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Zeroville, Steve Erickson (Pálido Fuego, 2015)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

“El mundo es un escenario,
y todos los hombres y mujeres son meros actores,
tienen sus salidas y sus entradas;
y un hombre puede representar muchos papeles”.
Como gustéis, William Shakespeare

Bonita cita, ¿eh? Pues ahora tomadla de forma literal —o casi—. Cambiad el teatro al que se refería el bardo inglés por el cine y tendréis el planteamiento, fascinante y perturbador, de Zeroville, que nos llega de la mano de Pálido Fuego, editorial malagueña especialista en descubrirnos “autores a seguir” —como ya nos sucediera con Noah Cicero y Pórtate bien—. Ahora tenéis que apuntaros otro nombre, el de Steve Erickson, en letras tamaño señal de Hollywood. Porque este señor se ha sacado de la manga una novela —¿o es LA NOVELA?— absolutamente extraordinaria sobre cine, cinefilia… y cinefagia. Una de las lecturas más adictivas que servidor haya devorado recientemente.

Publicado en 2007, y siendo elegido libro del año por Los Angeles Times, The Washington Post o Newsweek, Zeroville está a punto de pasar de ser una novela de culto con excelentes ventas —más de medio millón en Estados Unidos— a una película de inminente estreno dirigida e interpretada por James Franco y Megan Fox. Hecho que, dada la temática de la obra, no deja de ser lógico e irónico al mismo tiempo. El séptimo arte no sólo como creador de historias, sino como el “hacedor” de LA HISTORIA. Origen, principio rector y destino de la existencia. Efectivamente, una fantasía, una idea tan loca como seductora que, en la cabeza de nuestro peculiar protagonista, adquiere todo su aterrador y al mismo tiempo subyugante sentido.

Precisamente el cráneo de Vikar, rapado al cero con una escena tatuada de Un lugar en el sol con Montgomery Clift y Elizabeth Taylor, es el símbolo más poderoso y evidente de la trama-idea de Zeroville. Vikar es un joven ex seminarista y estudiante de arquitectura desesperadamente fagocitado por la magia del celuloide que se planta en Los Ángeles en 1969 para cumplir su sueño de trabajar en Hollywood. Es un personaje extremo hasta el paroxismo: por un lado vive consumido por una idea de Dios aterradora y vengativa, siempre a un segundo del estallido violento y, al mismo tiempo, su ingenuidad ante el mundo que le rodea es pasmosa, abrumadora. Sólo hay un “lugar” en el que se siente cómodo: frente a una película.

Sin embargo, estamos ante algo más que la imposible historia de un freak de manual. Mediante los ojos y, sobre todo, la mente de Vikar, frente al lector desfila no sólo buena parte de la historia del cine, de Griffith a Jesús Franco —toma ya—, de Dreyer a Spielberg, sino también los hechos político-culturales más relevantes para Estados Unidos en los 70, como la guerra de Vietnam, la familia Manson, el Watergate, el advenimiento del punk y la new wave e, incluso en España —a Vikar los estertores del régimen franquista le van a tocar de pleno—. Un estado permanente de convulsión, confusión y aceleración tanto de ese microcosmos que es Hollywood, como de la economía, la política, y los valores que rigen la sociedad. Y lo fascinante es que en Zeroville todo sucede como si estuviéramos viendo un film que en realidad son muchos y muy distintos: por momentos una crónica de una época y un medio fundamental para entender nuestra cultura occidental, otros una delirante combinación de géneros —thriller, biopic, drama—, y finalmente una película grotesca y surrealista, donde sueño y realidad apenas son distinguibles el uno del otro. Esperemos que James Franco esté a la altura, pero mi apuesta es que Zeroville, la película, debería hacerla Michael Gondry o Charlie Kauffman.

Estructurada como una sucesión de escenas breves —muy atentos a su clímax y posterior cuenta atrás—, Steve Erickson construye una novela de ritmo prodigioso que entretiene sobremanera gracias, en el nivel superficial, a que nuestro protagonista es un bicho raro metido en una industria que nos fascina, estamos acostumbrados a glorificar y admirar. Todo aquél que se cuente como amante del cine va a disfrutar de las conversaciones sobre el celuloide, en el que puede verse sin ambages como para Vikar se encuentra el sentido de la vida; descubriendo o especulando acerca de los personajes secundarios con los que Vikar interactúa, desde ese Vikingo, evidente trasunto de John Milius —el chiflado guionista de Apocalypse Now y director de Conan el bárbaro— a Robert de Niro a punto de convertirse en Travis Bickle; amén de los directores cuya incipiente carrera va relacionándole, como Otto Preminger o Vincent Minnelli, hasta labrarse una extraña reputación como editor dotado de un talento inusual —que lo lleva hasta el Festival de Cannes—. El de armar y desarmar una historia… para montar otra con el mismo material.

En ese don para el montaje se encuentra el impactante trasfondo de Zeroville. Mientras Vikar se labra un hueco en Hollywood, su pobre cabeza descubre —o cree descubrir— algo. En un fotograma. En todos los fotogramas. No es que el cine explique la vida, o que de hecho sea el único lenguaje que Vikar entienda. Es que el cine ES la vida. Y su obsesión le vampiriza. Como si Arrebato de Ivan Zulueta sucediera en L.A. y no necesitase de más drogas que rollos y rollos de interminable metraje. ¿Quién y por qué rueda y/o monta NUESTRA película? Tremendo.

Lo que hace grande a Zeroville es que, una vez concluida su lectura, el libro sigue ahí, preguntándote, haciéndote pensar. Siendo poderosamente actual. Que vivimos en una sociedad sobreexpuesta a lo visual es innegable, una cultura mutante y vertiginosa donde, ya sea, por las necesidades del marketing o del consumo desaforado propio del capitalismo actual “proyectar una imagen” es clave. Los seres humanos tenemos una vida privada, otra pública y desde hace no tanto, otra online —¿os acordáis de Second Life?—. Imagino a un Vikar contemporáneo buscando trabajo de forma enfermiza en Menlo Park, California, proponiéndole a Zuckerberg nuevos iconos que superen el limitado espectro de emociones del “like”. Desde aquí, modestamente, le propongo a Erickson un Zeroville 2 que podría centrarse en el mundo de los anuncios —¿qué tal titularla “ciudadanos de un lugar llamado mundo” por ejemplo?—, o en el de las redes sociales. Cuando un spot de una lavadora “tiene un poquito de mí” o te muestra una vida que transcurre entre calas y fiestas maravillosas donde siempre ligas con la más guapa gracias a una cerveza, o cuando 140 caracteres constituyen una opinión, o proporcionan un escudo para calumniar y difamar de forma anónima, las ilusiones o los delirios de Vikar no están tan lejos, simplemente hemos cambiado a Montgomery Clift por Twitter. Imitation of Life, que cantaban mis héroes R.E.M. Sin duda, uno de los libros del año. No os lo perdáis.

 

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