Material inflamable, Richard Lloyd (Contra, 2019)

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¡Feliz año a tod@s! Servidor lo arranca con las pilas cargadas y Material inflamable, las singularísimas memorias de Richard Lloyd, guitarrista y cofundador de Television, que publicó Contra antes de acabar el 2019. Un relato impresionista e idiosincrático de la dispar trayectoria de un grupo seminal, responsable de uno de esos discos inmortales de la historia del rock, Marquee Moon, pero también de una época tan vibrante como contradictoria, la escena musical norteamericana de finales los setenta. Y, por encima de todo, de una vida agitada, exprimida al límite.       

En Material inflamable, el músico de Pittsburgh se aproxima al desglose de su trayectoria de una forma harto inusual, alejándose de los parámetros habituales de la autobiografía musical, algo que deja claro ya en el sucinto pero sin desperdicio prefacio. Sin miedo a resultar fragmentario y aparentemente deslavazado —algunos saltos temporales son tremendos, particularmente en el tramo final— en sus memorias el músico supedita la cronología a su discurso y a su personalidad. Y, de ese modo, tenemos un libro en el que sí, hay capítulos sobre sexo, drogas y rock and roll. Pero ni son el eje de la obra ni, a excepción quizás del primer caso —a mi juicio, los momentos menos inspirados o relevantes—, su enfoque es otro que el de narrar su propia experiencia, sin corsés ni ataduras. Contarnos su «montaña rusa». 

Así, por un lado Lloyd ofrece al lector la esperable historia de la fundación de Television y la creación de sus discos. Da buena cuenta tanto del referencial Marque Moon en 1977, como ya el muy espinoso Adventure un año después, tras el que la banda se separaría, sin olvidarse del descafeínado Television en 1992 —un regreso a todas luces innecesario—, trabajos a través de los cuales deja claro que su relación con el frontman y compositor principal Tom Verlaine —otro personaje peculiar— fue siempre delicada, destinada a la colisión y la lucha de egos.

Por el otro, también hay espacio para sus discos en solitario y colaboraciones, con especial mención a las mantenidas con Matthew Sweet o John Doe, subrayando asismismo su papel en el auge del mítico local CBGB, epicentro de la escena rockera de los setenta en la «Gran Manzana» —una escena escasamente tratada en nuestro país, como bien señala el periodista musical Rafa Cervera en su completo prólogo—, así como las proverbiales «batallitas» junto a Blondie, Jimi Hendrix, Keith Moon, Buddy Guy, John Lee Hooker, Keith Richards o Led Zeppelin. Pero en Material inflamable hay bastante más.

Television (Tom Verlaine y Richard Lloyd delante, con Fred Smith y Bily Ficca detrás) en el CBGB en 1977. Foto Ebet Roberts.

Porque, al mismo tiempo, Lloyd también ofrece una inaudita y absorbente mirada a sus problemas mentales, hablándonos de sus repetidos internamientos durante su adolescencia en instituciones psiquiátricas auténticamente pavorosas —que uno debe contextualizar en esa Norteamérica de los sesenta—, incluso de episodios extracorpóreos y ¿delirios? que marcan tanto su existencia como sus guitarrazos indelebles en canciones como «See no evil», «Venus» o «Marque Moon». Lo mismo puede decirse de la honesta exposición de algunos episodios oscuros, caso de su experiencia como chapero en Nueva York o, especialmente, su mortífera adicción a las drogas —tampoco se quedó corto con la bebida—. En ese sentido, Material inflamable resulta muy poco corriente, hecho de lo más refrescante en un género que suele transitar sendas bastante predecibles.  

De hecho, voy más allá. Y es que las páginas de Material inflamable están impregnadas de una aproximación pseudo-filosófica, una actitud ¿espiritual? ¿zen? bajo la que Lloyd orienta no sólo su pasión por la guitarra y la música, el vehículo para trascender a la vez que escapar de una realidad insustancial. Sino que también es el mecanismo vital con el que afronta las idas y venidas, tanto el éxito, como las frustraciones —Television nunca superaron el estatus de grupo de culto— o los momentos más bajos, de su sumamente ajetreada vida. «He aprendido sufriendo y he aprendido a sufrir», nos dice Lloyd en esta autobiografía, ofreciéndonos una perspectiva más amplia, sin duda tan sui generis que a más de un lector le puede resultar extravagante, de lo que supone decantarse —con todas sus consecuencias— por una vida creativa. ¿Kundalini rock? 

En definitiva, Material inflamable se revelan como unas memorias distintas, narradas de una forma atípica, logrando combinar la cuasi confesionalidad de lo revelado con una ligereza, sentido del humor, y diligencia en el tono que lo acerca al relato oral —la traducción de Elvira Asensi Monzó recoge esa viveza—, y mediante las que su autor es capaz de hallar un lado digamos positivo hasta a los recuerdos más traumáticos, además de esbozar una imagen del underground neoyorquino en su época más excitante. Para nada exhaustivas, incluso caprichosas si se quiere, pero innegablemente auténticas, fiel reflejo de una personalidad decidida y conscientemente inclasificable.