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Vuelo a Canadá, Ishmael Reed (La Fuga, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

A finales de 2016, dentro de nuestro «Especial Renacimiento de Harlem», descubrimos al norteamericano Ishmael Reed, un autor inclasificable —ensayista, músico y letrista además de escritor— sátiro «revisitador» de la historia de su país y «saboteador profesional» de géneros literarios, con la caótica, delirante e incomparable ¿novela? Mumbo Jumbo. Ahora, de nuevo gracias a la exquisita editorial La Fuga —y con traducción de la gran Inga Pellisa, Reediana de pro a estas alturas—, regresa con Vuelo a Canadá, un mordaz «ajuste de cuentas» nada menos que a La cabaña del tío Tom, la gran novela sobre la esclavitud del canon norteamericano. Entre otras muchas cosas…

Publicada originalmente en 1976, cuatro años después de Mumbo Jumbo, Vuelo a Canadá nos sitúa en plena Guerra Civil estadounidense, concretamente en Virginia, donde el esclavo Raven Quickskill, junto a otros, ha escapado de la plantación del «ilustrado» —al estilo Reed, esto es, dementemente ilustrado, más obsesionado con el supuesto esplendor de la época Artúrica que un fanático de Juego de tronos o un «hermano del metal»— terrateniente Arthur Swillie, y planea huir a Canadá con el dinero que espera obtener gracias a su poema satírico «Vuelo a Canadá», donde reparte a discreción contra su amo y la esclavitud. Huelga decir que el vilipendiado propietario hará lo imposible para impedírselo y castigar a los fugados. Y hasta aquí la, digamos, «normalidad» de la trama…

Porque la aventura de Quickskill a través de Estados Unidos en su camino hacia el ansiado norte en realidad es la excusa de la que se sirve Ishmael Reed para poner patas arriba los libros de historia, demoliendo sus solemnes costuras y líneas maestras acerca de la esclavitud, azotando a abolicionistas, santurrones, intelectuales e intelligentsia por igual, con independencia de si se trata del mismísimo presidente Lincoln o Harriet Beecher Stowe. El autor de Chattanooga, Tennessee, no tiene reparo alguno en caer en la irreverencia —¿le dejarían publicar este libro hoy?— más vitriólica o en los anacronismos más rijosos e hilarantes si detrás de ellos el lector puede hallar una nada velada andanada contra los convencionalismos y ese molesto soniquete de «la historia se repite» cuando hablamos de racismo y el «problema racial». Afortunadamente, nada es sagrado para Reed: ni el «Gran Emancipador», ni Camelot, ni el mito de la tierra prometida aquí con la cartografía de la fría Canadá. No habrá revolución… porque ésta será televisada —hoy tuiteada—.

Decidido a mostrar que la opresión del pueblo afroamericano simplemente adoptó una forma diferente una vez la esclavitud fue abolida mientras provoca las carcajadas del lector, Ishmael Reed usa a sus personajes y los disparates histórico-temporales para exponer las múltiples caras y la cronificación de dicha dominación. La simple, cerril negación de Cato; el cinismo cobarde de 40s; la falsa y afectada integración de Quaw Quaw, tan cercana no solo al whitewashing sino a lo peor de la actitud de superioridad hipster; Lincoln visto como peón avaricioso, o esos litigantes de la propiedad, encargados de dar con el paradero de Raven, ejemplificando el papel nada neutral del capitalismo en la cuestión negra. Reed no deja títere con cabeza en Vuelo a Canadá. Y lo que es peor, aunque el libro tiene ya más de cuarenta años, su vigencia permanece intacta. Echad un vistazo a vuestro alrededor. Por si no lo habíais notado, los racistas siguen ganando…   

Como sucedía con Mumbo Jumbo, ahora sin jazz, la singularidad y alcance de Vuelo a Canadá conlleva multitud de riesgos narrativos, con un desarrollo de la novela deslavazado, personajes «entrando y saliendo» como si se tratase del camarote de los hermanos Marx, e inverosímiles situaciones «atravesadas» por múltiples referencias y datos, a veces relevantes, otras simple munición para el sátiro. Pero hay un método en el caos del autor sureño y, simplemente, uno opina que, a veces vale la pena dejarse arrastrar por la vorágine y la anarquía de un escritor único. Porque, detrás de toda su locura, el lector encontrará tanta mala leche como humor y  lucidez a la hora de abordar una de las cuestiones más trascendentales y todavía acuciantes de la historia de Estados Unidos.

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