Parking

Emigrantes

Parking se presenta como un drama romántico sobre el encuentro entre dos personas, Adrián y María, un poeta y la bajista de un grupo indie, y de las dificultades que encuentran para ser felices juntos. Nada nuevo. En este sentido, la película del director rumano Tudor Giurgiu no ofrece demasiado interés, más allá de tener una narración correcta, de presentar a unos personajes más o menos interesantes, y de conseguir la necesaria química entre sus intérpretes, Mihai Smarandache y la estupenda Belén Cuesta. Me interesan más las particularidades del relato que lo hacen diferente de cualquier otra película de estas características. Así, el héroe romántico es un inmigrante rumano ilegal -estamos en el año 2002- que vive en un parking en Córdoba. Esto provoca una historia de amor, sí, pero marcada por estrecheces económicas, que aportan un ingrediente de temática social que enriquece la película. Pero hay más. Si no nos quedamos en la superficie, descubriremos que todos estos personajes son inmigrantes, viven sin ‘patria’. La metáfora perfecta es que el rumano Adrián no tiene casa en España, sino que vive en una caravana, un vehículo perfecto para viajar, pero que se encuentra siempre aparcado en el parking del título. María sueña con el éxito musical -que sospechamos inalcanzable- mientras intenta escapar de una vida -y de una pareja- que no la satisfacen. Rafa (Luis Bermejo), el empresario que da trabajo a Adrián, vive también en el limbo, siempre a un paso de cambiar su vida, mientras se hunde y acaba relacionándose con quien no debe, arrastrando a su pareja (Ariadna Gil) que malvive al otro lado de una frontera imaginaria, esperando que aquel la cruce y arregle su(s) vida(s). Parking habla entonces de sueños y realidades, de dejar atrás lo que tememos, pero también de la necesidad de enfrentar el futuro para poder ser felices. Y básicamente nos dice que casi todos vivimos en el estadio intermedio entre ambos puntos.