematográficos. De lo panorámico y sustancioso a lo íntimo y aparentemente nimio. Y respecto al contenido, su obra nos habla de esos acontecimientos que determinan nuestro carácter y posteriores comportamientos, pero también de soledad, envejecimiento, angustia existencial, el implacable tedio, dramas familiares —la paternidad no sale muy bien parada—, el peso de la culpa, aislamiento y acoso escolar, racismo… En definitiva, un arsenal de recursos para recrear la realidad cotidiana y sus emociones, así como los caprichosos y dolorosos procesos de la memoria y la conciencia.

Pese al atisbo de esperanza en el relato final de Joanna —acaso el más clásico del lote—, las bromas en forma de onomatopeyas pop, interjecciones meta-narrativas vintage, la aparición del propio autor como personaje —profesor de arte, claro—, o los momentos donde se imbrican las cuatro secciones del libro, que intentan aligerar la gravedad de lo tratado, puede que Rusty Brown sea una de las obras más desoladoras que servidor haya leído nunca. La desilusión humana más inconsolable, patética, bajo el envoltorio más fastuoso. La amarga trastienda de la normalidad, desmandada pictóricamente y expuesta en toda su intención y magnitud mediante un cómic que pretende acometer un reto mayúsculo: transformar la novela gráfica en arte y ser una experiencia, sensorial y profunda, duradera. 

De hecho, precisamente en esa ambiciosa voluntad de hacer de cada ilustración una obra de arte reside el principal, por no decir único, potencial problema de enfrentarse a Chris Ware. El virtuosismo visual y gráfico, la atención al detalle, lo atiborrado de las viñetas, su permanente desafío estético reinventando el lenguaje del cómic al servicio de una más que notable carga existencial, exigen la atención permanente del lector. Algo que, en varios momentos, puede resultar agotador. Y es que, sin duda es maravilloso descubrir, página tras página —así hasta 360, a las que deben añadirse la caleidoscópica y reversible sobrecubierta—, como el de Nebraska intenta «rizar el rizo», ir más allá. Pero, seamos sinceros, ¿cuántas veces en tu vida te va a apetecer leer el Ulises de Joyce?  

Aunque la comparación con la celebérrima obra del escritor irlandés, acertada a nivel estructural, a mi juicio no es del todo justa. Porque, pese a la densidad antes mencionada,  perderse en Rusty Brown resulta de lo más placentero y fascinante. Algo así como visitar un museo y no poder —tampoco querer— salir de él. Uno diría que el volumen, la definición pluscuamperfecta del libro-objeto, incluso invita a descarriarse en su lectura, sabedor que el viaje, no obstante denso y avasallador, depara satisfacciones constantes, y que, ni que sea por una vez, las digresiones o segundas y terceras lecturas, también se disfrutan. Prodigioso.