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Volt, Alan Heathcock (Dirty Works, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

«Quema mil boleras, quema todo el puto mundo si quieres, pero nada va a cambiar».

Del relato Fort Apache, Volt

Mi padre me enseñó a escuchar blues. Esa música honesta, transparente, estoica, con frecuencia triste, no pocas veces desoladora y, sin embargo, curativa. Un vehículo ideal para transmitir, exorcizar y compartir los sentimientos más soterrados. Como la mejor literatura. Así son los relatos —o al menos, así los siento— de Alan Heathcock en este debut, doloroso y redentor, llamado Volt que nos llega de la mano de Dirty Works —cuarto imprescindible publicado por la «editorial negra»—. Heathcock es un bluesman. Uno de los grandes. ¿Habéis escuchado alguna vez el Hard times killin’ blues de Skip James? ¿O a Son House y su Death Letter? ¿O el White African de Otis Taylor? Verdades desgarradoras escupidas de la forma aparentemente más sencilla, cuando en realidad es la más complicada, por demoledora, auténtica y personal. «El blues cuenta una historia. Cada verso del blues tiene un significado», creo que decía John Lee Hooker. Pues eso es lo que logra Heathcock. Contar historias que no se pueden dejar. Que no se pueden olvidar. Lo que decía, un bluesman de los grandes.

Publicado originalmente en 2011 y obteniendo todo tipo de reconocimientos —la lista de premios y menciones casi es más larga que la de los «papeles de Panamá»—, Volt nos sitúa en Krafton, ninguna parte, un pequeño pueblo imaginario de la América rural, siguiendo la tradición literaria del imprescindible Winesburg de Sherwood Anderson, el Yoknapatawpha de Faulkner o, más recientemente, el Knockemstiff de Donald Ray Pollock. Un lugar donde el tiempo parece transcurrir a una velocidad propia y en la que todos sus personajes tienen una historia que contar… y una más que pesada, insoportable, carga que llevar a sus espaldas.

Y eso que Krafton podría ser un paraje de postal. Campos de labranza y maizales interminables, angostas montañas y paisajes nevados. Pero la singularmente poética prosa de Heathcock, tan precisa como hermosa, no deja lugar a dudas ni a la contemplación en estos diez relatos. La vida es muy dura en Krafton. El tiempo es inclemente —riadas y nevadas terribles— y la huella del hombre aún más. La vemos en el fuego que arrasa montañas. En la opresión de los sitios donde el anonimato no existe, donde todos conocen quién eres y qué has hecho. En la agónica falta de futuro. En la escalofriante sensación de soledad de los afligidos. Y en la inmisericorde violencia que marca sus existencias, que se los lleva por delante. Para siempre. Aunque sigan levantándose cada mañana, a menudo sin saber muy bien por qué. En ese sentido, Volt es un tratado, monumental, en diez capítulos, a menudo interconectados —personajes, situaciones, tramas—, sobre el trauma, la tragedia, el dolor, pero también sobre la fuerza del ser humano. Merece la pena adentrarse en ellos uno a uno. Y es que pocas veces uno puede asistir a piezas tan colosales, tan emocionalmente exigentes y a la vez gratificantes para el lector. Los blues de los devastados.

El arranque de Volt es sencillamente antológico. En El mercancías detenido asistimos, estremecidos, al imposible tránsito de un hombre que, atormentado por la culpa, flagelado hasta el fin de sus días por el accidente que acabó con la vida de su hijo, flirteando con la locura, prácticamente renuncia a su condición de ser humano. Lo grotesco, al estilo del gran Harry Crews asoma, pero al igual que éste, Heathcock, compasivo con sus creaciones, ofrece espacio para la esperanza, frágil, tenue, ambivalente, y la redención. Magistral.

