Memorias, Lamar Odom con Chris Palmer (Contra, 2019)

Más que apropiadamente tras un inolvidable verano de Mundial, mi querida editorial Contra vuelve al baloncesto con las memorias de Lamar Odom, sin duda una de las «ovejas negras» de la NBA en este milenio —¿copando el podio junto a Allen Iverson y Gilbert Arenas?—. Un magnífico jugador con una carrera salpicada de éxitos, tristemente soslayada y truncada por su vida fuera de las canchas: parte del circo mediático orquestado alrededor del apellido Kardashian, azotada por traumas familiares nunca superados, y sacudida por los excesos y adicciones que lo llevaron al borde la muerte. Una historia de canastas, pozos sin fondo y supervivencia.

Y es que la hoja de servicios del neoyorquino Lamar Joseph Odom como deportista de élite es excelente. Estrella de instituto y, fugazmente —las primeras graves turbulencias haciendo su aparición—, de universidad. Trece temporadas de profesional, en las que fue bicampeón de la NBA con Los Ángeles Lakers en 2009 y 2010 y, entre otros honores individuales, Mejor Sexto Hombre en 2011. Además de medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004, y de oro en el Mundial de 2010 celebrado en Turquía. Sin embargo, para cualquier aficionado al mejor de los deportes, semejante currículum siempre resultará incompleto, un «qué hubiera sido» sepultado por una espiral de drogas, sexo y reality shows —el celebérrimo Keeping Up with the Kardashians y el spin-off sobre su matrimonio Khloé & Lamar—. Algo que esta obra se encarga de revelarnos con pasmosa honestidad. 

Imagen promocional del reality Khloé & Lamar

Porque en sus Memorias, escritas junto al veterano periodista deportivo Chris Palmer —vinculado a la cadena ESPN a través de los programas The Magazine y The Undefeated, y autor de varios libros— y traducidas al castellano por Héctor Castells Albareda, Lamar Odom no tiene reparos en sacar a la luz sus momentos más oscuros, conformando un relato abrumador, en el que su carrera baloncestística avanza entre la amenaza constante del autosabotaje… hasta que sortear el abismo resulta del todo insalvable. Marcado por la ausencia de un padre violento, adicto a la heroína, y la devastadora muerte de su madre cuando solo tenía doce años, hecho que nunca superará, el joven Lamar abrazará el basket obsesivamente, un mecanismo de evasión ante los problemas, auténtico refugio frente sus miedos y demonios. Su tabla de salvación.

Verdadero «multiusos» en la pista, capaz de jugar en todas las posiciones gracias a su manejo de balón, sus 2,08 de altura, su tiro y visión de la cancha, las expectativas con el muchacho de Queens serán altísimas desde el principio. ¡El nuevo Magic Johnson, nada menos! La fama irá creciendo exponencialmente, permitiéndole participar en los más prestigiosos torneos de exhibición de Estados Unidos, reservados a los mejores prospects, llamando la atención de equipos de instituto y entrenadores/ojeadores de todo el país. No obstante, con los focos llegarán también la presión y la ansiedad, amplificadas por el daño psicológico causado por el desgarro familiar, las malas decisiones y peores compañías. Así, mientras dilucida su inminente futuro junto a futuras estrellas de generación —Kobe Bryant, Elton Brand o Ron Artest, por citar algunas—, Lamar Odom será padre a los dieciocho, descubrirá su infinita afición por la juerga y la hierba, y se verá involucrado en el lado más lóbrego del deporte no profesional norteamericano —trampas para manipular expedientes académicos, dinero aceptado ilegalmente en una competición que no paga a sus jugadores pero se lucra de tenerlos—. La suma de tantos focos de interés redunda en un primer tramo de Memorias absolutamente fascinante, narrado con agilidad y contagiosa viveza.   

Casi por la puerta de atrás dadas las expectativas —alucinante como el pavor a la responsabilidad acabará con su posibilidad de ser número uno del draft— Lamar Odom aterriza en la NBA en, no podía ser de otra manera, Los Ángeles Clippers, el equipo maldito por antonomasia. No es casualidad que sea en «La la land» cuando los demonios del jugador pasen a otro nivel. Su nivel de juego va a más, incluso su breve paso por los Miami Heat de Pat Riley, lo más parecido a la pérdida figura paterna que Lamar conocerá, insinúa la posibilidad de redención. Pero también lo harán sus adicciones, en forma de drogas duras y satiriasis galopante. Incluso un lector neófito en la historia del personaje a estas alturas del libro sabe que está frente a un tren bala sin frenos, a punto de descarrilar. Ni siquiera el traspaso a los Lakers —el dramatismo de esa negociación, quebrando esa relación tan especial con Riley, sobrecoge—, junto a Kobe Bryant, Pau Gasol y Phil Jackson, donde alcanzará la gloria individual y colectiva, aplacará su ansia autodestructiva. 

Lamar con varios de sus compañeros en los Lakers y el trofeo de Mejor Sexto Hombre de 2011.

De nuevo, sorprende la diafanidad en la confesión de Lamar Odom, con pasajes de particular decrepitud y patetismo en forma de orgías desesperadas, bochornosas artimañas para sortear los controles antidopaje —nota al pie: ¿y el papel de las franquicias?—, comportamientos inaceptables para un padre y esposo —pese a que el matrimonio televisado con Khloé Kardashian fuera cualquier cosa menos normal—, o escabrosos encontronazos como el mantenido con el dueño de los Dallas Mavericks, Mark Cuban. Episodios que desembocarán en ese sórdido y conocido affaire con la muerte en Las Vegas, una ópera bufa retransmitida en directo, que milagrosamente —quizás abusando de un lenguaje pseudo místico, contrario al dinamismo habitual del libro— podrá contar. 

Puede que el drama y el show, harto comprensible dada la envergadura del desastre, ganen al juego y uno eche en falta algo más de baloncesto, especialmente en su tramo final, —el periplo NBA merecería más páginas, y no hay mención a su «espantada» de Baskonia ni a su posterior «desaparición» del roster de los New York Knicks en 2014 sin llegar a jugar un solo minuto—. Aunque, para ser sinceros, esa somera crítica también tiene bastante de lectura positiva: estas Memorias se hacen muy cortas, sobre todo sabiendo que el relato de este frágil gigante con los pies enfangados de barro no está para nada cerrado—«desactivado» de la liga Big3 este verano tras disputar tan solo un encuentro— Y, sea uno aficionado al baloncesto o no, resulta imposible dejar de leerlas.