Milkman, Anna Burns (Alianza, 2019)

Milkman

No ha sido premeditado, palabra. Pero, la ficción —la buena ficción— ya suele tener ese poder. Es capaz de hablar de lo que nos está sucediendo. Es el caso de Milkman, de la norirlandesa Anna Burns, ganadora de la pasada edición del Man Booker y el National Book Critics Circle 2019, que nos trae Alianza. Una novela del todo sorprendente, construida en torno al circunloquio constante de una protagonista acosada en un lugar sumido en el rumor y la infoxicación perennes, atrapada entre la tensión de un estado policial y la violencia en las calles, resultado de un conflicto político enquistado. ¿Os suena?

Esa población en asfixiante ebullición, apenas velado pese a la ausencia de topónimos en Milkman, es la Irlanda del Norte de los años setenta, cuando el conflicto en el Ulster, «The Troubles», estaba en uno de sus períodos más turbulentos. Un territorio más que familiar para Burns, nacida en Belfast en 1962 —aunque vive en East Sussex, Inglaterra—, y una temática tratada con anterioridad en su primera novela, No Bones, publicada en 2001 —completan su bibliografía Little Constructions, de 2007 y la novela breve Mostly Hero, de 2014—. Y es allí, en una ciudad ficticia trasunto de la vieja «Linópolis», donde nuestra heroína, una joven de dieciocho años también anónima, a la que los lugareños denominan «la hermana del medio» o «la que camina», va a descubrir que entrar en la vida adulta significa formar parte de «Los Problemas»… lo quieras o no.

Y es que el personaje central y narradora de particularísima voz —merecedora de un párrafo aparte— va a poner en cuestión el particular orden establecido por esa sociedad dividida, construida a base de habladurías y secretos, opresión y estigmatización del «diferente»… muy a su pesar. Un entorno que fomenta, exige, la mediocracia, el no salirse de los parámetros establecidos, rauda a difamar a una muchacha en apariencia normal, algo introspectiva, deportista y voraz lectora, incluso mientras camina —lo que ya la sitúa entre las «raritas» del lugar—, presa de las cuitas propias de su edad con un medio novio que aún no quiere presentar a su madre, convertida en la comidilla de los vecinos una vez sea vista junto a Milkman, un misterioso y peligroso paramilitar, mucho más mayor que ella y casado, para más inri.     

En realidad víctima de un evidente acoso sexual ante los ojos del lector por parte del temido pistolero, Burns convierte una situación concreta de indefensión femenina en el detonante que le permite desarrollar un intrincado y nada baladí relato acerca de las estructuras sociales y las relaciones de poder. Reacia a dar a conocer la realidad de sus encuentros con Milkman, tanto por la celosía de su intimidad como por el miedo a las consecuencias de rechazar públicamente a alguien tan poderoso, su inacción rápidamente la hace ser indiscutiblemente calificada como la amante del hostigador, la versión más siniestra del «quien calla, otorga» —que afectará incluso a su madre—. En un razonamiento tan perverso como tristemente habitual, nuestra protagonista pasa a ser popular contra su voluntad. Lo que significa quedar expuesta. Algo que en un espacio en conflicto supone ser potencial objetivo de la barbarie.

Porque Milkman habla de coches bombas, asesinatos a sangre fría y ejecuciones sumarias. Pero donde resulta turbadora es en su capacidad para adentrarse en esa otra violencia, la que se forja en los mentideros y las ventanas de los mirones. La que luego calla ante el devenir de los acontecimientos y no escucha, ya que no reconoce, a la otra parte. La que se sustenta en supersticiones —ya sean costumbres antediluvianas, religiones o reinos míticos— o reinterpretaciones torticeras de la historia. La que reprime y condena sin pruebas a quién alza la voz, o simplemente actúa distinto. La que se nutre de la ira permanente y la manipulación sistemática, todo ello antes del porno riot del «más periodismo» o la proliferación de salvadores de la patria —sea esta la que sea— en Twitter. Los polvos que traen los lodos, o que los perpetuan, en definitiva. El mérito de la novela es lograr retratar magistralmente esa esquizofrenia de lo que se esconde en los hogares y se traslada a la calle mediante un registro narrativo de lo más arriesgado.

Y es que Milkman es también una apuesta literaria que flirtea con lo experimental. De hecho, es ahí donde reside otra de sus principales virtudes… que a la vez puede ser su punto débil. Porque la novela es un todo o nada respecto a su voz narrativa, una sublimación de la disquisición y el inciso, fiel reflejo de la mente de una joven sometida a una presión insostenible —y que la traducción de Maia Figueroa Evans recoge con suma naturalidad, incluidos giros, muletillas y registros que se repiten—, pero extraordinariamente racionalista y elocuente —su vía de escape se halla en los libros—, lo que, ciertamente, puede resultar demasiado para algunos. Así, mientras los sucesos se alambican, asimismo lo hacen sus digresiones, complicando el avance de la obra hasta su desenlace, donde furor y aparente normalidad convergen… aunque acabar con la confrontación sea harina de otro costal. 

Si el lector entra en el juego narrativo que propone Anna Burns en Milkman se va a encontrar con una novela sumamente original en su planteamiento y desarrollo que consigue dar en la diana, apretando unas cuantas teclas que, además, tienen bastante sintonía con la actualidad. Desde la obvia y especialmente sangrante hoy de la división política, pasando por el feminismo que exudan sus páginas —atención a la transformación de las mujeres devotas, claves en esa sociedad, en ex—, o incluso el #MeToo, al tratar el acoso y la dificultad de la denuncia. Cualquiera que haya cruzado el Westlink en Belfast o haya visitado el barrio del Bogside en Derry va a reconocer ese mapa de la ciudad segregada propia del conflicto irlandés en la novela. Pero lo verdaderamente relevante es que no necesitas ser lealista o republicano para entender y ser absorbido por Milkman