No le anda a la zaga Humo —por cierto, existe corto cinematográfico basado en el relato—, turbador y palpitante, en la que las consecuencias, inmediatas y futuras, de un crimen, determinan las acciones de padre e hijo. Es un relato portentoso, donde confluyen paisajes de «plomo y fuego», los «extraños vínculos de sangre», la lealtad familiar, los acuciantes dilemas morales y la insoslayable, abrumadora sensación de que la espiral de violencia va a marcar la existencia del joven protagonista. Cuestiones que se repetirán más tarde en otra de las cumbres de Volt, La hija, en el que un laberinto físico es el perfecto y aterrador símbolo del pequeño universo, lacerante y vano, creado por una madre para encerrarse artificialmente tras padecer los estragos de la enfermedad, el perenne recuerdo del asesinato de su madre y la soledad, cuya única fuente de alegría la encuentra en la figura de su hija, que hace las veces de cuidadora, hasta que debe regresar a la universidad, sumiéndola en la soledad y… un secreto atroz. Un nuevo fardo, fatigoso, abrumador, que añadir a una conciencia completamente saturada.

Más dolor, insuperable y paralizante, asola a uno de los personajes recurrentes de Volt, el párroco Vernon, que protagoniza los relatos consecutivos de Lázaro y Los renacidos, en una especie de díptico de alguien sin fuerzas ni fe para continuar con su función pastoral en el pueblo, consumido por la muerte de su hijo en Irak. Heathcock construye a la perfección la imagen de un ser humano derrumbado, ansiando desaparecer y ser olvidado. O eso cree él, ya que, de nuevo, el escritor de Chicago —afincado en Boise, Idaho— está dispuesto a tenderle «una cuerda». No es el único que sufre. Y menos en Krafton. «A cada día su cruz. Nadie está libre».

El otro personaje capital de Volt es la sheriff Helen Farraley, epicentro de La pacificadora y también de Voltio, que cierra y da título al volumen. En el primero de los cuentos, el más arriesgado desde el punto de vista formal, con su cronología discordante, sus saltos temporales adelante y atrás, junto a la apropiación del libro del Génesis, con inundación de proporciones bíblicas incluida, se nos presenta a Helen, encargada de mediana edad en una tienda de comestibles del pueblo, como la elegida —cruel interpretación de la democracia en los pueblos— para impartir justicia en medio del infierno desencadenado por el clima y la desaparición de una niña. Parece una broma macabra, de la que Flannery O’Connor estaría orgullosa… hasta que sabemos que la responsable de la ley y el orden, desesperada, tiene sus propios métodos de administrar la Gran Paz. En cambio, en Voltio es «el Mal» el que llama a la puerta de Helen, teniendo que lidiar con conocidos del pasado, una familia de parias salvajes abocada a una existencia al margen, salpicada por la furia y la agresión constante, que pondrá de relieve tanto su inmensa debilidad como la futilidad de la justicia ante seres torcidos de raíz.

¿No hay escapatoria? ¿No pueden simplemente marcharse de Krafton?, os preguntaréis. Heathcock también tiene ese flanco cubierto con dos relatos protagonizados por jóvenes. En De permiso, que podría haber salido de la mente de Shirley Jackson o de Sam Peckinpah —ese final monstruoso—, Jorgen, dañado por la guerra, es el encargado de acompañar a Mary Ellen, el amor de su vida, a la sorpresa que le tiene preparada su pareja, y amigo de éste, Tad. Solo que a medida que el paseo conjunto tiene lugar se nos va revelando el encierro emocional del soldado de vuelta en casa y, nuevamente, la despiadada llamada de la sangre junto a un aberrante sentido de la amistad.

Y me he dejado para el final Fort Apache, en mi opinión otro de los textos absolutamente imprescindibles de Volt. El vandalismo como forma de canalizar la frustración y la rabia de unos jóvenes abocados a un futuro sin expectativa alguna. Dotado de una imaginería muy poderosa —las luces de neón, el cine, Shirley Temple, el pueblo desierto convertido en fatuo escenario, las campanas— es una epifanía de la constante derrota, expresada mediante una sensibilidad y tristeza extraordinarias. «A veces me gustaría estar en las películas. No ser famoso ni nada de eso. Solo estar hecho de luz. Entonces nadie me conocería salvo por lo que viesen en la pantalla. Solo sería luz sobre la gran pantalla, no un hombre, para nada». Impresionante y sobrecogedor, historias en carne viva como en el mejor blues. Palabras desnudas y un torrente incontenible de sentimientos. Volt es una obra maestra.

 

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