Mientras dure la guerra

Que vienen los fascistas

Alejandro Amenábar aborda el drama histórico en Mientras dure la guerra para contarnos, por un lado, los últimos años de vida de Miguel de Unamuno, y por otro, la ascensión al poder de Francisco Franco. Con estas dos líneas argumentales, Amenábar construye un relato cuyo clímax es el discurso de Unamuno -venceréis, pero no convenceréis- en la Universidad de Salamanca.

Así, el personaje principal, es el escritor y su transformación, el arco argumental más importante, ya que Unamuno, apoyó en un principio la sublevación. Pero el autor de Niebla no es el único punto de vista de la historia, que varía constantemente para mostrarnos la trayectoria de Franco y de otros personajes, como el fundador de la Legión, José Millán-Astray. Amenábar dirige de forma elegante y clásica, aunque apenas tiene ideas de puesta en escena: su objetivo es narrar de forma clara. El diseño de producción es impresionante y la película tiene un look potente. Los actores, conocidos de sobra, son sin duda solventes, encabezados por Karra Elejalde y Eduard Fernández. Todos estos elementos suman para que estemos ante una recreación histórica de calidad. Una película impecable.

Sin embargo, el principal defecto que se le puede achacar al film es su falta de sutileza. Los diálogos son diáfanos, revelan no solo lo que piensan y sienten los personajes, sino también el contexto histórico, para que nadie se pierda. La película tiene un tono, me atrevo a decir, casi didáctico: un rótulo final nos informa del año en el que se celebraron las primeras elecciones democráticas en España. 

Todo está muy claro en Mientras dure la guerra, que apenas aporta un par de ideas poéticas, como utilizar figuritas de papel -Unamuno fue aficionado a la papiroflexia- para ilustrar su relación con su nieto y para marcar un giro clave en el personaje. Encuentra el valor para enfrentarse a la injusticia cuando descubre cómo hacer un león de papel.

Técnicamente perfecta, hay cierta frialdad en la película, en la que probablemente, sabiendo que el material que maneja puede herir sensibilidades, Amenábar evita cargar demasiado las tintas. Aún así, Franco es descrito como un tipo de pocas palabras y miradas herméticas; y sobre todo Millán-Astray es un exaltado de un nivel intelectual más bien pobre. Unamuno, entre los dos bandos, es el personaje más interesante, con sus contradicciones, sus errores de juicio y sobre todo, su muy humano miedo a los que se están haciendo con el poder.

En el balance final, creo que Amenábar no consigue que el clímax para el que está construida la película sea verdaderamente emocionante: hay momentos más logrados, como cuando Unamuno lamenta no haberse despedido de un amigo represaliado. Tampoco consigue el director que los militares del fascismo provoquen verdadero miedo cuando Unamuno decide enfrentarse a ellos: mucho más inquietante es la escena en la que la que se sustituye la bandera republicana y se entona el himno de España. Pero en el fondo creo que todo esto resulta secundario porque la verdadera intención del director es que hagamos una lectura de estos hechos históricos desde la actualidad. Obviamente.

La gran virtud de Mientras dure la guerra es que Amenábar, aunque poco inspirado, es muy aplicado construyendo su radiografía de los tiempos que corren. Y no se puede decir que su constatación de estos temas no sea pertinente. Solo hace falta ver cómo están los ánimos con la exhumación de Franco, para comprender que el conflicto sigue lamentablemente vigente.

Amenábar no se deja nada: habla de las dos Españas; de los clichés de la izquierda y la derecha; de la llegada al poder de líderes políticos poco capacitados que explotan el miedo y el odio; habla de Vox; de las fake news; de presos políticos; de Cataluña y del País Vasco; de los nacionalismos; del racismo y de cómo el fascismo puede instalarse en el poder sin que nos demos cuenta. Si Unamuno se equivocó, parece decir Amenábar ¿Cómo no nos va a pasar a nosotros?